La invocación mágica de Woody

El director recuperó a la Generación Perdida y la hizo protagonista de su mejor película en años.

Por Redacción

Woody Allen no ha hecho más que seguir alimentando los sueños. Y la historia, puesto que su “Medianoche en París” se nutre de hechos que en verdad ocurrieron casi un siglo atrás. Por años los amantes de la literatura hemos permanecido atentos al anecdotario inédito que pudieran desempolvar los especialistas acerca de esa poderosa, extraña, intensa, especial por donde se la mire (y cuánto más se puede agregar al respecto) amistad que unió a Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. La escena clásica los ubica sentados a la misma mesa con el rostro iluminado por el alcohol y el fervor de la noche. Francis y Ernest, esos dos titanes de la literatura, compartieron un día el mismo cielo y pisaron el mismo suelo. Sí, por años debimos conformarnos con ampliar, mediante suposiciones, el espectro fotográfico o la descripción ajena de cómo ambos se vincularon. Hasta que llegó Woody Allen y en una comedia liviana y colorida como la pluma de un ave exótica nos contó al oído de qué manera pudieron ocurrir ciertas cosas. Les puso un cuerpo a las palabras, le dio volumen y color a la imagen congelada y en blanco negro. Esto también forma parte de la gloria y la razón cinematográfica debido a la cual Allen se llevó un Oscar al Mejor Guión. Allen, como un abuelo cariñoso o como un gran embaucador, nos remite a una Era Dorada en el marco de la cual la Generación Perdida se refugiaba en los bares y cafés de París. Mientras Estados Unidos padecía la resaca bursátil, en París la noche era todavía joven. Parte de esta exquisita secuencia, de este momento eterno que unió ¿por un segundo? a dos de los mejores escritores de todos los tiempos, ha sido referida por Hemingway en “París era una fiesta” y de un modo más agresivo hacia Scott Fitzgerald en el estupendo libro de relatos “Las nieves del Kilimajaro”. Pero Woody, ¡oh, Woody!, qué bello trabajo hiciste. Gil (Owen Wilson) es un guionista de Hollywood que viaja con su pareja Inez (Rachel McAdams) y quien acaba siendo atrapado por la magia de la Ciudad de las Luces. Una suerte de taxi-máquina-del-tiempo conducido por Francis y Zelda los traslada a los años 20 donde la excitación generacional por estar transitando una época llena de promesas (que luego se revelarían incumplidas pero, bueno, ése ya es otro cuento) que, cual ninfa, se quitaba sus ropas bajo el influjo del jazz y la embriaguez generosa que concede el champagne. A ese baile es invitado el inocente Gil, el que a pesar de ser un guionista exitoso daría cualquier cosa por vivir en París incluso en el nuevo siglo. Hollywood le resulta frío y calculador, mientras que París representa para él una puerta abierta hacia una sensibilidad poco explorada por su alma creadora y norteamericana. La película se encuentra repleta de guiños intelectuales y tiene su propio “guía” turístico, un pelmazo que no se detiene ni siquiera ante la obviedad de su propia intolerancia. Pero lo importante es otra cuestión: la Era recuperada por el inacabable Woody Allen. Son ellos, sí, ellos, invocados por la voz del maestro: Gertrude Stein (la escritora, musa y promotora de los genios y que conservaba en su casa, contra la pared, cuadros que hoy valen millones de dólares), el seductor y obsesivo Picasso, el delicado Mattisse, T.S Eliot, ¡Dalí!, ¡desquiciado Dalí! Y, lo dicho, Ernest y Francis. Maldición eterna a quien subestime a “Medianoche en París”.

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar