“La lista única”

Por Redacción




Caminar 37 años con el diploma de médico, juramento hipocrático mediante, es una aventura todavía agradable. Viajar a Buenos Aires desde 1977 a los congresos de la Asociación Argentina de Cirugía le ha sumado a este egresado, imposible negarlo, expectativas y competencias siempre. Y seguramente nuestra asociación en ese accionar educativo debió y supo superar los desafíos más difíciles desde su creación entre tantas tragedias democráticas. Pretenderé ahora, si ustedes me permiten, ser fiel a la memoria del acto eleccionario de la asociación en que me he criado: “De pronto, y desde las épocas del Teatro San Martín, la tradicional asamblea de los miércoles. Algunos saludos de cortesía entre los miembros pero ninguna sonrisa seductora, ni desde el adversario en el pensamiento, como objeto para captar un voto indeciso, ni menos una animada conversación sobre potenciales candidatos. Enseguida la aprobación del balance, el proceso electoral y los pasos administrativos de rigor, la urna adelante y en el centro una sola pila de votos, al fin, para depositar la lista. Ni siquiera un biombo en una esquina que hiciera las veces de cuarto obscuro. Algo no estuvo presente allí, sustancial, indispensable en ese ambiente, el disenso, las ideas diferentes, la posibilidad de controvertir, esencia de todo acto democrático”. Esos votos desapasionados designaban al futuro presidente de un Congreso Argentino de Cirugía. La lista única. La lista de la uniformidad, la que aparentaba que todo estaba bien. En nuestra asociación actuaron en su seno fuerzas positivas que la encumbraron al punto de promover la vida científica y cultural a niveles que atrajeron la atención del exterior sobre los médicos, docentes e investigadores argentinos que llegaron a integrarla. No se duda, su aporte al progreso de la cirugía mundial mostró la verdadera dimensión de la inteligencia nacional. Sin embargo las instituciones en la Argentina, y al paso del país, como es natural, tuvieron momentos de grandeza y de decadencia y fueron, y son todavía, el espejo de la accidentada vida institucional de la república. Hubo, por ende, fuerzas empeñadas en simples propósitos de dominación, social y política, que estrecharon el horizonte académico y demoraron –cuando no impidieron– el movimiento de interacción entre ellas y el país y, sobre todo, una continua renovación democrática de sus cuadros para permitir, a las nuevas generaciones, el ascenso sin trabas ilegítimas a avanzados niveles de espiritualidad y creación. Podríamos preguntarnos si la Asociación Argentina de Cirugía fue una excepción en este derrotero institucional. O, tal vez, invirtiendo la ecuación, cabría preguntarse si nuestra discontinua y desvencijada educación política no nos permitió hasta hoy renovarla y recrearla hacia los estándares de una elevada conciencia democrática. Lo que acontecerá de ahora en adelante en nuestra Asociación Argentina de Cirugía para elegir sus legítimas autoridades podrá ser el germen pero también materia de pretéritos análisis y profundos cambios que harán al futuro de la institución. El próximo congreso, el 85º, será un motivo más de honra y orgullo en el pertenecer a la asociación como institución, pero no deberíamos obviar una leal autocrítica a la asociación como idea. No todos, pero quizá muchos, estuvimos de alguna manera distraídos en este debate institucional, al no haber interpretado las exigencias de la época y su papel en la vida social. Si es que perduran algunos vicios institucionales en su seno, si hay antiguas deficiencias rodeando verdaderos avances científicos y técnicos, si no hubo continuidad en el progreso ético, si no hay tampoco la pluralidad y el respeto por las minorías diferentes, quiero invitarlos a que hagamos prevalecer los valores republicanos y federales. Si bien cada asociación tiene sus caracteres y particularidades, los últimos sucesos acaecidos a través de las redes sociales, boletines, en los ámbitos académicos y congresos y, asimismo, algunas decisiones y alusiones en relación a la próxima asamblea, pusieron en evidencia que nuestra cultura civil es frágil y embrionaria y debemos esforzarnos en cultivarla y demostrar que somos capaces de entendernos y gobernarnos sin extrañas injerencias. Pues, deseo que la Asociación Argentina de Cirugía sea terreno fértil para la reproducción de vivencias institucionales y sociales justas y bienintencionadas. Quien se regocija de ser su miembro y de haber participado ininterrumpida y noblemente en las actividades de la AAC agradece a sus potenciales lectores y desea que participen en el acto eleccionario. Rolando B. Montenegro Miembro titular de la AAC Profesor de Cirugía, Facultad Ciencias Médicas, UNC

Rolando B. Montenegro Miembro titular de la AAC Profesor de Cirugía, Facultad Ciencias Médicas, UNC


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