La voz que marcó a generaciones
Tardes de sábado enteras junto a un amigo, una novia, o en soledad esperando la noche todavía en pañales. Así nos encontró a muchos jóvenes el reverdecer de la democracia como testigos de aquella propuesta televisiva inconfundible, Badía y Compañía. Título perfecto para un programa “de autor”, Juan Alberto ensamblaba promesas del mundo de la cultura, personajes del espectáculo y músicos consagrados o en camino a ello. En el staff se recuerdan los rostros lozanos de Jorge Telerman, Mario Mactas, Luisa Valmaggia (que oficiaban de periodistas políticos), escritores como Jorge Dorio o Alan Pauls, la locutora Cecilia Laratro, y su máxima creación: Marcelo Tinelli (a quien Badía había proyectado desde “Piedra Libre” en la FM de Radio Rivadavia). Incontables los roqueros o cantantes melódicos que se volvieron clásicos a partir de B&C: Virus, ZAZ, Ignacio Copani, y tantos etcéteras; mientras desde el estrellato Charly García, Nito Mestre, El Flaco Spinetta o León Gieco, Alejandro Lerner, Chico Novarro, entre otros, encendían chispas hasta el final que llegaba orillando las 21. En medio de esas nueve horas recorrían el escenario desde un fugaz Mc.Phantom hasta ese extraño personaje de anteojos y dientes postizos: El profesor Lambetain. Fue un clásico Badía y Compañía, en tiempos en que la reflexión podía confluir con el entretenimiento en una armado artístico sin hacer mella (por el contrario) en el rating. Para los entonces adolescentes, Badía había sido parte de la infancia a partir de un boom radial de mediados de los 70. El programa en cuestión era Imaginate (Flecha Juventud), que iba por Del Plata entre las 22 y las cinco de la mañana. Eran noches en vela, cuando desde la “cortina” Vivencia pregonaba la compañía excluyente de los libros y la radio para hacer frente a los extraños. En esos años, Juan Alberto hacía un dueto memorable con Graciela Mancuso, exponente de aquellas locutoras que con sus voces convocaban a la fantasía. Entonces nació otro amor del homenajeado en esta nota: Los Beatles. Cuando se conoció el asesinato de John Lennon, la gente se empezó a congregar junto a la puerta de radio Mitre donde entonces trabajaba Badía. Es que para muchos, era el interlocutor para conocer a los genios de Liverpool como si fueran muchachos de La Paternal. Tal fue la atracción de Badía por el micrófono, que cuando parecía quedar sin pantalla en los 90 ideó un espacio que hizo escuela: “Imagen de Radio”, que se realizaba en un estudio radiofónico. JAB tuvo múltiples actividades (dirigió Radio Municipal, recorrió la república con Estudio País, creó emisoras en el interior), pero los mencionados fueron hitos que marcaron generaciones. Badía se asumió antes que nada como un “hombre de radio”, medio al que definió como “magia pura inagotable” o “juego sonoro”. “No hay radio sin forma, pero si es carente de contenido a la larga no sirve”, resumió Juan Alberto en el libro Cinta Testigo de Sergio Marchi, en el cual Badía recordó sus primeras influencias: “Edgardo Suárez por la manera de imaginar situaciones sin libreto, Hugo Guerrero Marthineitz por el timming, Miguel Ángel Merellano por el oído para presentar un tema, Cacho Fontana por la profesionalidad en la producción”. Quien esto escribe recuerda a Badía saliendo sonriente de la cancha de River. La banda roja fue otra de las pasiones que lo unía a un ídolo de la música que hace muy poco también nos dejó y de quien era amigo, Luis Alberto Spinetta, autor de “El Capitán Beto”, un tema que los vincula en una asociación para nada caprichosa: el de los hombres que dejaron su impronta por el espacio.
opinión
Claudio Rabinovitch