A 50 años del gope militar: diez libros infantiles para seguir pensando
Diez títulos infantiles y juveniles —clásicos y recientes— que abordan la dictadura argentina: censura, desaparición y memoria contadas desde la metáfora, la fábula y el realismo.
Contar la dictadura a los más chicos exige encontrar formas que respeten la complejidad del pasado. La literatura infantil y juvenil argentina ha explorado ese desafío desde registros diversos: la metáfora, la fábula, el cuento, el realismo y la reconstrucción directa. A continuación, un recorrido por títulos recientes, pero también por clásicos que incluso estuvieron prohibidos en aquellos años oscuros.
1.- Fofoletes, de María Gabriela Belziti (Ediciones del Naranjo, 2014): Una niña narra la mudanza a una casa nueva y descubre que sus padres queman libros. En una de las páginas aparece en la televisión la imagen de Videla leyendo el comunicado número 1, y la escena alcanza para introducir la censura y el miedo sin explicitarlo todo.
2.- Camino a casa, de Jairo Buitrago / Rafael Yockteng (FCE): Relato poético e ilustrado en el que una niña regresa sola a su hogar acompañada por un león imaginario. La composición familiar se revela al final mediante un portarretrato: la ausencia de uno de los padres transforma la fábula en una historia sobre desaparecidos.
3.- Rompecabezas, de María Fernanda Maquieira (Loqueleo): Novela de iniciación. Mora arma y desarma su propia historia, pero algunas piezas no encajan. Una novela que evoca ese momento de tránsito de la niñez a la adolescencia, entre los ecos de la guerra de las Malvinas, sin dejar de lado el humor y la esperanza.
4.- El monstruo del arroyo, de Mario Méndez (Loqueleo). Cuenta la leyenda que en las afueras
del pueblo, en el casco abandonado de una estancia llamada La Margarita, junto al arroyo Triste, habita
un monstruo al que nadie ha podido todavía ver cara a cara. La existencia del monstruo es utilizada políticamente por un gobierno corrupto que hace recaer en él todos los males del pueblo y provoca gastos excesivos con la excusa de paliar esa desgracia.
La historia usa la alegoría para representar la represión y el miedo social. Facilita el diálogo con lectores más jóvenes sobre cómo se vive la violencia colectiva.
5.- Piedra, papel o tijera, de Inés Garland (Loqueleo). Alma es una joven de clase media que va con sus padres todos los fines de semana al Tigre. Próximo a su muelle está el de Carmen y Marito, sus mejores amigos que viven con la abuela Ángela.
Carmen y Alma comparten secretos y los diferentes mundos que viven. El de Carmen sencillo, austero y lleno de libros. El de Alma, de amigos superficiales, padres consumistas, y fines de semana diferentes. Muy diferentes. Alma descubre la vida de los isleños, muy distinta a la de los habitantes que llegan en lancha los fines de semana. El Delta con sus dificultades y encantos es el escenario de un mundo desconocido que Alma descubrirá año a año, con dolores y pasiones.
La novela transcurre durante la última dictadura militar y Alma, sólo después que ocurren hechos muy transcendentes, podrá atar cabos y salir de su caja de cristal para involucrarse hasta dónde ella no imagina.
6.- Un elefante ocupa mucho espacio (Elsa Bornemann): Este libro, prohibido durante la dictadura, está compuesto por quince cuentos breves que hablan de la libertad, de la amistad, de la solidaridad, de la justicia. El relato que da título al libro narra cómo un elefante del circo decide rebelarse para defender a los animales oprimidos y reclamar un lugar digno para todos. Las demás historias, con imaginación y ternura, invitan a reflexionar sobre los derechos, la valentía y la importancia de soñar con un mundo mejor.
7.- Monigote en la arena (Laura Devetach). También prohibido durante la dictadura por considerarse “subversivo” y de “exceso de imaginación”. Fue considerado “inapropiado” por sus metáforas sobre la libertad, el derecho a elegir y la inclusión de la palabra “desaparecer”. Qué cuenta?: La historia de un monigote dibujado en la arena que, a pesar de su naturaleza efímera, busca jugar y relacionarse con su entorno. A pesar de la prohibición, la obra se convirtió en un símbolo de resistencia cultural.
8 y 9.- El pueblo que no quería ser gris y La línea, de los uruguayos Beatriz Doumerc y Ayax Barnes. Estas obras, también prohibidas, permiten hablar de censura, huelga y libertad a partir de textos que en su momento fueron considerados subversivos.
En el primero, publicado en 1975 por la editorial Rompan Filas, un rey obliga a pintar todas las casas de color gris, pero desobedeciendo esta decisión, la gente empieza a pintarlas de rojo, azul y blanco.
La línea hizo historia: «Primero nació la línea y después nacieron todas sus posibilidades”, solían decir Beatriz Doumerc y Ayax Barnes. Sólo se necesitaron algunos trazos para que ambos crearan lo que después fue considerado uno de los libros fundacionales de la literatura infantil argentina. Fue en 1974, mientras residían en Buenos Aires luego de exiliarse de Uruguay, cuando surgió este cuento, un diálogo ideal entre palabras e ilustraciones que inauguró un lenguaje completamente nuevo y abrió el camino para los libros-álbum en el país, mucho antes de que surgieran como tales.
10.- El mar y la serpiente, de Paula Bombara. Narra en primera persona la experiencia de una niña cuyos padres son secuestrados por la dictadura. Los adultos que rodean a la protagonista se esfuerzan por protegerla de la realidad, pero así le impiden -involuntariamente- comprender y superar la súbita e inexplicable pérdida. Al crecer, la protagonista accede a la verdad sobre su propia historia, y entonces cuando puede comenzar a aceptarla.
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