La gran interna peronista
De resultar acertadas las encuestas de opinión que se han difundido últimamente, en las elecciones primarias del domingo, y en la ronda final de las legislativas que se celebrará en octubre, los peronistas y sus aliados conseguirán casi el 80% de los votos en la provincia de Buenos Aires y un porcentaje similar en el país en su conjunto. No es que, con la excepción de una franja muy minoritaria que se ve conformada por radicales, izquierdistas y liberales clásicos, el país sea abrumadoramente peronista, sino que los comprometidos con distintas variantes del movimiento fundado por el golpista militar Juan Domingo Perón se las han arreglado para ocupar la mayor parte del terreno político disponible, apoderándose de zonas extensas de la derecha y de la izquierda, además del centro. También han logrado instalar la idea de que los únicos que están en condiciones de garantizar “la gobernabilidad” son los peronistas porque, se supone, sabrían impedir que “la rama sindical” declare un paro general tras otro con el propósito de expulsar de “la casa de Perón” a un presidente de otro origen que no cuente con su aprobación. Así, pues, para oponerse a un gobierno peronista, a menudo conviene que quienes no comulgan con el movimiento voten “útilmente” por un presunto disidente, mientras que los interesados en crear una coalición capaz de triunfar en elecciones locales o nacionales suelen sentirse obligados a ahorrarse problemas incorporando por lo menos una “pata peronista”, como la que, por un rato, tuvo el gobierno de la Alianza del presidente Fernando de la Rúa. Es por este motivo que el líder del PRO, Mauricio Macri, ha pactado sucesivamente con Francisco de Narváez y Sergio Massa. Si no fuera por el hecho de que los dos se consideran presidenciables, Macri no vacilaría en vincularse con el gobernador bonaerense Daniel Scioli. En términos políticos o, si se prefiere, electorales, el movimiento peronista ha sido fenomenalmente exitoso. A pesar de todo lo ocurrido a partir de su nacimiento a mediados del siglo pasado, sigue dominando el país, lo que sería lógico si, merced a su aporte, la Argentina hubiera disfrutado de décadas de prosperidad creciente y buena administración, pero ni siquiera el peronista más entusiasta atribuiría su hegemonía al parecer permanente a los logros de todos los mandatarios que fueron proporcionados por el movimiento. A lo sumo, colmaría de elogios a un gobierno peronista determinado, pero hablaría pestes de otros, acusándolos de ser responsables de todos los males habidos y por haber, como hacen los kirchneristas cuando aluden a lo hecho por los compañeros menemistas, y como harán los voceros del gobierno peronista que suceda al encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando les llegue la hora de afirmarse horrorizados por la magnitud de la crisis heredada. La flexibilidad realmente extraordinaria que es tan típica del peronismo que, al desdoblarse, consigue suministrar no sólo gobiernos sino también una parte sustancial de la oposición, ha contribuido mucho a privar al país de partidos auténticos comparables con los existentes en otras latitudes. Asimismo, el que para un peronista ambicioso sea no sólo fácil sino también necesario cambiar de ideología con cierta frecuencia, ha incidido de manera muy negativa en la cultura política del país. Si bien es natural que los profesionales de la política se adapten periódicamente a nuevas circunstancias, no lo es que lo hagan sin sentirse constreñidos a explicar las razones por las que abandonen un día “el neoliberalismo” imputado a los menemistas para transformarse el siguiente en militantes del estatismo kirchnerista. Es de prever que mañana haya más conversiones instantáneas de la clase a las que nos hemos habituado, pero por estar más interesados tantos peronistas en justificar su propia versatilidad que en procurar entender los motivos del fracaso de gobiernos que habían respaldado, la experiencia no los hará más cautos. Al contrario, muchos apoyarán con más vehemencia todavía al líder máximo siguiente, como han hecho aquellos exmenemistas transformados en kirchneristas incondicionales que han estado entre los partidarios más fervorosos y más obsecuentes de Cristina, por suponer que al actuar así conseguirán borrar todos los recuerdos de su militancia anterior.