La independencia inalcanzable

Por Redacción

No bien se instaló en el poder, el gobierno kirchnerista adoptó una estrategia económica que a su juicio iba a servir para asegurar la independencia nacional de modo que en adelante el país no tuviera que preocuparse tanto por lo que sucediera en otras partes de un mundo cada vez más globalizado. Pudo hacerlo sin que muchos lo criticaran porque todos los dirigentes populistas –es decir, buena parte de la clase política– siempre han dado por descontado que los problemas más graves del país no se deben a sus propios errores sino a la perversidad ajena que, en su opinión, ha tenido muchas consecuencias concretas negativas y también ha incidido de forma maligna en el ámbito intelectual. Así, pues, al presidente Néstor Kirchner, su sucesora, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, y sus colaboradores les pareció lógico liberarse del Fondo Monetario Internacional pagándole más de diez mil millones de dólares, “desendeudarse” a costa de los acreedores y ufanarse ante distintos foros internacionales de la superioridad de su propio “modelo” heterodoxo. Huelga decir que todos los esfuerzos en tal sentido han fracasado. Luego de casi once años supuestamente “ganados”, la Argentina sigue dependiendo tanto del resto del mundo como cualquier otro país de dimensiones demográficas equiparables. Es que, como acaba de recordarnos el FMI, las exportaciones están tan “primarizadas” que un pequeño cambio de los precios de commodities como la soja tendría un impacto inmediato, lo que podría atenuarse si las empresas industriales estuvieran en condiciones de exportar más merced a una devaluación oportuna pero, puesto que no lo están, dependemos de las vicisitudes del clima tanto aquí como en Brasil o Estados Unidos. También nos perjudicaría muchísimo una crisis financiera en China o una decisión de la Reserva Federal estadounidense de poner fin al programa de “facilitación cuantitativa” que ha inundado de dólares frescos el mundo. Mal que nos pese, ambas eventualidades parecen probables. Sea como fuere, al caer a un nivel peligrosamente bajo los recursos financieros internos, el gobierno de Cristina se vio obligado a intentar conseguir créditos a tasas soportables en los esquivos mercados internacionales, una tarea ingrata que le está resultando a un tiempo difícil y humillante. El drástico cambio de rumbo que emprendió el gobierno hace menos de tres meses se debió al temor a que la fuga atropellada de capitales dejara vacías las arcas estatales en un lapso muy breve. De todas maneras, a esta altura debería ser evidente que es quimérico soñar con la independencia económica, para no decir la autarquía, como han hecho tantos políticos e intelectuales populistas desde inicios del siglo pasado. También lo es que, a la larga, medidas que según sus impulsores ayudarían a reducir la dependencia suelen resultar contraproducentes. En algunos países, un período de proteccionismo puede ser aprovechado por empresarios resueltos a prepararse para conquistar mercados en el exterior. Es lo que sucedió en Japón y Corea del Sur. En otros países, entre ellos el nuestro, una etapa proteccionista sólo servirá para que los empresarios locales se hagan aún menos competitivos de lo que eran antes, lo que plantea a los interesados en ayudarlos a mejorar su desempeño un dilema insuperable, ya que una apertura comercial excesiva podría resultarles fatal mientras que una menos drástica les permitiría continuar disfrutando de los beneficios de un mercado cautivo sin sentirse constreñidos a cambiar. Por lo tanto, parecería que la alternativa no dejará de consistir en la “desindustrialización” por un lado y la mediocridad estructural por el otro. Tal y como están las cosas, el próximo gobierno elegirá derribar algunas barreras proteccionistas, lo que sería una pésima noticia para empresas como las electrónicas ensambladoras de Tierra del Fuego, pero entonces enfrentaría el riesgo de que, por enésima vez, las protestas de los habituados a los subsidios indirectos que reparten los gobiernos proteccionistas logren forzarlo a batirse en retirada. La experiencia nos ha enseñado lo difícil que es procurar reintegrarnos al sistema internacional después de una etapa de aislamiento populista. Ya es tarde para que lo logre el gobierno de Cristina, pero su sucesor no tendrá más opción que intentarlo.


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