La marihuana y sus efectos
En su debida clasificación, el alucinógeno marihuana presenta un patrón de abuso de drogas que incluye dependencia fisiológica, alguna tolerancia y ciertos efectos secundarios no deseables. Los efectos importantes de la droga se manifiestan en cambios referentes al sistema nervioso central, la alteración de la presión sanguínea y de la respiración, aumento del apetito, dilatación de las pupilas, la bronquitis crónica y el asma que pueden resultar del consumo continuado tienen una importancia secundaria frente a los efectos sobre el sistema nervioso central. Se altera la coordinación, aunque el fumador de marihuana puede no reconocerlo y pueden verse dificultadas capacidades intelectuales complejas, en particular las que rigen la velocidad y la precisión. La personalidad básica del individuo no cambia notablemente, pero se modifican sus reacciones de comportamiento. Una de ellas es la confianza en sí mismo, con frecuencia no justificada. Durante este período inicial puede sentirse relajado y cómodo; sin embargo, si se insinúa una influencia negativa, puede tornarse preocupado, ligeramente paranoico y aprensivo. A esta situación se la conoce como “caída o decaimiento”. A medida que aumenta el estado de intoxicación, disminuyen su capacidad de enjuiciamiento y su memoria. Se irrita fácilmente y, si la dosis es elevada, puede tornarse confuso, desorientado o atemorizado. El comportamiento es impulsivo y su disposición de ánimo, variable. Al aumentar la dosis, pueden aparecer alucinaciones, agradables o desagradables. Los efectos totales de una intoxicación con marihuana duran de tres a cinco horas, después de las cuales el fumador se siente aletargado y hambriento. El médico psiquiatra Eduardo Kalina, especialista reconocido en el tema adicciones, ha expresado las consecuencias con la ingesta de marihuana: confusión mental, trastornos de la concentración y de la atención, por lo cual deviene en una marcada tendencia a los accidentes, choques automovilísticos, etcétera; pérdida creciente de la motivación para hacer actividades de cualquier índole, dificultad para pensar, regresiones a etapas infantiles del desarrollo psíquico, alteración de la capacidad de aprendizaje en los niños, adolescentes y jóvenes adultos, disminución en la producción de espermatozoides con alteraciones en su morfología y alteración de los ciclos menstruales y la ovulación, especialmente en las mujeres jóvenes y adolescentes. En niños recién nacidos de madres que fumaron marihuana se encontraron temblores y dificultades respiratorias, así como alteraciones en la capacidad de atención, que denotan un retraso madurativo en la capacidad visual, e irritación dañina para las vías respiratorias superiores, bronquitis y pulmones, debido a que contiene gran cantidad de monóxido de carbono, aceldehído, nitrosamina, fenoles, benzopireno y benzoantraceno, por lo tanto son comunes las rinitis, laringitis, faringitis y bronquitis. Al respecto, señalan que el 90% de los cánceres de pulmón ocurre en personas que fuman tabaco y un tercio de todos los cánceres, en personas fumadoras. Tabaco y marihuana se potencian, pero la marihuana es más carcinogenética que el tabaco. Los fumadores crónicos presentan una reducción en los dopajes de linfocitos T y de los fagocitos polimorfonucleares, razón por la cual se produce un déficit en la capacidad inmunitaria del individuo, trastornos cardíacos, taquicardias sinusules, angina de pecho, alteraciones electrocardiográficas en la onda P y aplanamiento o inversión de la onda T y severas alteraciones en el estado de las piezas dentarias. El mismo profesional refiere que la marihuana produce tolerancia, dependencia y síntomas por la abstinencia, que generalmente son oscurecidos por el incremento del uso abusivo de tabaco común, con diferencias cuali y cuantitativas según las características psicopatológicas de la personalidad. (Arias, J. y otros, “La familia del adicto y otros temas”, 1990, páginas 64 y 65) También es muy relevante la opinión de especialistas que abordan la temática desde el tratamiento de la prevención, como –en la provincia de Río Negro– la psiquiatra Mabel Dell’Orfano, responsable de la comunidad terapéutica Transitar de Cipolletti y de la Comunidad Asumir en Bariloche, que son centros de rehabilitación que trabajan con personas con adicciones y donde se señala con contundencia la peligrosidad de esta droga para la salud y que no es inocua. Inclusive, tras muchos años como responsable en la parte operativa de lucha contra las drogas en Bariloche –muchos procedimientos donde estaban involucrados distintos grupos etarios y sociales–, donde la marihuana era la droga más usual, conformé un equipo interdisciplinario para realizar un programa de prevención de drogas con médicos y especialistas en salud en los establecimientos educativos de los niveles Inicial y Medio, donde se remarcaba, entre otras situaciones, que la marihuana no era una droga inocua e inofensiva. Este programa fue declarado de interés comunitario por la Municipalidad de Bariloche (declaración Nº 1084- CM-05). Acerca de la despenalización En años recientes se han formado varias asociaciones para defender los derechos individuales de quienes desean fumar marihuana y han proliferado los que aseveran que hay que despenalizar el consumo de drogas, concretamente de la marihuana. Pero existen antecedentes a nivel mundial que no se pueden soslayar. Por ejemplo, la India, después de aceptar durante años el bhang como parte religiosa del país, proscribió su consumo en 1959 debido a los efectos nocivos de la droga. En África, países que antes aceptaban la marihuana han comenzado a preocuparse de sus efectos generales. En Nigeria, en su momento dispusieron penas severísimas por la venta o producción no autorizada como resultado de serios incidentes sociales donde la droga era el principal artículo de mercancía. Quizás algo más contemporáneos sean los ejemplos de Holanda y, recientemente, Uruguay. En los Países Bajos es tangible. A partir de 1976 la Fiscalía General autorizó el funcionamiento de las “cafeterías” con la condición de que se anunciaran, no causaran disturbios, no vendieran más de 30 gramos de hachís o marihuana y no vendieran drogas fuertes ni aceptaran clientes menores de 18 años. En términos jurídicos, a esta situación se la denominó “política de tolerancia”. Una enmienda de 1995 hizo un poco más estrictas esas reglas y las cafeterías ya no podían vender más de cinco gramos de droga a un solo cliente. Pero esta política no hizo más que aumentar el consumo de todo tipo de drogas, no solamente el hachís y la marihuana, sino también la heroína y la cocaína. Las cafeterías se incrementaron y los disturbios asociados a figuras delictivas de portación de armas y robos son la consecuencia nefasta de toda esta situación. Menores de edad sin control comprando cualquier droga constituían una imagen lamentable de esta sociedad. En el 2012 surgieron otras restricciones en cuanto a las cafeterías y el acceso sólo de residentes, pero en la práctica siguen sin control el cultivo y el almacenamiento. (Meyer M., “La plaga de las cafeterías del vicio en Holanda”, 1996 Ediciones Reader’s Digest, páginas 84 y 85) En nuestro país rige desde 1989 la ley 23737 sobre estupefacientes y hay quienes pregonan e invocan el artículo 19 de la Constitución nacional como paraguas protector de un atentado contra la libertad individual en cuanto al consumo de drogas, pero lo formal y lo legal en la práctica es otra realidad. Una persona que consume no sólo se destruye a sí misma –ya señalé los efectos médicos nocivos para la salud–, sino también a quienes lo rodean y realiza actos como mentir, trampear y hasta delinquir. La droga va quitándole al adicto el juicio de la realidad y se transforma en un sumiso. Daña la salud, pero también a la familia, la sociedad y la continuidad generacional. Esta adicción en algunos se torna como una relación de una esclavitud-dependencia tan denigrante para la condición humana. Por experiencias propias he visto jóvenes con enfermedades, accidentes de tránsito, hurtos, robos y hasta homicidios en los que la droga está presente, y esto afecta intereses colectivos de la sociedad sobre lo privado. Conceder legitimidad a esta moderna versión de la esclavitud es una claudicación inaceptable. Por el bien de nuestros hijos y las generaciones futuras de nuestra sociedad, que esta situación no prospere. (*) Comisario inspector de la Policía de la Provincia de Río Negro en situación de retiro. Trabajó en la Dirección de Toxicomanías y Leyes Especiales en Viedma y como jefe de la División Toxicomanías en Bariloche del 2002 al 2006. Creador del programa de prevención Bariloche sin Drogas, declarado de interés comunitario por el Municipio de esa ciudad
Darío Buonaventura (*)
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En su debida clasificación, el alucinógeno marihuana presenta un patrón de abuso de drogas que incluye dependencia fisiológica, alguna tolerancia y ciertos efectos secundarios no deseables. Los efectos importantes de la droga se manifiestan en cambios referentes al sistema nervioso central, la alteración de la presión sanguínea y de la respiración, aumento del apetito, dilatación de las pupilas, la bronquitis crónica y el asma que pueden resultar del consumo continuado tienen una importancia secundaria frente a los efectos sobre el sistema nervioso central. Se altera la coordinación, aunque el fumador de marihuana puede no reconocerlo y pueden verse dificultadas capacidades intelectuales complejas, en particular las que rigen la velocidad y la precisión. La personalidad básica del individuo no cambia notablemente, pero se modifican sus reacciones de comportamiento. Una de ellas es la confianza en sí mismo, con frecuencia no justificada. Durante este período inicial puede sentirse relajado y cómodo; sin embargo, si se insinúa una influencia negativa, puede tornarse preocupado, ligeramente paranoico y aprensivo. A esta situación se la conoce como “caída o decaimiento”. A medida que aumenta el estado de intoxicación, disminuyen su capacidad de enjuiciamiento y su memoria. Se irrita fácilmente y, si la dosis es elevada, puede tornarse confuso, desorientado o atemorizado. El comportamiento es impulsivo y su disposición de ánimo, variable. Al aumentar la dosis, pueden aparecer alucinaciones, agradables o desagradables. Los efectos totales de una intoxicación con marihuana duran de tres a cinco horas, después de las cuales el fumador se siente aletargado y hambriento. El médico psiquiatra Eduardo Kalina, especialista reconocido en el tema adicciones, ha expresado las consecuencias con la ingesta de marihuana: confusión mental, trastornos de la concentración y de la atención, por lo cual deviene en una marcada tendencia a los accidentes, choques automovilísticos, etcétera; pérdida creciente de la motivación para hacer actividades de cualquier índole, dificultad para pensar, regresiones a etapas infantiles del desarrollo psíquico, alteración de la capacidad de aprendizaje en los niños, adolescentes y jóvenes adultos, disminución en la producción de espermatozoides con alteraciones en su morfología y alteración de los ciclos menstruales y la ovulación, especialmente en las mujeres jóvenes y adolescentes. En niños recién nacidos de madres que fumaron marihuana se encontraron temblores y dificultades respiratorias, así como alteraciones en la capacidad de atención, que denotan un retraso madurativo en la capacidad visual, e irritación dañina para las vías respiratorias superiores, bronquitis y pulmones, debido a que contiene gran cantidad de monóxido de carbono, aceldehído, nitrosamina, fenoles, benzopireno y benzoantraceno, por lo tanto son comunes las rinitis, laringitis, faringitis y bronquitis. Al respecto, señalan que el 90% de los cánceres de pulmón ocurre en personas que fuman tabaco y un tercio de todos los cánceres, en personas fumadoras. Tabaco y marihuana se potencian, pero la marihuana es más carcinogenética que el tabaco. Los fumadores crónicos presentan una reducción en los dopajes de linfocitos T y de los fagocitos polimorfonucleares, razón por la cual se produce un déficit en la capacidad inmunitaria del individuo, trastornos cardíacos, taquicardias sinusules, angina de pecho, alteraciones electrocardiográficas en la onda P y aplanamiento o inversión de la onda T y severas alteraciones en el estado de las piezas dentarias. El mismo profesional refiere que la marihuana produce tolerancia, dependencia y síntomas por la abstinencia, que generalmente son oscurecidos por el incremento del uso abusivo de tabaco común, con diferencias cuali y cuantitativas según las características psicopatológicas de la personalidad. (Arias, J. y otros, “La familia del adicto y otros temas”, 1990, páginas 64 y 65) También es muy relevante la opinión de especialistas que abordan la temática desde el tratamiento de la prevención, como –en la provincia de Río Negro– la psiquiatra Mabel Dell’Orfano, responsable de la comunidad terapéutica Transitar de Cipolletti y de la Comunidad Asumir en Bariloche, que son centros de rehabilitación que trabajan con personas con adicciones y donde se señala con contundencia la peligrosidad de esta droga para la salud y que no es inocua. Inclusive, tras muchos años como responsable en la parte operativa de lucha contra las drogas en Bariloche –muchos procedimientos donde estaban involucrados distintos grupos etarios y sociales–, donde la marihuana era la droga más usual, conformé un equipo interdisciplinario para realizar un programa de prevención de drogas con médicos y especialistas en salud en los establecimientos educativos de los niveles Inicial y Medio, donde se remarcaba, entre otras situaciones, que la marihuana no era una droga inocua e inofensiva. Este programa fue declarado de interés comunitario por la Municipalidad de Bariloche (declaración Nº 1084- CM-05). Acerca de la despenalización En años recientes se han formado varias asociaciones para defender los derechos individuales de quienes desean fumar marihuana y han proliferado los que aseveran que hay que despenalizar el consumo de drogas, concretamente de la marihuana. Pero existen antecedentes a nivel mundial que no se pueden soslayar. Por ejemplo, la India, después de aceptar durante años el bhang como parte religiosa del país, proscribió su consumo en 1959 debido a los efectos nocivos de la droga. En África, países que antes aceptaban la marihuana han comenzado a preocuparse de sus efectos generales. En Nigeria, en su momento dispusieron penas severísimas por la venta o producción no autorizada como resultado de serios incidentes sociales donde la droga era el principal artículo de mercancía. Quizás algo más contemporáneos sean los ejemplos de Holanda y, recientemente, Uruguay. En los Países Bajos es tangible. A partir de 1976 la Fiscalía General autorizó el funcionamiento de las “cafeterías” con la condición de que se anunciaran, no causaran disturbios, no vendieran más de 30 gramos de hachís o marihuana y no vendieran drogas fuertes ni aceptaran clientes menores de 18 años. En términos jurídicos, a esta situación se la denominó “política de tolerancia”. Una enmienda de 1995 hizo un poco más estrictas esas reglas y las cafeterías ya no podían vender más de cinco gramos de droga a un solo cliente. Pero esta política no hizo más que aumentar el consumo de todo tipo de drogas, no solamente el hachís y la marihuana, sino también la heroína y la cocaína. Las cafeterías se incrementaron y los disturbios asociados a figuras delictivas de portación de armas y robos son la consecuencia nefasta de toda esta situación. Menores de edad sin control comprando cualquier droga constituían una imagen lamentable de esta sociedad. En el 2012 surgieron otras restricciones en cuanto a las cafeterías y el acceso sólo de residentes, pero en la práctica siguen sin control el cultivo y el almacenamiento. (Meyer M., “La plaga de las cafeterías del vicio en Holanda”, 1996 Ediciones Reader’s Digest, páginas 84 y 85) En nuestro país rige desde 1989 la ley 23737 sobre estupefacientes y hay quienes pregonan e invocan el artículo 19 de la Constitución nacional como paraguas protector de un atentado contra la libertad individual en cuanto al consumo de drogas, pero lo formal y lo legal en la práctica es otra realidad. Una persona que consume no sólo se destruye a sí misma –ya señalé los efectos médicos nocivos para la salud–, sino también a quienes lo rodean y realiza actos como mentir, trampear y hasta delinquir. La droga va quitándole al adicto el juicio de la realidad y se transforma en un sumiso. Daña la salud, pero también a la familia, la sociedad y la continuidad generacional. Esta adicción en algunos se torna como una relación de una esclavitud-dependencia tan denigrante para la condición humana. Por experiencias propias he visto jóvenes con enfermedades, accidentes de tránsito, hurtos, robos y hasta homicidios en los que la droga está presente, y esto afecta intereses colectivos de la sociedad sobre lo privado. Conceder legitimidad a esta moderna versión de la esclavitud es una claudicación inaceptable. Por el bien de nuestros hijos y las generaciones futuras de nuestra sociedad, que esta situación no prospere. (*) Comisario inspector de la Policía de la Provincia de Río Negro en situación de retiro. Trabajó en la Dirección de Toxicomanías y Leyes Especiales en Viedma y como jefe de la División Toxicomanías en Bariloche del 2002 al 2006. Creador del programa de prevención Bariloche sin Drogas, declarado de interés comunitario por el Municipio de esa ciudad
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