La apuesta norteamericana

Por Redacción

Algunos meses atrás parecía que la economía de Estados Unidos se recuperaba con rapidez de la caída provocada por la crisis financiera del 2008, pero que a las europeas les esperaban largos años de estancamiento que se vería agravado por la decisión, para muchos insensata, de los gobiernos de los países más grandes de someterse a programas de austeridad draconianos. Sin embargo, a juzgar por los datos más recientes, la economía estadounidense está frenándose a pesar de los “paquetes de estímulo” colosales con los que el gobierno del presidente Barack Obama está intentando galvanizarla, mientras que en Europa, Alemania y el Reino Unido han sorprendido a los agoreros al anotarse tasas de crecimiento relativamente altas. Puede que sólo se haya tratado de anomalías coyunturales, que las medidas “keynesianas” de los norteamericanos terminen produciendo el efecto deseado y que, dentro de poco, los ajustes brutales emprendidos por los europeos pongan fin a la expansión que se ha registrado últimamente, confirmando de este modo las previsiones de los convencidos de que, en circunstancias como las actuales, el gasto público tiene forzosamente que ser el motor del crecimiento, pero también es posible que los dirigentes europeos hayan acertado al insistir en la necesidad de reducir cuanto antes las deudas acumuladas por gobiernos anteriores. Dicen que si no lo hacen con el vigor necesario podría estallar una crisis de deuda soberana tan fenomenal como la experimentada a inicios del año corriente por Grecia, de suerte que no tienen más alternativa que la de dejar de tratar de vivir por encima de los medios disponibles. En opinión de aquellos que, como el Premio Nobel de Economía más reciente, Paul Krugman, creen que el equipo de Obama debería continuar gastando cada vez más dinero público hasta que Estados Unidos recupere su dinamismo tradicional, los europeos han cometido un error muy grave al optar por la austeridad. A su juicio, sería desastroso que Obama abandonara prematuramente la estrategia keynesiana que heredó de su antecesor, el republicano George W. Bush, que en el tramo final de su gestión aumentó de golpe el gasto público por suponer que si no lo hacía se reeditaría la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado. Andando el tiempo sabremos si tienen razón economistas influyentes como Krugman, pero hay muchos motivos para dudarlo. Después de todo, parecería que la evolución decepcionante de la economía norteamericana luego de un período breve de expansión vigorosa en el primer trimestre del año se ha debido a que una proporción sustancial de los empresarios, además de los ciudadanos de a pie, se siente tan asustada por las dimensiones insólitas que ha adquirido el déficit fiscal que teme por su propio futuro y el de sus hijos. Atribuir tal actitud a la propaganda negativa de los adversarios del gobierno de Obama no sirve para mucho. Si bien los republicanos habrán exagerado los peligros planteados por el endeudamiento estatal y por el intervencionismo impulsado por los políticos demócratas, millones de norteamericanos están predispuestos a prestarles atención porque en el fondo comparten la convicción de que ahorrar es bueno y que tendrán que pagar un precio elevado por haberse entregado al despilfarro. En el norte de Europa por lo menos, las actitudes de la mayoría son similares. Con razón o sin ella, alemanes, británicos y otros propenden a creer que la mejor forma de salir de la crisis económica en que sus países respectivos han caído consistirá en someterse a una etapa quizás prolongada de austeridad. Puesto que los ajustes anunciados han incidido en la confianza de muchos empresarios, es lógico que en Alemania y el Reino Unido la reacción haya sido positiva, a diferencia de lo que ha sucedido en Estados Unidos donde la resistencia de las autoridades a comenzar a cortar gastos ha sembrado pesimismo. Como quiera que la actividad económica dependa del clima psicológico imperante, no extraña que la recuperación de la economía norteamericana esté desacelerándose, para desazón del gobierno de Obama y de sus partidarios que habían apostado a que ya estaría creciendo a un buen ritmo, creando una multitud de nuevos empleos. Desgraciadamente para ellos, y para muchos otros norteamericanos, la realidad sigue alejándose de las esperanzas oficiales.


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