La historia se repite



No bien el presidente Carlos Menem, mediante una reforma constitucional apurada, se las había arreglado para prolongar su estadía en la Casa Rosada, tanto él como sus partidarios comenzaron a pensar en la conveniencia de otra reforma destinada a permitirle quedarse hasta que la biología pusiera fin a su gestión, hablando de lo terriblemente injusto que sería “proscribirlo” y de lo bueno que sería para el pueblo poder contar con sus servicios por mucho tiempo más. Felizmente para el país, el intento de transformarlo en el feudo personal del riojano no prosperó. ¿Tendrá la misma suerte la iniciativa idéntica que han emprendido, en el transcurso de un almuerzo festivo en un restaurante marplatense, los admiradores de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que ya no ocultan su voluntad de echar la Constitución vigente al tacho de basura cuanto antes, reemplazándola por una mejorada que permitiría la reelección indefinida? Es probable que sí, aunque sólo fuera porque abundan los motivos para sospechar que la popularidad de Cristina ya ha alcanzado su cenit y que, tal y como le sucedió a Menem cuando, agotado su “proyecto” debido en gran medida a sus propios errores, la economía nacional entró en una fase de estancamiento, no dispondrá del capital político suficiente como para derrotar a los reacios a dejar que se eternice una situación nada satisfactoria. Las razones por las que los oficialistas más fervorosos quieren ver reelegida una y otra vez a Cristina se asemejan a las que motivaron a sus equivalentes menemistas de los años noventa del siglo pasado. En muchos casos, dependen por completo del apoyo de la jefa; si no fuera por ella, no ocuparían los lugares destacados en que han anidado y, privados de su ayuda, serían devueltos al anonimato. Asimismo, por entender que es de su interés ofrecerle a la presidenta a cada momento pruebas de su lealtad incondicional, se sienten obligados a homenajearla comprometiéndose con la reelección indefinida, lo que, como saben muy bien, es una forma de asegurarle que es imprescindible, que de los cuarenta millones de argentinos es la única que está capacitada para gobernar el país y que, por lo tanto, su eventual paso al costado sería un auténtico desastre nacional. Otro factor, claro está, consiste en la conciencia de algunos de que un cambio de gobierno podría suponerles muchos problemas legales, sobre todo si a juicio de los demás son “emblemáticos”. Aun cuando no hayan hecho nada que podría ocasionarles disgustos, sabrán que en nuestro país es tradicional que, luego de un período prolongado de hegemonía muy personalista, muchos ya ex funcionarios se vean constreñidos a rendir cuentas ante la Justicia por lo hecho cuando disfrutaban de los fueros –a menudo sólo informales pero así y todo valiosos– que suelen acompañar el poder político. A diferencia del compañero Menem –el “mejor presidente de la historia”, a juicio del en aquel entonces gobernador santacruceño Néstor Kirchner–, Cristina ha procurado dar la impresión de que en verdad no le entusiasma demasiado la idea de seguir trabajando como presidenta después de llegar al final el período previsto por la Constitución nacional que juró respetar. Por ser cuestión de una política profesional, es legítimo dudar de la sinceridad de sus palabras en tal sentido, pero sería comprensible que en ocasiones Cristina se sienta harta de la obsecuencia empalagosa de los adulones que compiten para merecer su atención. Con todo, no le será muy fácil rehusar prestarse al movimiento reeleccionista que está gestándose en su entorno. Si la presidenta dejara en claro que su mandato terminaría indefectiblemente en diciembre del 2015 a más tardar, se convertiría instantáneamente en lo que los norteamericanos llaman un “pato rengo”, porque se pondría en marcha enseguida la lucha por la sucesión y los preocupados por su propio futuro, hombres y mujeres que fueron “leales” a más no poder a Menem, Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde antes de subir al vehículo político conducido por los Kirchner empezarían a alejarse de ella en busca de otro benefactor, agitando así la crónicamente febril interna peronista, lo que tendría consecuencias desafortunadas para una gestión que, tal y como están las cosas, parece destinada a ser mucho más problemática que la anterior.


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