La burocracia se defiende
Desde hace miles de años, los burócratas o sus equivalentes se han destacado por su propensión a inventar nuevos trámites y a hacer aún más engorrosos los ya existentes. Que actúen así es lógico. Motivados por factores psicológicos, como la voluntad de sentirse poderosos, o por otros que son netamente materiales, entre ellos el temor a quedarse sin trabajo si el gobierno decide que las funciones que desempeñan deberían abolirse o, en sociedades corruptas, a ver desaparecer oportunidades para lucrar aprovechando las necesidades ajenas, en muchas partes del mundo los burócratas parecen resueltos a frenar el desarrollo económico. Una manera muy eficaz de hacerlo consiste en poner obstáculos en el camino de los interesados en crear empresas. Mientras que en los países más ricos, en especial los anglohablantes y escandinavos, se trata de un proceso que es relativamente sencillo y nada costoso, en otros suele mantener ocupados durante semanas a los aspirantes a convertirse en empresarios con todos los papeles en regla. Según un informe que acaba de difundir el Banco Mundial, en el ámbito así supuesto nuestra burocracia ha sabido defenderse contra los decididos a reformarla, ya que de los 183 países que figuran en el ranking de “Creando oportunidades para los emprendedores”, la Argentina ocupa el lugar número 118. Si bien algunos vecinos de tradiciones burocráticas similares, incluyendo a Brasil y, huelga decirlo, Venezuela, están en una situación todavía peor, nos encontramos por debajo de Uruguay, Perú, México, Chile y Colombia. En aquellos países como en muchos otros, las autoridades son conscientes de que en última instancia el desarrollo económico depende en buena medida del vigor del sector privado y que, si bien es preciso regular sus actividades, no conviene en absoluto asfixiarlo. Al fin y al cabo, no es ninguna casualidad que los gobiernos de los países más prósperos traten de simplificar los trámites, mientras que en los pobres se resistan a agilizarlos. Los costos de permitir que “una máquina de impedir” frustre los intentos de crear nuevas empresas son enormes. La necesidad de gastar tiempo y esfuerzos luchando contra una burocracia letárgica antes de legalizar una empresa sirve de pretexto para que muchos emprendedores que en otras circunstancias no vacilarían en blanquearse prefieran operar en la economía “negra”, mofándose no sólo de reglas a su juicio caprichosas sino también de las claramente justificadas, lo que priva al Estado de recursos. Puede que en la Argentina las dimensiones de la economía negra se hayan reducido en los años últimos –por lo menos así lo aseguran los voceros del Indec–, pero sigue siendo muy grande, con el resultado de que las empresas legalmente constituidas tienen que pagar impuestos más altos de lo que sería el caso si todas estuvieran debidamente registradas. Asimismo, aunque en el corto plazo estar en negro supone ciertas ventajas, las empresas que conforman dicho sector no pueden crecer mucho. Por lo demás, sus empleados carecen de derechos laborales, lo que ha contribuido a ampliar y profundizar el abismo que separa a los relativamente acomodados de los más de diez millones de personas que siguen hundidos en la pobreza extrema a pesar de varios años de crecimiento macroeconómico impresionante. El gobierno actual es partidario del estatismo: quiere que el Estado cumpla un papel protagónico en la economía. Con cierta frecuencia sus voceros nos advierten contra los peligros que a su entender plantearía el regreso del “liberalismo” de los años noventa del siglo pasado, pero sucede que combatir la burocratización excesiva no es incompatible con una estrategia destinada a aumentar el papel del Estado en la vida económica del país. Por cierto, un Estado grande pero fofo, como el que efectivamente existe, no es un Estado fuerte, como quisieran hacer pensar muchos que están comprometidos con el “modelo” que el gobierno dice haber construido, sino uno que es apenas capaz de desempeñar sus funciones básicas. Aunque incorporar más gente al sector público puede servir para que la tasa de desempleo baje algunos puntos, una forma mucho más eficaz de lograrlo consistiría en facilitar la creación de empresas privadas eliminando obstáculos que sólo sirven para mantener ocupados a burócratas de mentalidad decimonónica.
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