“La violencia juvenil y el síndrome del tercer salto…”

Hace muchos años me entró la curiosidad por el vuelo, y en Tandil, provincia de Buenos Aires, llevé a cabo el curso de piloto civil, para luego trabajar en fumigación aérea por un tiempo. En nuestro aeroclub también se practicaba vuelo a vela (planeador) y paracaidismo. Muchas veces me tocó remolcar un planeador o llevar a instructor y alumnos para que se lancen en paracaídas. Algo que me llamaba la atención era el tercer salto, y eso que llamaban el síndrome del tercer salto. La explicación era que el primer salto se realiza por curiosidad, el segundo para reafirmar que uno es capaz de hacerlo, pero el tercero es cuando uno se da cuenta que pueden ocurrir problemas, es donde el cerebro procesó los saltos anteriores y el temor se apodera del paracaidista, es como si dijera: “Tuve suerte en los otros dos, no pruebo más”… Una vez en el aire, de allí en más el paracaidista se relaja y toma estos saltos como algo placentero, mucha adrenalina fluyendo y cada vez tratará de lograr objetivos más complejos. ¿Qué pasa por la cabeza de un pibe que nos enfrenta con un arma y sin mediar discusión muchas veces nos dispara…? Estos chicos (y no tan chicos), evidentemente tienen un desprecio por la vida humana que les viene desde la cuna misma, porque en definitiva somos producto de lo que nos enseñaron o lo que nos hicieron sentir. Si yo le pego a un perro todos los días, le doy alimento escaso, lo tengo atado, el producto es un perro agresivo. Si hago lo mismo con un niño, ¿qué espero?, ¿que salga un buen alumno, un buen ciudadano…? ¿Quién tiene la culpa el perro, el niño o los que estaban a su alrededor y han hecho de este ser lo que es actualmente? Niños que son grandes a los 10 o 12 años, porque la vida les fue tan cruel que de movida saben que no le importan a nadie, y por lo tanto a ellos tampoco les importamos los demás. Es un gran efecto espejo el que usan y tiene toda una lógica que lamentablemente se lleva puesta la vida del otro y la suya propia. Ellos pasaron por el síndrome del tercer salto. Porque la primera vez cometieron un hecho por curiosidad, la segunda para reafirmar lo que sintieron en el primero y la tercera vez tal vez les tiemble la mano, pero si pasan esa prueba se reciben de niños asesinos y ya no le tienen miedo a nada. Como sociedad, en vez de reaccionar tarde ante hechos lamentables que se llevan la vida de los nuestros, podríamos tratar de evitar que el niño salte al vacío, podríamos tenderle una mano cuando los vemos perdidos, podríamos hacer algo que los haga sentir que no es necesario arrojarse y que nos importan un poco, que nos importan un poco… Porque en definitiva de eso se trata, de hacerlos entender que no son invisibles. Y no le echemos solo la culpa al Estado, que gran responsabilidad tiene en estos temas; pensemos en qué hacemos nosotros por esos pibes de la calle, o por nuestros propios hijos, porque tampoco hace falta ser un marginado social. Muchos pibes que todo lo han tenido, menos afecto y amor, esos pibes también son carne de cañón para quienes usufructúan de ellos con drogas más costosas que el paco y el alcohol y los hacen más violentos hasta que llegan a cometer los primeros tres ilícitos… Debemos involucrarnos e impedir cada vez que podamos que un niño o un joven se arroje a ese vacío, porque una vez que se produzca el tercer salto ya no le tendrá miedo ni respeto a la vida del otro, y es mucho más difícil encauzarlos. Digámosle: “Pibe, vos me importás, aunque no te conozca y podés contar conmigo…”. Tal vez podamos ayudarlo y ayudarnos a nosotros mismos como sociedad. Jorge L. Fernández Avello DNI 12.862.056 Bariloche

Jorge L. Fernández Avello DNI 12.862.056 Bariloche


Hace muchos años me entró la curiosidad por el vuelo, y en Tandil, provincia de Buenos Aires, llevé a cabo el curso de piloto civil, para luego trabajar en fumigación aérea por un tiempo. En nuestro aeroclub también se practicaba vuelo a vela (planeador) y paracaidismo. Muchas veces me tocó remolcar un planeador o llevar a instructor y alumnos para que se lancen en paracaídas. Algo que me llamaba la atención era el tercer salto, y eso que llamaban el síndrome del tercer salto. La explicación era que el primer salto se realiza por curiosidad, el segundo para reafirmar que uno es capaz de hacerlo, pero el tercero es cuando uno se da cuenta que pueden ocurrir problemas, es donde el cerebro procesó los saltos anteriores y el temor se apodera del paracaidista, es como si dijera: “Tuve suerte en los otros dos, no pruebo más”... Una vez en el aire, de allí en más el paracaidista se relaja y toma estos saltos como algo placentero, mucha adrenalina fluyendo y cada vez tratará de lograr objetivos más complejos. ¿Qué pasa por la cabeza de un pibe que nos enfrenta con un arma y sin mediar discusión muchas veces nos dispara...? Estos chicos (y no tan chicos), evidentemente tienen un desprecio por la vida humana que les viene desde la cuna misma, porque en definitiva somos producto de lo que nos enseñaron o lo que nos hicieron sentir. Si yo le pego a un perro todos los días, le doy alimento escaso, lo tengo atado, el producto es un perro agresivo. Si hago lo mismo con un niño, ¿qué espero?, ¿que salga un buen alumno, un buen ciudadano...? ¿Quién tiene la culpa el perro, el niño o los que estaban a su alrededor y han hecho de este ser lo que es actualmente? Niños que son grandes a los 10 o 12 años, porque la vida les fue tan cruel que de movida saben que no le importan a nadie, y por lo tanto a ellos tampoco les importamos los demás. Es un gran efecto espejo el que usan y tiene toda una lógica que lamentablemente se lleva puesta la vida del otro y la suya propia. Ellos pasaron por el síndrome del tercer salto. Porque la primera vez cometieron un hecho por curiosidad, la segunda para reafirmar lo que sintieron en el primero y la tercera vez tal vez les tiemble la mano, pero si pasan esa prueba se reciben de niños asesinos y ya no le tienen miedo a nada. Como sociedad, en vez de reaccionar tarde ante hechos lamentables que se llevan la vida de los nuestros, podríamos tratar de evitar que el niño salte al vacío, podríamos tenderle una mano cuando los vemos perdidos, podríamos hacer algo que los haga sentir que no es necesario arrojarse y que nos importan un poco, que nos importan un poco... Porque en definitiva de eso se trata, de hacerlos entender que no son invisibles. Y no le echemos solo la culpa al Estado, que gran responsabilidad tiene en estos temas; pensemos en qué hacemos nosotros por esos pibes de la calle, o por nuestros propios hijos, porque tampoco hace falta ser un marginado social. Muchos pibes que todo lo han tenido, menos afecto y amor, esos pibes también son carne de cañón para quienes usufructúan de ellos con drogas más costosas que el paco y el alcohol y los hacen más violentos hasta que llegan a cometer los primeros tres ilícitos... Debemos involucrarnos e impedir cada vez que podamos que un niño o un joven se arroje a ese vacío, porque una vez que se produzca el tercer salto ya no le tendrá miedo ni respeto a la vida del otro, y es mucho más difícil encauzarlos. Digámosle: “Pibe, vos me importás, aunque no te conozca y podés contar conmigo...”. Tal vez podamos ayudarlo y ayudarnos a nosotros mismos como sociedad. Jorge L. Fernández Avello DNI 12.862.056 Bariloche

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