La guerra de Tabaré
Por fortuna, el que en el 2007 el presidente uruguayo Tabaré Vázquez haya temido que el conflicto en torno a las papeleras que se construían en Fray Bentos pudiera llevar a una guerra con nuestro país parece tan descabellado que, además de forzar al socialista a dar un paso tal vez definitivo al costado, la revelación ha motivado más burlas que preocupación. No es que hace algunos años los uruguayos no hayan tenido buenas razones para sentir cierta inquietud, ya que, además de las consecuencias económicas negativas que sufrían debido al bloqueo supuestamente ecológico, el entonces presidente Néstor Kirchner se había encargado de calentar los ánimos al hacer del enfrentamiento “una causa nacional”, mientras que les era necesario tomar en cuenta la actitud amenazadora asumida por militantes gualeguaychuenses como, según Vázquez, aquella “señora que dijo que iba a venir con una bomba a atarse para volar Botnia”, pero así y todo a esta altura es legítimo suponer que nunca hubo un peligro auténtico de que el asunto terminara desatando una guerra de verdad, ya que no se trataba de un diferendo territorial de la clase que periódicamente ha brindado a distintos gobiernos de la región un pretexto a su juicio adecuado para poner en marcha la maquinaria militar. Por lo demás, si bien, un cuarto de siglo antes, el régimen castrense del “Proceso” se había preparado para ir a la guerra con Chile por algunos islotes inhabitables del canal del Beagle para después suicidarse librando una contra el Reino Unido, los gobiernos democráticos que sucedieron a la dictadura no han manifestado interés alguno en procurar solucionar problemas bilaterales por la fuerza. Por beligerante que haya sido en dicha oportunidad la retórica de los comprometidos con “la causa nacional”, siempre fue escaso el riesgo de que el gobierno kirchnerista se sintiera constreñido a tomar medidas más contundentes que las supuestas por el intento de presionar a Uruguay llevando el conflicto a la Corte Internacional de La Haya. De todos modos, puesto que en todas partes es normal que los jefes militares se entretengan con hipótesis de guerra que en retrospectiva son consideradas fantasiosas –por mucho tiempo los estrategas de Estados Unidos pensaban en lo que su país tendría que hacer para enfrentar una eventual alianza bélica anglojaponesa–, sería un error tomar lo dicho por Vázquez por evidencia de mala voluntad. Mal que bien, como presidente de un país pequeño le fue preciso pensar en todas las alternativas factibles, pero pronto entendió que le hubiera convenido desistir de aludir en público al tema y, sobre todo, de afirmar que llegó a sondear a su homólogo norteamericano George W. Bush con la presunta esperanza de contar con el respaldo de la superpotencia en el caso de que el belicismo argentino resultara ser algo más que un producto de su propia imaginación. Desgraciadamente para Vázquez, el que hasta ahora ha sido considerado un representante cabal del progresismo sensato latinoamericano, se las ha arreglado para permitir a sus adversarios pintarlo como un personaje extravagante, hostil a la Argentina y, para más señas, partidario del imperialismo yanqui. Consciente de que no le será fácil recuperarse del paso en falso, acaba de anunciar su retiro de la actividad política, borrándose así de la lista de candidatos en potencia para las elecciones presidenciales del 2014. Dadas las circunstancias, la decisión puede entenderse. Con su nueva imagen, la de ser un enemigo furibundo de la Argentina –o por lo menos de los Kirchner–, a cuestas, el eventual regreso a la presidencia de Uruguay de Vázquez podría provocar muchos problemas. En parte esto se debe a su reputación de ser un hombre muy equilibrado de opiniones por lo común moderadas. Mientras que el presidente uruguayo actual, José “Pepe” Mujica, puede decir virtualmente cualquier cosa sin provocar reacciones airadas ya que estamos acostumbrados a sus excentricidades, hombres como Vázquez tienen que expresarse con más cautela. Asimismo, aun cuando la mayoría de los políticos de su país comparta el punto de vista de Vázquez y de otros ex presidentes como Jorge Batlle y Luis Lacalle de que a menudo la Argentina resulta ser una vecina sumamente difícil, no es del interés de nadie permitir que el consenso en tal sentido siga incidiendo en la relación bilateral.