Las patas en las piedras

La ira de Hebe de Bonafini, y un salteador nocturno de apellido Boudou. Unos cuantos militantes del resentimiento se convocaron a pisotear las piedras que habían dejado como homenaje a las víctimas del coronavirus.





Entre las narraciones míticas del 17 de octubre de 1945 resuena todavía la de Raúl Scalabrini Ortiz: “El sol caía a plomo sobre la Plaza de Mayo, cuando inesperadamente enormes columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente desde sus fábricas y talleres”.

Scalabrini describe el desfile inesperado: rostros atezados, greñas al aire, vestiduras cubiertas de pringues y de restos de brea. El subsuelo de la patria sublevado. Briznas de multitud. La historia acariciando como la brisa del río. “Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años, estaba allí, presente, corpóreo, tenso, multifacetado, pero único en el espíritu conjunto. Eran los hombres que están solos y esperan que iniciaban sus tareas de reivindicación”.

Tiempo después, Leónidas Lamborghini le añadió a esa poética una imagen clásica: la de los obreros descalzos aliviando las patas en las fuentes. Una irreverencia de los desposeídos en el centro del poder; menos tributaria del resentimiento que de la esperanza. Agotado el esfuerzo del alumbramiento, el puerperio de una patria renovada.

El recuerdo de aquel día se subdividió este año en tres jornadas. Cristina Kirchner se anticipó el sábado 16 en la Escuela de Mecánica de la Armada. La CGT convocó a los sindicatos para el lunes 18. Para el domingo 17, en el centro del triduo pascual, organizaciones kirchneristas presionaron días antes para que concurra el Presidente a la Plaza de Mayo.

Alberto Fernández no estaba muy convencido. Aceptó como admite todo: el bigote refunfuñando, la cabeza gacha, el paso redoblado hacia la obediencia. No todo resultó disgusto: de su sumisión alumbró un hallazgo. Porque en el día de la lealtad peronista encontró al menos un compañero suyo que le fue leal. Su nombre aún es desconocido. Pero seguramente existe: fue quien le advirtió que volaba en helicóptero directo hacia una emboscada.

Frente a la Casa Rosada lo esperaba una concentración escuálida; la ira de Hebe de Bonafini, y un salteador nocturno de apellido Boudou. Fantasma conocido como el gran yerro anterior del dedo mayestático de Cristina. El helicóptero giró sobre el eje. A los pocos minutos reposó sus patas de langosta indiferente a un lado de las ociosas fuentes de Olivos.

Pero en la Plaza de Mayo quedaba todavía algo peor. Ante la indiferencia cómplice de los presentes, unos cuantos militantes del resentimiento se convocaron a pisotear las piedras que habían dejado como homenaje algunos familiares de los más de 115 mil muertos de la pandemia. Arrancaron con furia las fotos de las víctimas. Arrastrando hacia la evidencia del ocaso aquella parábola puerperal del primer 17 de octubre: ahora, la patria es el odio.

Síntoma político

Hay en ese retorcijo un signo de los tiempos: la desesperación de las patas en las piedras es el síntoma de una desorientación mayor. ¿El agravio a los muertos del coronavirus es sólo la convulsión violenta por una derrota? ¿Transparenta el presentimiento de algo peor?

En su discurso en la Esma, Cristina Kirchner esbozó algunas ideas que de algún modo contienen y preanuncian esas ansiedades. Invocó a Perón para renegar de un acuerdo con el FMI, contra las expresiones de su propio Gobierno que viajó a buscar un acuerdo con el FMI.

Pero además dijo que los derechos de las minorías son otorgados por las mayorías. No por bondad, aclaró, sino porque está en la naturaleza de las mayorías la comprensión de esas aspiraciones.

Es decir: las mayorías son mayorías no porque se conformen a través del voto, sino porque entienden de manera sustantiva –por algún recurso de iluminación inmanente, que Cristina no explica– las aspiraciones de todos.
En verdad, si algo demostró el 17 de octubre del 1945 es que los derechos se conquistan. Y que las minorías políticas pueden crecer a mayorías cuando el poder establecido se oligarquiza y se concibe a sí mismo como mayoría inmutable y permanente, concedente de derechos por simple razón de naturaleza.

¿Qué temores sobrevienen en quienes ven esa condición de mayoría por derecho natural amenazada por la sublevación del voto?

¿Qué venganza simbólica, contra los cambios y el tiempo, nos ponen en evidencia las patas en las piedras?
¿Y qué nos dice sobre el futuro colectivo el naufragio de esa otra insidia primitiva, que intenta borrar de la memoria a la joven Solange Musse con el recurso fútil, ritual y cavernario de destrozar la copia de la copia de su fotografía?


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