La casa no está en orden

Por Redacción

Por motivos evidentes, los kirchneristas están procurando minimizar la importancia del triunfo rotundo de la agrupación encabezada por el gobernador Daniel Peralta en las elecciones internas del PJ santacruceño, mientras que sus adversarios señalan que, si bien sería un error exagerar el significado de la derrota humillante sufrida por la lista Blanca de La Cámpora, no cabe duda de que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner acaba de experimentar un revés doloroso. Aunque Santa Cruz es una provincia escasamente poblada, durante muchos años fue feudo del matrimonio Kirchner que lo trataba como si formara parte de su patrimonio personal, usándola como banco de pruebas en el que desarrolló “el modelo” político que a partir de mayo del 2003 se extendería al país en su conjunto, al apropiarse de los recursos públicos para subsidiar su propio “proyecto” y castigar a quienes se negaron a rendirle pleitesía. Asimismo, como suele suceder cuando un gobernador alcanza la presidencia de la Nación, una vez en la Casa Rosada los Kirchner privilegiaron económicamente a la provincia que habían dominado, pero parecería que el favoritismo así manifestado no les sirvió para mucho. Para asombro de Cristina, andando el tiempo Peralta se rebeló contra la idea de que le correspondía actuar como un delegado dispuesto a obedecer todas las órdenes presidenciales. Incluso se dio el lujo de oponerse a los intentos de colonización de la gente de La Cámpora que, lo mismo que en otras partes del país, trataba de frustrar todos sus esfuerzos por administrar la jurisdicción con un mínimo de eficiencia, bloqueando sus iniciativas con la esperanza de que el ahogo financiero lo obligara a someterse incondicionalmente a la voluntad presidencial, reintegrándose así a la servidumbre. Según Peralta, el resultado de la interna “es un mensaje del peronismo hacia La Cámpora”, o sea, a la organización que responde a Máximo Kirchner que, con el aval entusiasta de Cristina, aspira a desplazar a los peronistas tradicionales y que, hasta ahora, se ha anotado tantos éxitos como sus precursores “entristas” de Montoneros antes de que Juan Domingo Perón optara por expulsarlos de su movimiento. Como Perón, Peralta los llama “imberbes”, de tal modo dando a entender que se trata de una reedición, acaso más pacífica, de la feroz lucha interna que se celebró entre extremistas resueltos a privar a peronistas a su juicio burgueses y burocráticos del apoyo popular y quienes se aferraban al credo original, que cuarenta años atrás tanto contribuyó a hacer de la Argentina un aquelarre. Huelga decir que Santa Cruz dista de ser el único campo de batalla. En todas las provincias del país, La Cámpora y grupos afines están procurando desalojar a los veteranos del control de las sucursales locales del PJ. Merced a Cristina que, como la presunta dueña de todos los votos cosechados por el oficialismo, se atribuye el derecho a modificar a su antojo las listas de candidatos peronistas, tales “militantes” han logrado ubicarse en muchos puestos clave, pero quienes temen verse excluidos de la corporación política nacional están preparando una contraofensiva, encolumnándose detrás de líderes rebeldes como el cordobés José Manuel de la Sota. Para los rebeldes, el valor simbólico del resultado de la interna peronista de Santa Cruz podría ser muy grande. Por cierto, de difundirse la sensación de que el kirchnerismo duro, representado por la presidenta y los recién llegados de La Cámpora, está batiéndose en retirada a causa de la inoperancia manifiesta del extravagante “equipo económico” nacional y de la soberbia fatua de tantos militantes oficialistas que los hace despreciar a todos aquellos que no comparten su fe ciega en las bondades del “modelo”, lo ocurrido en Santa Cruz no tardaría en repetirse en otras jurisdicciones. Desde la muerte del general, buena parte del peronismo es leal al poder. Mientras un caudillo, sea un converso al “neoliberalismo” como Carlos Menem o una populista supuestamente “progresista” como Cristina, esté en condiciones de asegurarles los votos que necesitan, contará con el pleno apoyo de todos los compañeros salvo algunos individualistas, pero de surgir dudas en cuanto a su capacidad del líder de turno para generar votos en cantidades suficientes, la mayoría no vacilará en abandonarlo a su suerte.


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