La odisea de la violencia



Pese a que muchos consideran que los encasillamientos de izquierda y de derecha han llegado a su fin en el mundo, debido entre otras cosas a la transversalidad que han logrado ejercer los llamados populismos de ambos signos, es notorio que las acusaciones cruzadas entre facciones aún alcanzan temperaturas bien altas en muchas sociedades y no se dan tregua. El caso argentino parece todavía más complicado debido al descalabro mental que vive la sociedad, proceso derivado de la llamada grieta, que le ha agregado a esa tradicional disputa ideológica repudiables ingredientes clasistas que afloran al primer estímulo.


Esta paralizante cesura, que es la que impide finalmente un pensamiento común que debería operar a favor del progreso que necesita el país, tiene en la Argentina un ingrediente maléfico que es el odio, derivación al extremo de la postura de no querer dar nunca el brazo a torcer en favor del bando que cobija a cada individuo. Es detrás de ese odio donde operan las pertenencias políticas y hasta donde se esconde la superficialidad informativa de muchos medios y la hiperactividad inimputable de las redes sociales. El odio es una manifestación casi extrema de la degradación social, cuyo emergente más visible es la violencia.


Tal como si la sociedad hubiese retrocedido varias décadas, ese clasismo renaciente se ha visto exacerbado desde todos los costados. Tanto que se le ha dado rienda suelta al sentimiento de categorizar la vida entre “los de arriba y los de abajo”, desechando en el tironeo la insuperable y natural movilidad social ascendente que fue en su origen bandera de la inmigración, cuando en la Argentina se venía a “hacer la América” y se podía soñar libremente con “m’hijo el dotor”.


Ese motor, que siguió bastante vivo hasta los años 70, ha ido desapareciendo en la historia y concuerda, entre otros datos, con la creciente presencia del Estado en la vida cotidiana, algo que es aceptado como muy natural por buena parte de la sociedad. Y, si bien las estadísticas abruman sobre el deterioro objetivo de la calidad de vida a través de los años y mientras hoy millones de personas que necesitan de la asistencia social son sostenidos por los pagadores de impuestos en nombre de la solidaridad, todo ese caldo de cultivo ha generado, tal como se vio en el homicidio de un joven en Villa Gesell, un desborde de opiniones que derivó en la aparición desembozada de prejuicios, y estigmatizaciones.


El primer atisbo de clasismo se observó claramente en muchas expresiones referidas a la categoría de jugadores de rugby que se instaló peyorativamente para poner a los agresores en el papel de hijos de familias pudientes que juegan un deporte de elite. En verdad, el rugby no se practica únicamente en colegios privados o en clubes de determinadas zonas, ya que se encuentra extendido por todo el país, con mucho despliegue de formadores que se esfuerzan en barriadas pobres. Hay también quienes lo enseñan en las cárceles.


Ese deporte es, efectivamente, una práctica más que ruda, de violencia controlada por una serie de valores que, a veces, pueden inducir al desborde, ya que se les pide a los jugadores apoyarse siempre y hasta considerar la vida grupal como si fuese un scrum. Hubo también ideología de género para presentar la situación del rugby solo como una exacerbación del machismo. Y aunque algunos lo hicieron para derrochar militancia, tomar esos atajos es mucho más grave si se trata de periodistas, quienes deberían desarraigar de su proceder profesional todo tipo de preconceptos.


Como factor casi principal, tampoco debe dejarse de lado la actitud permisiva de muchos padres cuyo origen principal es la comodidad, algo que se observa claramente en el desentendimiento escolar. Desaprensión y odio, más todos los demás elementos del cóctel y un probable exceso de alcohol u otras sustancias se conjugaron para que los once del grupo gesellino le quitaran cobardemente la vida a un chico como ellos. Son asesinos, pero en la Argentina de la naturalización de la violencia apenas los catalogaron como “rugbiers”.


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