La búsqueda permanente
–Mientras te escucho, veo imágenes de personajes que interpretaste contando esas cosas con tu marca, tu esencia. –Alguien podría decir “es un buen actor”. Pero ese guión y ese papel, si lo hubiera hecho otro, habrían sido igual de contundentes, desde el punto de vista ideológico. La naturaleza de eso que se cuenta se habría mantenido. Intento decirte que, desde el punto de vista creativo, nunca se dejó de hacer una película por actores imprescindibles. Nunca. No hay en el mundo, en actividad alguna, seres imprescindibles. En el ámbito de la actuación ocurre lo mismo. Yo trabajo para ello y si alguien lo reconoce está muy bien. Tiene que ver también, aunque parezca curioso, con la economía. Se trata de hacer más con menos. Eso que en gabinete de sabios se llama, optimizar los recursos. Tal principio económico también sirve para el actor. Es cierto que entenderlo es una cosa y hacerlo otra, pero bien vale ir al teatro, al cine, viendo, copiando, aprendiendo, comparando, intentando que la metáfora sea clara y encierre cierta emoción para que despierte algo en el otro. Todo creador, si se puede llamar así, intenta eso toda su vida y a veces no lo consigue. Hay que admitir, en nuestro horizonte final, que por ahí no conseguimos aquello que queríamos… La convicción teórica de algo no implica su realidad concreta, porque es difícil. –¿Cómo se transparenta para el espectador? –Ahí está el tema. Hay elementos de técnica, de costumbre, de hábitos, a romper permanentemente. ¿Cómo repetir trescientas veces lo mismo y que siga pareciendo fresco? Cuando algo se logra y uno convence o la gente se siente feliz por eso, por cierto es un gran premio ya que no hay justificación mayor al narcisismo del actor, que le digan: me gustó tu trabajo o me hizo bien. Más allá de narcisismo, lo genial es que la actuación es tan viva, tanto que nuestra capacidad expresiva cambia con el tiempo, con las épocas, con la biología. Ya no soy el de ayer: tengo una muela menos, un implante más. Restaurar el ritual es lo maravilloso. ¿Qué pasa cuando uno cree que de algo sabe algo? Pasa lo socrático: más sabés, menos sabés. Después está el mundo inevitable del glamour, de algún premio en diciembre y sos dios y en enero no existís. Con esa clase de cosas hay que tener cuidado porque son la hojarasca de la profesión. Nada tienen que ver con lo que nos da sentido. Sirven para ganar un poco más, para que te consideren o te convoquen, para comprarte un auto, pero el fondo es ese horizonte que siempre se corre. Hay que seguir buscando. La existencia no es algo quieto y consumado, es una permanente búsqueda.