La evolución de Lula

Redacción

Por Redacción

Desde hace aproximadamente veinticinco años, todos los gobiernos declaradamente izquierdistas o populistas del mundo se han visto obligados a elegir entre mantenerse fieles a sus postulados tradicionales aunque sepan que ya se desactualizaron, o tratar de adaptarlos a las circunstancias imperantes. Los que optaron por la primera alternativa fracasaron, a veces de manera espectacular, mientras que si bien los pragmáticos por lo común lograron gobernar con cierta eficacia, tuvieron que hacer frente a las críticas virulentas de ideólogos y militantes que los acusaron de «traición» y de «neoliberalismo». Por este motivo, algunos políticos de izquierda, como los franceses François Mitterrand y Lionel Jospin, prefirieron jurar que las apariencias no obstante sus medidas no eran «liberales». En cambio, el primer ministro británico Tony Blair ha reivindicado con vehemencia la necesidad de distinguir entre los fines, que seguirán siendo «progresistas», y los medios, los que bien podrían ser idénticos a los impulsados por sus adversarios. De más está decir que la estrategia elegida por los reacios a sincerarse contribuyó mucho al desprestigio de la política, al abrir una brecha cada vez más ancha entre el discurso de los dirigentes y lo que efectivamente hacen cuando alcanzan el poder.

Pues bien: a juzgar por sus primeras semanas en el palacio presidencial, el mandatario brasileño Luiz Inácio «Lula» da Silva ha optado por un rumbo más cercano al blairista que el tomado por la mayoría de los izquierdistas «latinos» que, productos de una cultura de clase media en la que el pensamiento «progresista» es casi hegemónico, trataron de minimizar la importancia de sus desvíos del libreto heredado, aunque, a diferencia del británico, ha comenzado a revisar sus ideas después de triunfar en las elecciones, no antes. Como era de prever, su apostasía al insistir en la importancia de pagar la deuda externa aun cuando hacerlo haga necesario cortes presupuestarios, ya le mereció una avalancha de insultos formulados por muchos que habían aplaudido su triunfo con euforia por creerlo el inicio de una etapa totalmente nueva en toda la región. Tales reparos tendrían algún sentido si existieran motivos para suponer que romper con «el mundo» declarando un default y negándose a tomar en serio a «los mercados» traería ventajas tangibles a la mayoría abrumadora de los brasileños que viven en la pobreza, pero como nuestra experiencia ha mostrado de manera irrefutable, los beneficios son meramente psicológicos y los únicos que los reciben son los políticos y aquellos militantes que anteponen el placer que les produce su propio accionar al bienestar de millones de personas.

La propensión de tantos latinoamericanos a preferir los fracasos «románticos», como el protagonizado por Salvador Allende, a los éxitos acaso modestos pero concretos que podrían conseguir subordinando sus sueños utópicos a la realidad deprimente, está con toda seguridad en la raíz del atraso y de la desigualdad extrema que son las características más notables de toda la región. Por ser tan graves los problemas sociales, económicos y en consecuencia culturales de nuestros países, para no hablar del orgullo natural de quienes no quieren admitir la posibilidad de que su forma de pensar siempre ha estado radicalmente equivocada, puede entenderse el escapismo de los que se conforman con proclamar que «un mundo diferente es posible», felicitándose de este modo por su propio idealismo, pero para los demás sería mejor una actitud menos derrotista y más constructiva. Por esta razón es de esperar que los equipos que maneja Lula consigan plasmar un ideario que sea a un tiempo progresista y práctico basado en el reconocimiento de que si bien el sistema capitalista liberal es el único que hoy en día pueda producir los bienes y servicios precisos para una vida considerada digna, para que funcione adecuadamente es imprescindible que todos, no sólo una minoría privilegiada, aprovechen al máximo sus talentos y su vigor, de suerte que lejos de ser incompatibles con el capitalismo moderno, la «guerra contra la pobreza», servicios sociales adecuados, leyes igualitarias y una inversión sin precedentes en la educación le son absolutamente esenciales.


Desde hace aproximadamente veinticinco años, todos los gobiernos declaradamente izquierdistas o populistas del mundo se han visto obligados a elegir entre mantenerse fieles a sus postulados tradicionales aunque sepan que ya se desactualizaron, o tratar de adaptarlos a las circunstancias imperantes. Los que optaron por la primera alternativa fracasaron, a veces de manera espectacular, mientras que si bien los pragmáticos por lo común lograron gobernar con cierta eficacia, tuvieron que hacer frente a las críticas virulentas de ideólogos y militantes que los acusaron de "traición" y de "neoliberalismo". Por este motivo, algunos políticos de izquierda, como los franceses François Mitterrand y Lionel Jospin, prefirieron jurar que las apariencias no obstante sus medidas no eran "liberales". En cambio, el primer ministro británico Tony Blair ha reivindicado con vehemencia la necesidad de distinguir entre los fines, que seguirán siendo "progresistas", y los medios, los que bien podrían ser idénticos a los impulsados por sus adversarios. De más está decir que la estrategia elegida por los reacios a sincerarse contribuyó mucho al desprestigio de la política, al abrir una brecha cada vez más ancha entre el discurso de los dirigentes y lo que efectivamente hacen cuando alcanzan el poder.

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