La Confluencia y el último malón



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A 130 años

El “paso” o “vado” en el río Neuquén, cercanías de los tres puentes actuales entre Cipolletti y Neuquén constituyó punto estratégico durante muchos años. Ya en 1783 el marino español Basilio Villarino que, navegando, visitó el lugar, dejó anotado en su diario: “En el paso sería muy conveniente una guardia”. Había notado la rastrillada que desde las pampas bonaerenses se dirigían a la cordillera. Tiempo después y durante muchos años fue el “paso” obligado para los transcordilleranos maloneros con hacienda, equinos, mujeres y niños hasta que en la expedición Roca de 1879 también surgió el tema decidiéndose “dejar una guardia en el lugar”. Las leyes nacionales 215 (13/8/1867) y la 947 (5/10/1878) impulsaron la campaña de Roca y fueron naciendo otros fuertes y fortines hasta que asomó en la Confluencia Este el fortín que tuvo tres cercanos emplazamientos llamados Confluencia, Limay, Neuquén y finalmente 1ª. División, ubicado en la margen izquierda del río Neuquén y próximo al “paso”. “El fortín era un recinto cerrado por una fuerte empalizada, dentro del cual se levantaban media docena de ranchos y un mangrullo”. Escritos históricos recuerdan la llegada a ese fortín de Francisco P. Moreno el 19 de febrero de 1880 escapado con dos acompañantes de los toldos del cacique Sayhueque y también el contacto con tripulantes de los vaporcitos “Río Neuquén” y “Río Negro” que atracaron en las inmediaciones a partir de 1881. El fortín 1ª. División dependía del comandante de Fuerte Roca y por ello el capitán Juan José Gómez del Regimiento 7° de Caballería de Línea recibió orden de relevar a los que estaban en el fortín pertenecientes al 5° de Caballería, lo que ocurrió el 31/12/1881. Dotación de aproximadamente treinta hombres. La caballada pastaba en isla del río Neuquén. A las pocas semanas, el 15 de enero siguiente llegó al fortín tropa de carros de Domingo López de regreso de “Paso de los Indios”, “...a donde habían llevado material para la construcción de la línea telegráfica: capataz y trece peones (10 a 13 según algunos autores). Más cinco soldados de custodia”. Una “descubierta” a cargo del cabo Manuel Contreras y cuatro soldados cabalgaron para el norte buscando tolderos nómades. Fue en el amanecer del 16 de enero de 1882: el capitán Gómez andaba trotando por los alrededores cuando clarín y disparos de fusil llamaron su atención y según escrito histórico-periodístico “unos cincuenta indios se encontraban entre él y su fortín. Algunos soldados sorprendidos salieron del fortín para protegerlo. La escaramuza no se hizo esperar. Su revólver dio cuenta de uno de los aborígenes, pero dos chuzazos en la frente y en una pierna aceleraron su entrada al fortín donde comenzó a organizar la defensa”. No hay coincidencia en los escritos, pero los atacantes se calcularon entre 800 y 1000 pertenecientes a las tribus Sayhueque, Namuncurá, Ñancucheo y Reuquecurá, hasta el presente no existe documentación sobre la presencia de alguno de aquellos caciques en el ataque. La “descubierta” regresó sumándose a la guarnición. Entrevero de fusiles, lanzas, cuchillos y sables, gritos y alaridos. Lanzazos mortales para los uniformados Juan Robledo y Montecino y herida grave para otro llamado Mercado que moriría al día siguiente. Un grupo de aborígenes se dejó caer en el foso con propósito de trepar la empalizada, pero fueron repelidos con muertos y heridos en ambos bandos. Vida o muerte era el escenario que mostraba el Fortín 1ª. División y sus alrededores. Dos decisiones de Gómez parecen haber influido en la retirada de los atacantes: una la quema de cadáveres en pila de leña y la muerte del principal jefe aborigen. Se llevaron heridos y cincuenta caballos, cuatro muertos y quince heridos entre los fortineros. Falta grave constituía entonces la pérdida de caballada, pero la acción de Gómez y sus hombres mereció la aprobación de los superiores y el riojano comandante ascendido a sargento mayor. El decreto nacional Nº 172.265 de 1943 declaró lugar histórico al fortín 1ª División cuya reconstrucción se concretó en 1967, hoy luce en cercanías de los puentes jurisdicción de la municipalidad de Cipolletti. El populoso barrio de General Roca y estación ferroviaria lleva el nombre de J. J. Gómez, aquel jefe militar que hace 130 años lo tuvo al frente de los fortineros y que falleció en Buenos Aires en setiembre de 1935, habiendo llegado al grado de coronel. Bibliografía y fuentes principales: Villarino, B. Diario, 1782. Diario Sesiones Congreso de la Nación, varios. Prado, C. Guerra, 1907. Varios. Río Negro. Pasado y presente, 1980. Recchi, EC. Pequeña historia, 1967. Pérez Morando, H. Aquel malón (TC) 2001 y Asalto (RN), 2002. Albarracín SJ. Estudios, 1886. Archivo diario “Río Negro”. Biblioteca Patagónica (VECh) y otros. (*) Periodista. Investigador de historia patagónica

HÉCTOR PÉREZ MORANDO (*)


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