La moto

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

LA PEÑA

Las vías, los trenes, fueron por años, por décadas, sinónimos de progreso en los pueblos del mundo. El paso del tren era crecimiento. Si había vías había modo de ver el futuro de otra manera, era posible imaginar un pueblo diferente, que creciera a la par de los demás.

Las vías eran parte del pueblo, tan parte que se incorporaban como una escena importante del paisaje.

Cruz del Eje, ciudad pujante de Córdoba en algún tiempo, casi la frontera norte de la provincia, se mostró como eso, como un polo de desarrollo, donde las aceitunas y el aceite de oliva prometían mucho.

Allí transcurrió la escena real, pero que por el paso de los años podremos imaginar, en unos 25 años atrás más o menos.

Ahí vivía la protagonista de la historia, adolescente con mucho futuro, cargada de sueños y proyectos, llegada al lugar casi por fruto de la casualidad, o por seguir el destino de sus padres que se habían mudado.

La edad, o tal vez la timidez le jugaron en contra ese día. Y las vías también, las mismas que a diario transitaba cada vez que iba de un lugar a otro del pueblo o cada vez que iba a la escuela.

Lo cierto es que montada en una moderna Zanella 50 en ese entonces, ella llegó con demasiado ímpetu a cruzar las vías. Y no calculó que el intenso tránsito en esa calle, más el frecuente paso de los trenes cargados de sal y aceitunas, no sólo las habían gastado a punto de generar cierto desnivel, sino que hasta las habían pulido, tanto que pasar sin prestar mucha atención se convertía en un acto de alto riesgo para la integridad física de las personas y más para los que transitaban en moto o en bici.

Y en pleno cruce, la rueda delantera de la moto no tuvo mejor destino que deslizarse para ir a parar a varios metros de distancia, con su conductora por el piso y llena de tierra.

Rápida de reflejos, la adolescente se levantó del piso, ni siquiera atinó a ver si se había lastimado, si su moto estaba dañada. Sólo importaba saber si la habían visto caer. Claro que la habían visto, la vía divide el pueblo casi en la mitad y de los dos lados había demasiados espectadores porque se conjugaban la hora de salida de la escuela con el cierre de los comercios y el esperado regreso a casa.

Es decir, casi una multitud fue testigo de la caída. Pero ella no dio tiempo siquiera a que nadie se acercara a auxiliarla, menos aún a que le levantaran la moto.

La adolescente miró de nuevo y apareció en escena un colectivo lleno de estudiantes, de los que hacen el transporte escolar a la salida de cada turno. Y lo peor era que en ese mismo colectivo vendrían varios de sus compañeros y conocidos de la escuela.

No había más tiempo para dilatar la decisión. La escena estaba repleta de curiosos y había que alejarse. Y ella, en una firme postura de no exponerse más al ridículo, partió corriendo, tan pero tan apurada que no se llevó siquiera la moto que quedó como testigo del infortunio.

Corrió unas cuadras sin dar vuelta la cara. Sentía que detrás todos la miraban y se reían. Llegó a su casa agitada, casi sin aire y sólo atinó a decirle a su padre lo que había sucedido. No tenía más que algún raspón y la ropa llena de tierra. Pero faltaba la moto.

Andá a buscarla le dijo a su padre, porque yo no pienso volver. Y su padre fue. Ahí estaba la moto, ya de pie y con algún voluntario de guardia.

Era el primer accidente, pero tan evidente que imaginó que todo el pueblo hablaba su caída ese día. A la mañana siguiente, como si nada hubiera ocurrido, volvió a subirse a la moto y hasta se animó a cruzar la vía. No hubo más accidentes, pero sí frecuentes olvidos de la moto en cualquier lado.

Jorge Vergara

jvergara@rionegro.com.ar


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