La elección más previsible



Una de la muchas deficiencias del sistema presidencialista que importamos de Estados Unidos a mediados del siglo XIX y que adaptamos a las usanzas locales tiene que ver con la rigidez extrema del calendario electoral. La campaña que culmina ha despertado poco interés no sólo porque la oferta opositora ha sido tan pobre sino, en buena medida, porque la mayoría no cree que haya llegado la hora de pensar en arriesgarse probando suerte con una alternativa a un statu quo que encuentra satisfactorio. Antes bien, quiere prolongarlo lo más posible y, con razón o sin ella, supone que la mejor forma de impedir que el país experimente otra de sus debacles políticas esporádicas consiste en respaldar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en las urnas. Puede que, de multiplicarse las dificultades económicas en los próximos meses debido al agotamiento del “modelo” vigente desde hace ocho años y al impacto de lo que suceda en el exterior, muchos pronto cambien de opinión, pero en tal caso tendrían que esperar hasta las elecciones presidenciales del 2015 o correr el riesgo de provocar una crisis política de grandes proporciones, lo que, de regir el sistema parlamentario, el país podría ahorrarse. De acuerdo común, lo más probable es que Cristina gane las elecciones presidenciales con más de la mitad de los votos, lo que no sería notable si no fuera por el hecho de que podría aventajar a quien viniera detrás por hasta cuarenta puntos. Así las cosas, la magnitud exacta del margen de victoria de la presidenta será de escasa importancia; aun cuando sea un poco menor que el previsto, a juicio de sus partidarios, con su capital político reforzado estará en condiciones de gobernar con un grado de discrecionalidad mayor aún que el disfrutado por Carlos Menem o cualquier otro mandatario desde el primer gobierno del general Juan Domingo Perón. Tampoco significarán mucho los resultados de la lucha por el segundo puesto, ya que el total de votos conseguidos por el eventual triunfador en esta competencia apenas simbólica será tan magro que no bastará para suministrarle una plataforma de lanzamiento segura para un eventual proyecto político. El socialista santafesino Hermes Binner confía en hacer lo que, desde su punto de vista, podría considerarse una “buena elección”, pero la coalición de centroizquierda –lo que llama “el verdadero progresismo”– que tiene en mente podría compartir el destino de tantas otras, como las formadas por Elisa Carrió, que después de un comienzo promisorio se vieron abandonadas por el electorado. Mal que les pese a Binner y otros, construir una alternativa viable al oficialismo kirchnerista requerirá años de trabajo muy duro; no se trata de algo que podría improvisarse en los meses previos a una nueva elección. De todos modos, abundan las razones para suponer que el país ya ha entrado en una etapa peligrosa, una en la que a muchos oficialistas les será sumamente difícil resistirse a la tentación autoritaria que sigue siendo tan fuerte como en el pasado. No es que no haya opositores a “la hegemonía” de Cristina, sino que están dispersos. Por lo demás, no se limitan a los integrantes de agrupaciones partidarias abiertamente contrarios al gobierno, como las facciones no kirchneristas del radicalismo, el socialismo y la Coalición Cívica. También ocupan muchos lugares en el peronismo que, por motivos coyunturales, se ha plegado mayoritariamente al oficialismo pero podría alejarse nuevamente, como muchos peronistas en efecto hicieron cuando el conflicto con el campo. Aunque, merced al sistema presidencialista, las elecciones nacionales pretenden congelar la situación política existente en un momento determinado, las distintas corrientes seguirán moviéndose, superando a veces las barreras formales. En ocasiones, la presidenta Cristina ha dado a entender que sabe muy bien que nada es permanente y que siempre es necesario adaptarse a las circunstancias, pero también se ha comprometido a aferrarse cueste lo que costare al “proyecto” que está en marcha, negándose a considerar la posibilidad de que le resulte forzoso cambiar de rumbo, actitud ésta que podría suponerle muchas dificultades si, como tantos prevén, la coyuntura internacional –es decir, “el mundo”– dejara de obrar en nuestro favor.


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