La música invade las calles de Bariloche este verano

Muchos artistas viajan y tocan, otros solo pretenden aportar un poco de poesía a la vía pública. Hay que saber elegir puntos estratégicos.



Marcelo Arquiel, de Mar del Plata, prefiere el jazz y los clásicos. Ahora toca en la calle Mitre. Foto: Marcelo Martínez

Marcelo Arquiel, de Mar del Plata, prefiere el jazz y los clásicos. Ahora toca en la calle Mitre. Foto: Marcelo Martínez

Seducidos por la melodía, algunos se permiten detenerse a escuchar. Al menos, unos minutos. Los más extrovertidos acompañan con palmas;otros con leves movimientos del pie mientras hay quienes buscan inmortalizar el momento con alguna fotografía.

La mayoría pasa de largo. Pero basta una sonrisa o un dedo pulgar hacia arriba en gesto de aprobación para que Marcelo Arquiel continúe tocando satisfecho su saxofón.

Con la llegada del verano y los turistas, cada rincón de la calle Mitre se llena de jóvenes artistas que buscan más allá de “hacerse el día”, dejar su arte plasmado en los transeúntes.

Arquiel, un joven oriundo de Mar del Plata, lo define de esta manera: “Viajo y toco. Esa es mi misión”.

La música del saxo suena en la calle Mitre. Foto: Marcelo Martínez

Lo más al norte que tocó fue en Puerto Iguazú, Misiones. En esta ocasión, fue el turno de San Martín de los Andes, ahora Bariloche y quién sabe cuándo, toque El Bolsón. El destino se evalúa sobre la marcha.

Marcelo prefiere los temas de jazz, aunque su repertorio incluye canciones nacionales, clásicos y de vez en cuando, algunas cumbias. Para todos los gustos. “Hace 7 años que me dedico a esto. Muchas veces, la gente me pide temas y vas aprendiendo. ¿No sabés tal tema?, te dicen. Eso está bueno”, admite el joven, de 28 años, que ni aun el día de su cumpleaños deja de tocar en el ingreso de una galería en la calle Mitre.

“Esto es lo que le puedo dar a la gente. Es como un grano de arena. Es lindo cuando te agradecen o te dicen:‘Venía pensando cualquier cosa y de repente, tu música me hizo bajar´”, comenta Arquiel quien admite que ha logrado vivir de la música que ofrece en la vía pública. Incluso, le envía dinero a su hija.

Es su primera vez en Bariloche y pese a los 13 grados y la incipiente llovizna, señala que “el frío no molesta y afloja una vez que empieza a tocar el saxofón”.

Puntos estratégicos

Prefiere las peatonales y los lugares cercanos a los bancos. “Es donde está el dinero”, dice risueño. No toca más de dos o tres horas ya que más de eso, “genera cansancio y dolor de garganta”.

Iloa Ramos considera que la música le da poesía a la calle. Se la puede escuchar en Mitre. Foto: Marcelo Martínez

Tocó la guitarra durante varios años, pero nunca sintió la misma atracción que hoy siente por el acordeón. Iloa Ramos, de 29 años, tiempo atrás, empezó a estudiar acordeón, junto al “Topo” Guajardo en Bariloche.

“Vengo del circo y ahí empecé a interesarme por este instrumento. Como en casa, mi hijo no me deja tocar, se me ocurrió sacar la música a la calle para que se vea y se escuche. Le da poesía, algo lindo a la calle”, sintetiza la mujer sentada en una banqueta a muy pocos metros de la calle Palacios.

“Es lindo cuando la gente que pasa por la calle te agradece tu música”, expresa esta mujer que además, es profesora de yoga y elabora alimentos deshidratados.

Detalla que no es fácil elegir un lugar donde exhibir la música. Los artistas callejeros se turnan. “No se puede compartir una misma cuadra porque resulta medio molesto”, admite.

Un viajante particular

A unos metros, más cerca del Centro Cívico, en un cartel que sobresale del estuche de un saxo, se lee:“Si piensas que te debo algo por el disturbio que mi música te causa porque un anciano raro como yo más bien debería estar con pensión y sedado en un asilo, solo tómalo de la caja del saxo”.

Jonhatan Townsend, de Sudáfrica, se ubica en una de las esquinas más transitadas. Sobre su enorme mochila verde, apoya un parlante. “No me gusta la palabra turista. Soy un viajante. Involucra a la cabeza y el corazón”, dice, en un español algo atravesado.

Lleva un sombrero por donde asoman sus rulos canosos y una larga campera beige. En ningún momento, se saca sus anteojos.

“¿Por qué toco? Toco porque soy dependiente de la música. La música es mi droga”, sintetiza el hombre de 68 años que no se cansa de recorrer ciudades con su música.


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