La era Bush
El clima económico de la era Bush será más frío que el de los 8 años de Clinton. Con todo, es posible que manifieste más interés por América Latina
Si bien la mayoría de los líderes peronistas suele hacer gala de cierta indignación ante la idea de que el PJ pudiera considerarse una versión criolla del Partido Republicano norteamericano, a los menemistas les gusta subrayar su afinidad con los líderes del más conservador de los dos grandes movimientos del “país rector”, mientras que a los aliancistas les es fácil encontrar semejanzas entre sus propias prioridades y aquéllas del ala “liberal” -epíteto que en Estados Unidos quiere decir “progresista”-, del Partido Demócrata. Así las cosas, es natural que el triunfo agónico de George W. Bush en las elecciones norteamericanas haya decepcionado a radicales y frepasistas tanto como complació a Carlos Menem y sus colaboradores, los cuales dan por descontado que tendrán un buen amigo en la Casa Blanca y que podrán aprovechar los estrechos vínculos personales del riojano con el ex presidente George Bush, padre del flamante “hombre más poderoso del mundo”. Con todo, aunque es de suponer que el presidente Fernando de la Rúa habría preferido que Bill Clinton fuera sucedido por Al Gore, ha estado tratando de acercarse a Bush por entender que tanto a él mismo como al país les convendría disfrutar de las mejores relaciones posibles con la única superpotencia, empresa que hoy en día lo obliga a intentar figurar entre los “amigos” del presidente norteamericano de turno.
Pero no sólo será cuestión de la necesidad objetiva de cualquier gobierno argentino de asegurarse la simpatía de un mandatario extranjero cuyas decisiones podrían incidir profundamente en la evolución del país. A diferencia de Clinton, político que comulga con la “tercera vía” propuesta por dirigentes centristas europeos como el primer ministro británico Tony Blair -la que, a comienzos de la gestión de De la Rúa, interesó mucho a los jefes de la Alianza-, Bush es un “neoconservador” que cree que los intereses de las gigantescas multinacionales son virtualmente idénticos a aquéllos de los Estados Unidos en su conjunto. Además, los republicanos están convencidos de que los países, al igual que las personas, deberían valerse por sí mismos: de aproximarse nuevamente la Argentina a la cesación de pagos, como en efecto sucedió en setiembre del año pasado, podría descubrir que el gobierno estadounidense, lejos de convalidar una operación de rescate organizada por el Fondo Monetario Internacional, estaría dispuesto a dejarla caer para que sirviera de advertencia a otros países que podrían sentirse tentados a despreciar las reglas no escritas de la economía capitalista globalizada.
El clima económico de la era Bush, pues, será más frío -algunos dirían más tonificante- de lo que fue durante los ocho años de Clinton. Con todo, es posible que Bush manifieste más interés por lo que sucede en América Latina que el demócrata, lo cual -además de suponer el riesgo de que se produzca una intervención militar en Colombia que desataría una ola de antinorteamericanismo en toda la región- podría dar pie a iniciativas destinadas a acelerar el proceso de integración económica panamericana que ya está en marcha. En tal caso, el gobierno aliancista podría verse constreñido a optar entre el Mercosur y el área de libre comercio promovida por Washington, o sea, entre el Brasil por un lado y los Estados Unidos por el otro. De ser necesario elegir, la decisión del gobierno dependerá en buena medida del estado de ánimo del país: si ha recuperado la confianza en sus propias fuerzas, preferirá, como Chile, el desafío planteado por la posibilidad de acceder al mercado más rico del planeta; si impera el pesimismo, querrá conformarse con las oportunidades llamativamente menores pero supuestamente menos exigentes ofrecidas por la sociedad con el Brasil. De todos modos, no cabe duda de que como resultado del regreso a la Casa Blanca de los republicanos, el gobierno delarruista tendrá que esforzarse mucho más por “profundizar el modelo”. En adelante, los gobernantes norteamericanos juzgarán al resto del mundo conforme a los criterios severos que aplican los republicanos derechistas cuando se trata de sus propios compatriotas, lo cual, para los convencidos de que el “neoliberalismo” está en la raíz de todas las lacras del país, es una noticia muy mala.