La gran interna

Por Redacción

Como es sabido, al presidente Néstor Kirchner no le gusta que nadie cuestione su autoridad, de suerte que era de prever que le molestarían ciertas declaraciones del vicepresidente Daniel Scioli acerca de la conveniencia de intentar “anular” leyes y la necesidad de permitir aumentos de las tarifas de los servicios públicos. Lo que no era previsible en absoluto, empero, fue que reaccionaría con tanta furia. Puesto que no le es dado echar al vicepresidente que, como éste nos recordó, también fue elegido, se ensañó con los funcionarios de la Secretaría de Turismo y Deporte, reemplazando al titular, un “hombre de Scioli”, por un santacruceño. Sin embargo, lejos de servir para fortalecer la autoridad presidencial, el zarpazo alarmó a los ya convencidos de que Kirchner es un autoritario peligroso incapaz de tolerar cualquier diferencia de opinión.

Si se tratara de nada más que un conflicto entre dos políticos profesionales que, impulsados por sus partidarios, se dedicaran a luchar por parcelas de poder, este episodio, por desagradable que haya sido, sólo sería uno más de la serie al parecer interminable de peleas internas “canibalescas” tan típicas de nuestros gobiernos nacionales, pero sucede que las diferencias entre Kirchner y Scioli son profundas. Mientras que el presidente parece decidido a ubicarse en el mapa ideológico en algún punto entre Fidel Castro y Hugo Chávez por un lado y los a su entender excesivamente “liberales” Luiz Inácio Lula da Silva y Ricardo Lagos por el otro, Scioli es un centrista que no tiene problemas con el capitalismo liberal.  Por el contrario, abundan los motivos para suponer que se sentiría mucho más cómodo en compañía de Ricardo López Murphy que con Kirchner aunque, felizmente para éste, hasta ahora no ha querido subrayar sus propias diferencias con “el rumbo” que según parece se ha emprendido a partir de las elecciones de abril.    

Si bien en los meses que han transcurrido desde entonces ni Kirchner ni Scioli han modificado mucho sus puntos de vista, antes de iniciarse la gestión de la dupla ganadora los del vicepresidente eran decididamente mejor conocidos que aquéllos de quien sería su jefe, aunque sólo fuera porque los más habían atribuido las manifestaciones del en aquel entonces gobernador de Santa Cruz -un político de escaso relieve hasta que el presidente interino optó por apadrinarlo-, en torno de temas económicos y sociales, a su voluntad comprensible de “diferenciarse” de Carlos Menem. Por eso, los ataques del presidente contra los economistas que no comparten sus ideas, los banqueros, los inversores españoles y los empresarios locales, además, claro está, contra los militares y los jueces que considera “menemistas”, resultaron tan sorprendentes como su simpatía apenas disimulada por el dictador cubano y el caudillo “bolivariano” de Venezuela. Según parece, el grueso de la ciudadanía ha estado más que dispuesto a acompañar a Kirchner en su viaje hacia la izquierda del espectro ideológico, pero en nuestro país la opinión pública es muy veleidosa y de estallar una nueva crisis económica, que sería atribuida a su desprecio por “los mercados” y su resistencia a llevar a cabo reformas estructurales, podría abandonarlo con la misma rapidez con la que se separó del una vez muy popular presidente Fernando de la Rúa y el aún más popular Domingo Cavallo.

Frente a este panorama, a Kirchner le convendría cuidar mucho la relación con Scioli. Por representar una corriente de opinión que se ha visto coyunturalmente marginada pero que con toda probabilidad volverá a ocupar el lugar dominante que le es propio en virtualmente todos los países democráticos del mundo, incluyendo al Brasil y a Chile, el vicepresidente no podrá sino ser tomado por muchos por una alternativa potencial a Kirchner si se dan motivos serios para temer que por impericia, por impetuosidad, por el deseo de aumentar su poder creando divisiones o por prejuicios ideológicos, está llevando al país a un nuevo desastre. Aunque es de suponer que Scioli no tiene la más mínima intención de convertirse en un polo de atracción para los contrarios al eventual programa de gobierno de Kirchner, el presidente mismo, para disgusto de muchos simpatizantes como la jefa arista Elisa Carrió, está actuando de tal manera que podría resultarle virtualmente imposible negarse a desempeñar el papel así supuesto.     


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