La estrategia del avestruz
Hace algunos meses, los voceros oficiales aseguraban que la Argentina estaba “blindada” frente a las crisis financieras y económicas que se gestaban en el exterior, pero al darse cuenta de que, lejos de perjudicar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la inquietud provocada por las noticias alarmantes procedentes de Europa y Estados Unidos la ayudaría, ya que haría que los votantes fueran aún más reacios que antes a pensar en las eventuales ventajas de un cambio de gobierno, han comenzado a reconocer que lo que está sucediendo en otras partes del mundo sí podría ocasionarnos algunos problemas. Sea como fuere, aunque no cabe duda de que la Argentina sentirá el impacto de la crisis internacional que, en opinión de los pesimistas, podría prolongarse por muchos años, tal vez décadas, el tema no ha figurado mucho en la campaña electoral que está por culminar. Mientras que los oficialistas se han limitado a manifestar su fe inquebrantable en los méritos del “modelo”, los distintos candidatos opositores y sus simpatizantes han estado demasiado ocupados con su propia lucha por conseguir una proporción respetable de los votos que tendrían que compartir, sin que ninguno realmente se crea en condiciones de competir con Cristina. Es una situación bastante extraña. En los demás países, la evolución de la crisis económica obsesiona por igual a los dirigentes políticos y a millones de ciudadanos, pero parecería que aquí incide muy poco. Puede que una vez finalizada la campaña electoral más aburrida de la historia nacional, puesto que de acuerdo común todo se vio decidido en las llamadas primarias del 14 de agosto pasado, la mayoría descubra, para su sorpresa, que la Argentina dista de ser una isla inmune a los fenómenos foráneos, pero hasta ahora el gobierno no ha dado señales de haberse preparado para lo que podría ocurrir. Por el contrario, a juzgar por la retórica de la presidenta Cristina, el ministro de Economía, Amado Boudou, y otros, el gobierno está convencido de que la mejor forma de enfrentar la etapa más dura que está iniciándose consistiría en minimizar las dificultades que nos aguardan. A menos que nos tenga reservadas algunas sorpresas ingratas, pues, el gobierno habrá optado por una variante de la estrategia Indec, según la cual negar la existencia de un problema grave, como el planteado por la inflación, equivale a solucionarlo. Suele atribuirse al avestruz la costumbre de esconder la cabeza en la arena toda vez que se acerca un peligro. Quienes han estudiado la conducta del ave afirman que sólo se trata de un mito, pero no lo es en el caso de los líderes políticos tanto de nuestro país como de muchos otros que a través de los años se han mostrado plenamente capaces de actuar de tal manera, rehusándose a tomar en serio las advertencias de dificultades por venir hasta que ya sea demasiado tarde. Aunque la presidenta y sus colaboradores han sumado sus voces al coro que critica a sus homólogos de los países ricos por no haber sabido reaccionar a tiempo para impedir que la crisis financiera adquiriera dimensiones pesadillescas, con consecuencias penosas para decenas de millones de personas, tal y como están las cosas pronto se verán acusados de padecer la misma miopía, ya que de caer abruptamente los precios de los commodities a causa de la eventual ralentización de la locomotora china, agravarse los problemas del socio mayor del Mercosur, Brasil, e intensificarse la sangría de divisas que está impulsando la incertidumbre que se ha apoderado incluso de los decididos a votar a favor de Cristina el domingo próximo, la economía podría experimentar una desaceleración aún más abrupta que la del 2008 y 2009. Por desgracia, desde comienzos del año corriente el gobierno ha subordinado virtualmente todo a sus necesidades electoralistas, razón por la que siguió privilegiando el consumo por encima de otros factores. Si bien las ganancias políticas han sido notables, por ser cuestión de un período en el que hubiera sido mejor que se concentrara en “blindar” la economía para ponerla en condiciones de resistirse a los previsibles choques externos, los costos de la larga campaña proselitista que se aproxima a su fin podrían resultar ser mucho más elevados de lo que los voceros oficialistas quieren hacer creer.