Las diferencias culturales importan
En otros tiempos, los preocupados por las tendencias demográficas de su propio país, en especial los franceses, advertían a sus compatriotas que, a menos que se reprodujeran con mayor entusiasmo, dentro de poco habría menos soldados, lo que, como en efecto sucedería en el caso de Francia, tendría consecuencias fatídicas. En los actuales, sus equivalentes hablan del impacto económico desafortunado que ya está provocando la esterilidad voluntaria de los europeos, japoneses y otros. Dicen que, para atenuarlo, los países más ricos tendrían que incorporar decenas, acaso centenares, de millones de inmigrantes procedentes de regiones pobres. Si sólo fuera una cuestión de números, tal solución no plantearía demasiados problemas, pero las cosas distan de ser tan sencillas. Lo que hace distintas las sociedades prósperas de las demás no es la cantidad de habitantes sino la cultura. Alemania es lo que es no porque tiene una población de 80 millones sino porque en su mayoría son alemanes, personas que se han formado en una cultura que, por las razones que fueran, privilegia el esfuerzo, el afán de superarse y el trabajo meticuloso. En cambio, otros países son pobres porque las prioridades del grueso de sus habitantes son distintas de las que tanto han incidido en la evolución social y económica de Europa, América del Norte y el Este de Asia. No se trata de un detalle menor. Sin embargo, aunque todos coinciden en que la educación es clave para el desarrollo económico, a pocos les gusta señalar que algunas culturas nacionales o regionales son mejores en tal sentido que otras. El tema no es tabú, pero hay que manejarlo con delicadeza puesto que el multiculturalismo que se puso de moda a fines del siglo pasado se basa en la noción de que todas las culturas son igualmente valiosas y que por lo tanto sólo a un imperialista, racista o ultraderechista se le ocurriría llamar la atención a las diferencias. Puede que en última instancia, desde el punto de vista de un filósofo más interesado en la eternidad que en los pequeños pormenores cotidianos, sea injusto suponer que las tradiciones de una tribu amazónica en vías de extinción son intrínsecamente inferiores a las europeas, chinas o japonesas, pero es evidente que algunas permiten a sociedades determinadas funcionar decididamente mejor que otras en el mundo tal y como es. De incorporar países como Alemania y Suecia a decenas de millones de africanos, árabes, afganos y paquistaníes, como se han propuesto muchos políticos europeos y, con más fervor aún, funcionarios de Naciones Unidas, el resultado no sería una versión agrandada de los países que conocemos, sino sociedades nuevas que tendrían cada vez más en común con las del Oriente Medio y África. Los inmigrantes llevan consigo su propia cultura del trabajo y sus propias costumbres que, a juzgar por lo que está sucediendo en sus lugares de origen, ocasionarían una multitud de conflictos. Transformarlos en alemanes o suecos requeriría un esfuerzo gigantesco que nadie quisiera emprender. No sólo los líderes de los países musulmanes sino también muchos europeos se oponen a lo que toman por una campaña neocolonialista, cuando no por una de genocidio cultural. Así, pues, nos vemos frente a una situación paradójica. Por un lado, hay un consenso internacional de que, por motivos económicos, sociales y políticos, es necesario privilegiar la educación; por el otro, parecería que, en Europa por lo menos, quienes llevan la voz cantante están convencidos de que, en el fondo, las diferencias culturales importan muy poco. En todos los países avanzados la generación actual invierte muchísimo dinero y tiempo en preparar a los jóvenes para el mundo que les espera, lo que, además de enseñarles lo que presuntamente necesitarían para encontrar finalmente una “salida laboral” satisfactoria, supone tratar de inculcarles los valores que son considerados esenciales para que sean buenos ciudadanos, pero los gobernantes de dichos países dan por descontado que los productos de sociedades radicalmente distintas aprenderán todo en un lapso sumamente breve, adaptándose con facilidad a circunstancias que les son ajenas. No lo harán. Ya se sabe que, luego de alcanzar cierta densidad demográfica, los inmigrantes suelen formar sus propias comunidades en que se aferran, como hicieron los europeos en otros tiempos, a lo suyo, resistiéndose a dejarse influir por sus vecinos. Pueden actuar así porque las presiones en contra son débiles. La confianza extrema en la superioridad de sus propias modalidades que, en el pasado no muy lejano, era tan típica de los europeos, se ha visto reemplazada por un grado realmente asombroso de humildad que, a su manera, también refleja arrogancia. Es como si dijeran “mírennos, sabemos que hemos cometido un sinfín de pecados terribles, pero el que estemos dispuestos a pedirles perdón por lo mucho que hemos hecho es evidencia de nuestra superioridad moral”. Con todo, si bien la autocrítica colectiva recomendada por las elites poscoloniales en su lucha contra lo que queda del viejo orden puede tener el efecto deseado en un contexto europeo, donde ha ayudado a muchos contestatarios a convertirse en referentes morales en otras partes sólo motiva desprecio, de ahí la llegada atropellada de centenares de miles de personas que no tienen la más mínima intención de respetar a los autóctonos. Por el contrario, al exigirles que abran las fronteras para que entren indocumentados ya están pisoteando las leyes de los países en que esperan afincarse. ¿Se tranquilizarán una vez admitidos? No existe motivo alguno para creerlo. A diferencia de lo que sucedió aquí cuando la Argentina era una tierra de promisión muy atractiva, la mayoría de quienes quieren compartir la riqueza de Europa no se propone asimilarse, adaptándose a la cultura local sin olvidar por completo las tradiciones ancestrales con tal que resulten compatibles con la forma de vida de su nuevo país. Gracias a las comunicaciones electrónicas, a la presencia de enclaves nutridos dominados por sus correligionarios y al temor o indiferencia de los gobiernos, no tendrán que abandonar las viejas lealtades étnicas o sectarias que tantos estragos ocasionaban en los lugares en que nacieron y se formaron. Con la excepción de una minoría reducida, se mantendrán aparte. Angela Merkel dice que la llegada de los refugiados –de un millón, para comenzar– “cambiará a Alemania”. Tiene razón, pero los cambios no necesariamente serán los que “mamá Merkel” quisiera ver.
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
En otros tiempos, los preocupados por las tendencias demográficas de su propio país, en especial los franceses, advertían a sus compatriotas que, a menos que se reprodujeran con mayor entusiasmo, dentro de poco habría menos soldados, lo que, como en efecto sucedería en el caso de Francia, tendría consecuencias fatídicas. En los actuales, sus equivalentes hablan del impacto económico desafortunado que ya está provocando la esterilidad voluntaria de los europeos, japoneses y otros. Dicen que, para atenuarlo, los países más ricos tendrían que incorporar decenas, acaso centenares, de millones de inmigrantes procedentes de regiones pobres. Si sólo fuera una cuestión de números, tal solución no plantearía demasiados problemas, pero las cosas distan de ser tan sencillas. Lo que hace distintas las sociedades prósperas de las demás no es la cantidad de habitantes sino la cultura. Alemania es lo que es no porque tiene una población de 80 millones sino porque en su mayoría son alemanes, personas que se han formado en una cultura que, por las razones que fueran, privilegia el esfuerzo, el afán de superarse y el trabajo meticuloso. En cambio, otros países son pobres porque las prioridades del grueso de sus habitantes son distintas de las que tanto han incidido en la evolución social y económica de Europa, América del Norte y el Este de Asia. No se trata de un detalle menor. Sin embargo, aunque todos coinciden en que la educación es clave para el desarrollo económico, a pocos les gusta señalar que algunas culturas nacionales o regionales son mejores en tal sentido que otras. El tema no es tabú, pero hay que manejarlo con delicadeza puesto que el multiculturalismo que se puso de moda a fines del siglo pasado se basa en la noción de que todas las culturas son igualmente valiosas y que por lo tanto sólo a un imperialista, racista o ultraderechista se le ocurriría llamar la atención a las diferencias. Puede que en última instancia, desde el punto de vista de un filósofo más interesado en la eternidad que en los pequeños pormenores cotidianos, sea injusto suponer que las tradiciones de una tribu amazónica en vías de extinción son intrínsecamente inferiores a las europeas, chinas o japonesas, pero es evidente que algunas permiten a sociedades determinadas funcionar decididamente mejor que otras en el mundo tal y como es. De incorporar países como Alemania y Suecia a decenas de millones de africanos, árabes, afganos y paquistaníes, como se han propuesto muchos políticos europeos y, con más fervor aún, funcionarios de Naciones Unidas, el resultado no sería una versión agrandada de los países que conocemos, sino sociedades nuevas que tendrían cada vez más en común con las del Oriente Medio y África. Los inmigrantes llevan consigo su propia cultura del trabajo y sus propias costumbres que, a juzgar por lo que está sucediendo en sus lugares de origen, ocasionarían una multitud de conflictos. Transformarlos en alemanes o suecos requeriría un esfuerzo gigantesco que nadie quisiera emprender. No sólo los líderes de los países musulmanes sino también muchos europeos se oponen a lo que toman por una campaña neocolonialista, cuando no por una de genocidio cultural. Así, pues, nos vemos frente a una situación paradójica. Por un lado, hay un consenso internacional de que, por motivos económicos, sociales y políticos, es necesario privilegiar la educación; por el otro, parecería que, en Europa por lo menos, quienes llevan la voz cantante están convencidos de que, en el fondo, las diferencias culturales importan muy poco. En todos los países avanzados la generación actual invierte muchísimo dinero y tiempo en preparar a los jóvenes para el mundo que les espera, lo que, además de enseñarles lo que presuntamente necesitarían para encontrar finalmente una “salida laboral” satisfactoria, supone tratar de inculcarles los valores que son considerados esenciales para que sean buenos ciudadanos, pero los gobernantes de dichos países dan por descontado que los productos de sociedades radicalmente distintas aprenderán todo en un lapso sumamente breve, adaptándose con facilidad a circunstancias que les son ajenas. No lo harán. Ya se sabe que, luego de alcanzar cierta densidad demográfica, los inmigrantes suelen formar sus propias comunidades en que se aferran, como hicieron los europeos en otros tiempos, a lo suyo, resistiéndose a dejarse influir por sus vecinos. Pueden actuar así porque las presiones en contra son débiles. La confianza extrema en la superioridad de sus propias modalidades que, en el pasado no muy lejano, era tan típica de los europeos, se ha visto reemplazada por un grado realmente asombroso de humildad que, a su manera, también refleja arrogancia. Es como si dijeran “mírennos, sabemos que hemos cometido un sinfín de pecados terribles, pero el que estemos dispuestos a pedirles perdón por lo mucho que hemos hecho es evidencia de nuestra superioridad moral”. Con todo, si bien la autocrítica colectiva recomendada por las elites poscoloniales en su lucha contra lo que queda del viejo orden puede tener el efecto deseado en un contexto europeo, donde ha ayudado a muchos contestatarios a convertirse en referentes morales en otras partes sólo motiva desprecio, de ahí la llegada atropellada de centenares de miles de personas que no tienen la más mínima intención de respetar a los autóctonos. Por el contrario, al exigirles que abran las fronteras para que entren indocumentados ya están pisoteando las leyes de los países en que esperan afincarse. ¿Se tranquilizarán una vez admitidos? No existe motivo alguno para creerlo. A diferencia de lo que sucedió aquí cuando la Argentina era una tierra de promisión muy atractiva, la mayoría de quienes quieren compartir la riqueza de Europa no se propone asimilarse, adaptándose a la cultura local sin olvidar por completo las tradiciones ancestrales con tal que resulten compatibles con la forma de vida de su nuevo país. Gracias a las comunicaciones electrónicas, a la presencia de enclaves nutridos dominados por sus correligionarios y al temor o indiferencia de los gobiernos, no tendrán que abandonar las viejas lealtades étnicas o sectarias que tantos estragos ocasionaban en los lugares en que nacieron y se formaron. Con la excepción de una minoría reducida, se mantendrán aparte. Angela Merkel dice que la llegada de los refugiados –de un millón, para comenzar– “cambiará a Alemania”. Tiene razón, pero los cambios no necesariamente serán los que “mamá Merkel” quisiera ver.
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