Lágrimas

Diré que fue un momento porque no fue más que eso, aunque la noche a la que me refiero estuvo poblada de otras cosas no menos destacables. Pero ese momento en particular sirvió para explicarlo todo. Para decirlo todo. No somos dueños de nuestras lágrimas. Vienen por motivos que ignoramos desde geografías que no sabemos. Es lo que ocurrió el domingo pasado en Roca. La imagen del coro de chicos de la Escuela Especial 12 comenzó a formarse como un rompecabezas en tres dimensiones sobre el escenario. Poco a poco esos corazones ocuparon su lugar. Primero los más ágiles que, despreocupados del público que llenaba la sala, conversaban en lenguaje de señas. Luego el tiempo se hizo elástico. Las maestras cargaron en brazos a las dos últimas integrantes del grupo imposibilitadas de caminar. Las ubicaron lentamente en unas sillas comunes. Las chicas sonreían dulces. Se les notaba felices. No sucede muy a menudo, pero no hay palabras o conjunto de frases que puedan describir la tensión en el ambiente. La certeza de que una delicada tela estaba a punto de desgarrarse. Opté por no luchar contra mis prejuicios. Lloré. Lloré hasta que debí perder mis anteojos en algún bolsillo interno. Lloré su alegría y su fragilidad. Su carencia. Lloré su valor. Lloré la hermosa noticia de que un adulto todavía es capaz de llorar. En la butaca delante de la mía alguien lloraba también. Después comenzaron a cantar, junto a Ricardo La Sala y El Faso, “El día que me quieras”. Sus manos moviéndose en silencio en el aire, dibujando palabras, construyendo fantasías de amor. Resultó tan intenso, tan esencial, tan cautivador. Ha sido uno de los recitales más emocionantes que haya visto en mi vida. Dos millones de rockers no podrían atrapar el alma de su audiencia de la forma en que estos chicos los hicieron cantando un tango sin cantarlo. Interpretándolo. El del domingo en Casa de la Cultura había sido un encuentro pensado para generar solidaridad y conciencia, pero logró mucho más que eso. A veces es más importante reforzar las propias convicciones, que demostrarle al resto del mundo lo que uno vale. El Coro de la Especial 12 hizo que nos abriéramos a un paisaje que por lo general tenemos vedado: la sinceridad. Nos permitimos acariciar el lado profundo de la existencia con lo doloroso y perturbador que puede resultar el hecho. Cometemos la tonta osadía de creernos casi perfectos, inmutables, eternos, a prueba de balas. Es la soberbia que nos lleva a dividir el mundo en exitosos y fracasados, bellos y feos, torpes e inteligentes. A esa misma hora, del otro lado del mundo, un atleta rompía un récord en Atenas. Y en una populosa ciudad de Estados Unidos un pibe se lanzaba al estrellato desde una escalera. Lo imperfecto es una garantía del corazón. Su refugio y su pretexto. Cuando la ultima frase de “El día que me quieras” fue dicha sin decir, el público se puso de pie. Había sido una hermosa ejecución de músicos y alumnos. No saltaron los aplausos como cuando se vitorea a quien ha conseguido una meta. Los aplausos llegaron de a poco, con cierta timidez, al final sólo había amor en esa sala. Solamente amor. Sé que la gente de “El Faso” lloró también en el camerino. Y los maestros. Han pasado algunas horas del concierto del que también participó el grupo “Signos” y al que asistieron con saludable consecuencia los profesores de la Escuela Especial 1 (era una linda ocasión para que algún político de carrera anotara un punto en su marcador personal), sin embargo, la sensación de insólita paz, de un mínimo pero sustancial cambio no se ha diluido. Podemos ser más que pasajeros de la vida. Algo más que testigos de las olimpíadas o lectores diarios. Podemos ser portadores de sentimientos, compromisos y sueños. Podemos estar orgullosos de ello.

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar


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