La vuelta del Estado
por ALEARDO F. LARIA
Especial para «Río Negro»
En las modernas democracias europeas existe un elevado consenso acerca del rol del Estado. Hay dos funciones básicas que nadie discute. En primer lugar, la responsabilidad que le cabe como regulador del mercado. En segundo lugar, como suministrador de importantes bienes públicos, como la educación y la salud.
La función reguladora del Estado se asimila al rol que juegan las leyes del tránsito. Es necesario que los vehículos circulen en una dirección previamente acordada, respetando los límites de velocidad y ajustándose a las indicaciones de los semáforos. De lo contrario reinaría el caos. Del mismo modo, el mercado requiere regulaciones que garanticen el tránsito fluido de los bienes y servicios y eviten situaciones de monopolio o fijación arbitraria de precios.
En lo que se refiere a la provisión de bienes públicos, no hay duda de que dependen del Estado la prestación del servicio público de la justicia, de la seguridad interior y exterior, de la educación, la seguridad social, la salud pública y la conservación de las infraestructuras. Cuando hay necesidades sociales insatisfechas, se reconoce que el Estado debe también asumir el pago de transferencias a los sectores desempleados y facilitar el acceso a las viviendas sociales.
En donde existe menos consenso es en la prestación por el estado de algunos servicios que pueden ser suministrados por empresas privadas. En general, en todos los países europeos se abordaron planes de privatización de antiguas empresas públicas, alentados por la Comisión Europea. Dado que la consolidación de un mercado libre es un objetivo de la Unión Europea, resultaba contrario a esos objetivos la permanencia de empresas públicas que detentaban el monopolio en la prestación de servicios telefónicos, o de abastecimiento de agua, gas o electricidad.
En Argentina, el retorno a manos del Estado de empresas suministradoras de servicios como el Correo o Aguas, han llevado a algunos a afirmar que estamos en presencia de «la vuelta del Estado». Después de los años de ausencia del Estado como consecuencia de la aplicación de las políticas neoliberales del Consenso de Washington, pareciera que se fuera introduciendo un retorno embozado, no explícito, a las funciones abandonadas.
No parece razonable que en un tema de esta trascendencia se sigan políticas por simple impulso o necesidades de corto plazo. Hace falta abrir un debate amplio y participativo que permita alcanzar un consenso sobre las funciones que se atribuyen definitivamente al estado. Esta necesidad entronca con la ausencia más notoria de la política argentina: la falta de un proyecto estratégico de largo plazo.
Lo que parece evidente es que en el contexto actual, en donde no se ha encarado la reforma administrativa e institucional tantas veces prometida, la asunción por el estado de nuevos roles es el pasaporte más seguro para un sonado fracaso. Sin una reforma y modernización del Estado, profesionalizando los cuadros de la administración y acabando con la lacra del clientelismo político es difícil pensar que pueda tener éxito cualquier gestión de una empresa pública.
Los países inmaduros se comportan en ocasiones como los jóvenes adolescentes inseguros, que emigran de un proyecto a otro, cambiando de parecer por motivos nimios. Pero lo que en un adolescente es un comportamiento comprensible y disculpable, propio de un momento de transición, no es aceptable para un Estado que debe estabilizar sus políticas de largo plazo.
Los vaivenes en las políticas públicas tiene un calificativo en política: se denomina «pendularismo». Es una vieja enfermedad de la política argentina, vinculada en muchas ocasiones a la tradicional inestabilidad institucional. La única manera de superar esa vieja práctica es alcanzando grandes consensos entre las fuerzas políticas y el conjunto de la sociedad civil. Unos grandes acuerdos que nuestros vecinos chilenos y brasileños han sabido tejer y que dotan a esos países de unas ventajas de calidad institucional que los alejan cada vez más de nuestro presente, todavía marcado por pautas adolescentes.