Las prácticas políticas y el fanatismo en la confrontación

Por Redacción

gastón contardi (*)

La vocación política, entendida como búsqueda del bien común, incluye como necesidad imprescindible la construcción de poder legal y legítimo que permita la concreción de su objetivo. Sin embargo, las democracias occidentales contemporáneas –o por lo menos sus principales actores: dirigentes, partidos políticos, grupos de interés– han hecho de aquella necesidad adherida y secundaria el motivo principal de sus decisiones y estrategias. Invertida la carga, el anhelo transformador corre el riesgo de naufragar en enfrentamientos cuyo exclusivo “fundamento” se nutre de fanatismos incondicionales y posiciones en apariencia irreconciliables. En la práctica política, la mencionada tergiversación de prioridades se traduce en choques frontales de posiciones poco dispuestas a aprehender la diversidad y detiene la búsqueda de soluciones en binomios preconcebidos: Estado vs. mercado, asistencialismo vs. darwinismo social, Provincia vs. municipios, proteccionismo vs. comercio exterior, nacionalismo vs. globalización, etcétera. Estas categorías, de por sí insuficientes para albergar la creciente complejidad de las sociedades contemporáneas, son concebidas por los actores políticos y sociales como banderas irrenunciables, innegociables y en todo caso incompatibles, priorizando nuevamente los intereses sectoriales por sobre la búsqueda del bien común. La ciudad de Neuquén no es la excepción. Lo dicho se observa en la falta de un contrato de concesión entre EPAS y el Municipio, la necesidad de convocar a una institución externa como “jueza” del problema del transporte público de pasajeros y el naufragio de comisiones interestamentales (Provincia-Nación-Municipio) para trabajar en temas como seguridad, medioambiente y regionalización, entre otros. Todos ellos constituyen claras muestras de una lógica de competencia política que desvía la atención de quienes pretendemos gobernar la ciudad, funda la crítica en quien habla y no en sus contenidos y disminuye sustancialmente las condiciones de posibilidad para encontrar soluciones reales a problemas concretos. Creo firmemente que debemos dar un paso más hacia la calidad de la competencia electoral y transitar hacia nuevas formas de resolución de conflictos e intereses contrapuestos. Partidos políticos, estamentos públicos, dirigentes y ciudadanos en general tenemos la obligación de abordar las diferencias desde una actitud que supere sectarismos, admita la razón como una construcción colectiva y ceda ante las mejores propuestas, que no siempre serán las propias. Es la ética de la responsabilidad la que nos conducirá a recuperar aquel primitivo y noble sentido de la política como búsqueda del bien común y nos definirá como dirigentes en el lugar que nos asignen las mayorías. (*) Concejal de Neuquén por la UCR