La debacle española

Redacción

Por Redacción

En la década de los noventa, cuando la tasa de desocupación en España superó por mucho tiempo el 20% y a veces alcanzó un pico superior al 25%, se atribuía el fenómeno a la necesidad de “reconvertir” una economía corporativista arcaica para adaptarla a las exigencias del mundo moderno. Hasta hace apenas tres años, pareció que el esfuerzo así supuesto se había visto coronado por el éxito, puesto que, antes de estallar la crisis financiera del 2008, los españoles confiaban en que su propio ingreso per cápita, que ya había alcanzado el italiano, no tardaría en dejar atrás aquel de Francia, pero por desgracia se trataba de una ilusión. Lo mismo que Grecia, Portugal e Italia, como país miembro de la Eurozona, España pudo conseguir créditos a tasas de interés parecidas a las apropiadas para Alemania, privilegio que le permitió acumular las deudas públicas y privadas que andando el tiempo resultarían excesivas. Por lo demás, mientras que la productividad alemana ha mejorado sustancialmente en el transcurso de los años últimos, la de sus socios del sur mediterráneo apenas se ha modificado, con el resultado de que se ha abierto una brecha de al menos el 30%, de ahí la crisis que, a pesar de los acuerdos en buena medida verbales que los dirigentes europeos anunciaron hace poco, sigue planteando una amenaza muy grave a la supervivencia del bloque monetario. De todos modos, parecería que después de una etapa en la que “el paro” en España rondaba el 10% de los considerados como activos, ha aumentado nuevamente hasta niveles que hacen recordar los del período de “reconversión” del gobierno del socialista Felipe González. Para desesperación del jefe de gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, quien ya se ha resignado a una derrota humillante en las elecciones generales del 10 de noviembre, en el tercer trimestre del año corriente llegó al 21,5%, con casi cinco millones de “parados”, pero mientras que en los noventa del siglo pasado parecía razonable esperar que, una vez terminada la necesariamente dolorosa reconversión, habría empleos suficientes para una fuerza laboral mejor preparada que la de antes, en la actualidad pocos confían en que andando el tiempo se produzcan muchos cambios positivos. Una de las características más ominosas de la crisis en que se ha hundido no sólo España sino también sus vecinos, consiste en que no es del todo fácil vislumbrar una salida. El euro, la gran ilusión de inicios del siglo, ha resultado ser una especie de jaula de la que España no podrá escapar. Tampoco pueden confiar los españoles en que un esfuerzo educativo denodado sirva para preparar a virtualmente todos para desempeñar funciones económicamente valiosas; centenares de miles de jóvenes con diplomas universitarios se encuentran sin trabajo y, lo que es peor aún, sin la perspectiva de conseguir un empleo a la altura de sus expectativas. El drama del desempleo “estructural” español –mejor dicho, primermundista, puesto que en el resto de Europa y en Estados Unidos se enfrentan al mismo problema, si bien en su caso aún es menos penoso– apenas ha comenzado. Algunos economistas afirman creer que será posible solucionarlo aumentando todavía más el gasto público, como si las deudas resultantes no importaran, mientras que otros dicen que no hay más alternativa a los programas de austeridad que están poniéndose en marcha. Puede que todos se hayan equivocado, que el desempleo masivo sea la consecuencia inevitable de la irrupción en los mercados globalizados de centenares de millones de chinos, indios y otros asiáticos aplicados cuyo nivel educativo es por lo menos igual a aquel de los europeos y norteamericanos, combinada con innovaciones tecnológicas que eliminan cantidades enormes de funciones antes relativamente bien remuneradas que cumplían tanto trabajadores escasamente calificados como gerentes y otros ejecutivos. Mal que bien, todos tendrán que ajustarse a las nuevas circunstancias, lo que les plantea un desafío muy grande a dirigentes políticos obligados a hacer creer que entienden muy bien lo que hay que hacer para conformar a los acostumbrados a suponer que un buen empleo es un derecho adquirido irrenunciable, y también a las muchísimas personas que se habían preparado para un papel en el mundo del trabajo que, tal vez, nunca será suyo.


En la década de los noventa, cuando la tasa de desocupación en España superó por mucho tiempo el 20% y a veces alcanzó un pico superior al 25%, se atribuía el fenómeno a la necesidad de “reconvertir” una economía corporativista arcaica para adaptarla a las exigencias del mundo moderno. Hasta hace apenas tres años, pareció que el esfuerzo así supuesto se había visto coronado por el éxito, puesto que, antes de estallar la crisis financiera del 2008, los españoles confiaban en que su propio ingreso per cápita, que ya había alcanzado el italiano, no tardaría en dejar atrás aquel de Francia, pero por desgracia se trataba de una ilusión. Lo mismo que Grecia, Portugal e Italia, como país miembro de la Eurozona, España pudo conseguir créditos a tasas de interés parecidas a las apropiadas para Alemania, privilegio que le permitió acumular las deudas públicas y privadas que andando el tiempo resultarían excesivas. Por lo demás, mientras que la productividad alemana ha mejorado sustancialmente en el transcurso de los años últimos, la de sus socios del sur mediterráneo apenas se ha modificado, con el resultado de que se ha abierto una brecha de al menos el 30%, de ahí la crisis que, a pesar de los acuerdos en buena medida verbales que los dirigentes europeos anunciaron hace poco, sigue planteando una amenaza muy grave a la supervivencia del bloque monetario. De todos modos, parecería que después de una etapa en la que “el paro” en España rondaba el 10% de los considerados como activos, ha aumentado nuevamente hasta niveles que hacen recordar los del período de “reconversión” del gobierno del socialista Felipe González. Para desesperación del jefe de gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, quien ya se ha resignado a una derrota humillante en las elecciones generales del 10 de noviembre, en el tercer trimestre del año corriente llegó al 21,5%, con casi cinco millones de “parados”, pero mientras que en los noventa del siglo pasado parecía razonable esperar que, una vez terminada la necesariamente dolorosa reconversión, habría empleos suficientes para una fuerza laboral mejor preparada que la de antes, en la actualidad pocos confían en que andando el tiempo se produzcan muchos cambios positivos. Una de las características más ominosas de la crisis en que se ha hundido no sólo España sino también sus vecinos, consiste en que no es del todo fácil vislumbrar una salida. El euro, la gran ilusión de inicios del siglo, ha resultado ser una especie de jaula de la que España no podrá escapar. Tampoco pueden confiar los españoles en que un esfuerzo educativo denodado sirva para preparar a virtualmente todos para desempeñar funciones económicamente valiosas; centenares de miles de jóvenes con diplomas universitarios se encuentran sin trabajo y, lo que es peor aún, sin la perspectiva de conseguir un empleo a la altura de sus expectativas. El drama del desempleo “estructural” español –mejor dicho, primermundista, puesto que en el resto de Europa y en Estados Unidos se enfrentan al mismo problema, si bien en su caso aún es menos penoso– apenas ha comenzado. Algunos economistas afirman creer que será posible solucionarlo aumentando todavía más el gasto público, como si las deudas resultantes no importaran, mientras que otros dicen que no hay más alternativa a los programas de austeridad que están poniéndose en marcha. Puede que todos se hayan equivocado, que el desempleo masivo sea la consecuencia inevitable de la irrupción en los mercados globalizados de centenares de millones de chinos, indios y otros asiáticos aplicados cuyo nivel educativo es por lo menos igual a aquel de los europeos y norteamericanos, combinada con innovaciones tecnológicas que eliminan cantidades enormes de funciones antes relativamente bien remuneradas que cumplían tanto trabajadores escasamente calificados como gerentes y otros ejecutivos. Mal que bien, todos tendrán que ajustarse a las nuevas circunstancias, lo que les plantea un desafío muy grande a dirigentes políticos obligados a hacer creer que entienden muy bien lo que hay que hacer para conformar a los acostumbrados a suponer que un buen empleo es un derecho adquirido irrenunciable, y también a las muchísimas personas que se habían preparado para un papel en el mundo del trabajo que, tal vez, nunca será suyo.

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