La democracia bajo prueba
En países de largas tradiciones democráticas, el poder de hasta los mandatarios más populares se ve limitado no sólo por la existencia de un sistema cuidadosamente construido de contrapesos y controles sino también por la conciencia de que en última instancia la ciudadanía se siente más comprometida con las instituciones que con los dirigentes “carismáticos” de turno. En la Argentina, éste no es el caso, de suerte que por cierto tiempo la salud de la democracia nacional dependerá casi por completo de la voluntad de Cristina Fernández de Kirchner; la presidenta tiene tanto poder que, hasta nuevo aviso, los únicos contrapesos y controles que valdrán, serán los que surjan de sus propias inhibiciones. Por cierto, no tendrá que preocuparse demasiado por el Congreso, ya que el oficialismo está en condiciones de dominarlo, mientras que los resultados electorales confirmaron, una vez más, que es un disparate tratar a los medios periodísticos independientes como si constituyeran un movimiento político subversivo, como en efecto hacen ciertos funcionarios de mentalidad autoritaria, ya que a la hora de votar su influencia es reducida. De todos modos, para alivio de muchos, Cristina celebró su triunfo electoral, el que fue aplastante no tanto por el porcentaje de votos que obtuvo cuanto por la distancia abismal, de 36 puntos, que la separó de Hermes Binner, con un mensaje de tono mayormente conciliador, ya que subrayó –repitiendo el lema de Winston Churchill– que “en la victoria siempre hay que ser más grande aún y más generoso”, pero entre sus partidarios más militantes hay quienes querrán aprovechar al máximo el espaldarazo que el gobierno acaba de recibir para redoblar los ataques contra quienes no toman por meros adversarios coyunturales sino por enemigos. A menos que Cristina decida disciplinarlos desde el vamos, ordenándoles respetar el derecho de todos a disentir, la democracia saldrá maltrecha de su segundo período como presidenta. Asimismo, si bien le fue con toda seguridad sumamente gratificante conseguir aún más votos que Raúl Alfonsín en octubre de 1983, la presidenta sabrá que, a juzgar por nuestra propia experiencia y la de otros países, el desempeño de los gobiernos que inician su gestión respaldados por una mayoría que les parece abrumadora suele ser decepcionante debido en buena medida a la debilidad opositora, ya que sin sentirse obligados a rendir cuentas ante nadie son proclives a cometer errores graves que más tarde lamentarán. Mal que les pese a los tentados por la “hegemonía”, la Argentina es y seguirá siendo un país pluralista en el que resulta destructivo aspirar a la unanimidad. Para los rivales de Cristina, las elecciones del domingo, al igual que las primarias de agosto que las desvirtuaron, transformándolas en un trámite casi rutinario ya que nunca hubo dudas en cuanto al único resultado que realmente importaría, fueron otro baño de agua gélida. Incluso el socialista santafesino Binner, que vio aumentar su voto a costillas principalmente de Eduardo Duhalde, no tiene muchos motivos para sentirse satisfecho, ya que, como le recordará el triste destino electoral de Elisa Carrió que, luego de haber llegado segunda en el 2007, en esta ocasión se vio superada hasta por el trotskista testimonial Jorge Altamira, el haber aventajado a los demás perdedores no garantiza nada. Para erigirse en jefe de la oposición tendría que contar con la aquiescencia de muchos, que estarán más interesados en hacerlo tropezar que en apoyarlo. ¿Aprenderán de la humillación que acaban de sufrir? Es poco probable. Aun cuando entiendan que la incapacidad al parecer congénita de aquellos dirigentes que no integran el movimiento más poderoso del momento para deponer sus ambiciones personales a fin de formar partidos –o, cuando menos, frentes– más amplios ha contribuido enormemente al empobrecimiento del sistema político nacional, la reacción ya instintiva de los derrotados consiste en romper las organizaciones que habían improvisado en vísperas de las elecciones para entonces procurar crear otras distintas, encabezadas por ellos mismos, perpetuando así la fragmentación insensata que desde hace décadas constituye en nuestro país la característica más notable de la oposición al partido coyunturalmente hegemónico.
En países de largas tradiciones democráticas, el poder de hasta los mandatarios más populares se ve limitado no sólo por la existencia de un sistema cuidadosamente construido de contrapesos y controles sino también por la conciencia de que en última instancia la ciudadanía se siente más comprometida con las instituciones que con los dirigentes “carismáticos” de turno. En la Argentina, éste no es el caso, de suerte que por cierto tiempo la salud de la democracia nacional dependerá casi por completo de la voluntad de Cristina Fernández de Kirchner; la presidenta tiene tanto poder que, hasta nuevo aviso, los únicos contrapesos y controles que valdrán, serán los que surjan de sus propias inhibiciones. Por cierto, no tendrá que preocuparse demasiado por el Congreso, ya que el oficialismo está en condiciones de dominarlo, mientras que los resultados electorales confirmaron, una vez más, que es un disparate tratar a los medios periodísticos independientes como si constituyeran un movimiento político subversivo, como en efecto hacen ciertos funcionarios de mentalidad autoritaria, ya que a la hora de votar su influencia es reducida. De todos modos, para alivio de muchos, Cristina celebró su triunfo electoral, el que fue aplastante no tanto por el porcentaje de votos que obtuvo cuanto por la distancia abismal, de 36 puntos, que la separó de Hermes Binner, con un mensaje de tono mayormente conciliador, ya que subrayó –repitiendo el lema de Winston Churchill– que “en la victoria siempre hay que ser más grande aún y más generoso”, pero entre sus partidarios más militantes hay quienes querrán aprovechar al máximo el espaldarazo que el gobierno acaba de recibir para redoblar los ataques contra quienes no toman por meros adversarios coyunturales sino por enemigos. A menos que Cristina decida disciplinarlos desde el vamos, ordenándoles respetar el derecho de todos a disentir, la democracia saldrá maltrecha de su segundo período como presidenta. Asimismo, si bien le fue con toda seguridad sumamente gratificante conseguir aún más votos que Raúl Alfonsín en octubre de 1983, la presidenta sabrá que, a juzgar por nuestra propia experiencia y la de otros países, el desempeño de los gobiernos que inician su gestión respaldados por una mayoría que les parece abrumadora suele ser decepcionante debido en buena medida a la debilidad opositora, ya que sin sentirse obligados a rendir cuentas ante nadie son proclives a cometer errores graves que más tarde lamentarán. Mal que les pese a los tentados por la “hegemonía”, la Argentina es y seguirá siendo un país pluralista en el que resulta destructivo aspirar a la unanimidad. Para los rivales de Cristina, las elecciones del domingo, al igual que las primarias de agosto que las desvirtuaron, transformándolas en un trámite casi rutinario ya que nunca hubo dudas en cuanto al único resultado que realmente importaría, fueron otro baño de agua gélida. Incluso el socialista santafesino Binner, que vio aumentar su voto a costillas principalmente de Eduardo Duhalde, no tiene muchos motivos para sentirse satisfecho, ya que, como le recordará el triste destino electoral de Elisa Carrió que, luego de haber llegado segunda en el 2007, en esta ocasión se vio superada hasta por el trotskista testimonial Jorge Altamira, el haber aventajado a los demás perdedores no garantiza nada. Para erigirse en jefe de la oposición tendría que contar con la aquiescencia de muchos, que estarán más interesados en hacerlo tropezar que en apoyarlo. ¿Aprenderán de la humillación que acaban de sufrir? Es poco probable. Aun cuando entiendan que la incapacidad al parecer congénita de aquellos dirigentes que no integran el movimiento más poderoso del momento para deponer sus ambiciones personales a fin de formar partidos –o, cuando menos, frentes– más amplios ha contribuido enormemente al empobrecimiento del sistema político nacional, la reacción ya instintiva de los derrotados consiste en romper las organizaciones que habían improvisado en vísperas de las elecciones para entonces procurar crear otras distintas, encabezadas por ellos mismos, perpetuando así la fragmentación insensata que desde hace décadas constituye en nuestro país la característica más notable de la oposición al partido coyunturalmente hegemónico.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora