El polémico premio de un millón de euros: escribir también es un trabajo
El flamante y jugoso Premio Aena, otorgado en España a Samanta Schweblin por “El buen mal”, provocó un intenso debate sobre dinero y trabajo intelectual. Nadie cuestionó a la autora, pero sí la cifra: por desproporcionada, por obscena. ¿No la merece un escritor?
La creación del Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, dotado con un millón de euros, y entregado el miércoles 8 de abril, en Barcelona, irrumpió en el panorama literario en español con una potencia tan inmediata como estridente. Que su primera edición haya distinguido a la argentina Samanta Schweblin por “El buen mal”, un libro de cuentos, profundizó el impacto: no solo por el monto inédito, comparable al del Premio Planeta, sino porque la elección desplazó el foco habitual de las grandes premiaciones, tradicionalmente centradas en la novela. Pero, desde el anuncio del fallo, la conversación pública se movió menos alrededor del valor literario de la obra -algo que nadie discute- que en torno al sentido cultural y político de un galardón de estas dimensiones.
Las palabras de Schweblin tras recibir el premio fueron, en ese contexto, tan reveladoras como incómodas. “Siempre quise tener un sueldo”, dijo, alejándose del triunfalismo berreta, pero respondiendo la que sí parecía ser la cuestión crucial: el dinero. Casi todos los títulares sobre la entrega del galardón hablaban de eso, del millón.
La frase de Schweblin deja patente una experiencia compartida por muchísimos escritores profesionales: años de trabajo sostenidos sin estabilidad económica, entre adelantos irregulares, becas, residencias y premios, pero sin un ingreso mensual que permita pensar la escritura como un trabajo continuo y no como una excepcionalidad sostenida por el sacrificio personal.

Para algunos, el premio representó una forma virtuosa de mecenazgo contemporáneo, una inversión que reconoce el valor simbólico y material del trabajo creativo. Para otros, en cambio, la participación de una empresa con mayoría de capital estatal (AENA) reavivó preguntas sobre el uso de fondos públicos, y la concentración del reconocimiento en autores ya consagrados y grandes grupos editoriales. La magnitud de la cifra pareció obligar a tomar posición, como si fuera imposible aceptar sin reservas que una escritora reciba un monto como este sin que eso active sospechas, ironías o reproches morales.
Las reacciones en redes sociales exhibieron esa puja. Hubo celebraciones inmediatas, especialmente de colegas y lectores que subrayaron la justicia poética de que una cuentista obtuviera el premio. Pero también aparecieron comentarios que, de manera explícita o solapada, parecían menos interesados en el diseño del galardón que en la incomodidad que genera ver a un par acceder a una recompensa tan desproporcionada respecto de la norma.
Frente a eso, la autora eligió usar el espacio público para recordar la importancia de las instituciones que sostuvieron su formación, en particular la Universidad de Buenos Aires, a la que definió como “muy quebrada, descuidadísima y abandonada”. Schweblin conectó el presente del premio con una reflexión más amplia sobre políticas culturales, educación pública y las condiciones materiales que hacen posible -o no- una carrera literaria.
La paradoja del AENA es que, al volverse tan visible por su monto, dejó en evidencia aquello que suele permanecer naturalizado: la precariedad estructural del trabajo intelectual. La figura del escritor que “no escribe por dinero” sigue operando como ideal romántico, incluso en un mercado editorial que depende cada vez más de la profesionalización, la circulación internacional y la marca autoral. En ese marco, que una escritora diga sin ambages que desea un sueldo resulta, para algunos, más perturbador que la existencia misma de un premio millonario.
Quizás el efecto más productivo del galardón no sea la consagración de un libro ni la consagración de una autora , sino la posibilidad de volver a discutir qué lugar ocupa la literatura en el sistema cultural y bajo qué condiciones materiales se produce.
Si el AENA logra, con el tiempo, que el foco se desplace del escándalo de la cifra a la discusión sobre trabajo, valor y sostenibilidad de la creación literaria, su irrupción habrá tenido un sentido que va más allá del acto inaugural. Nadie se escandaliza si esa cifra la cobra un futbolista; estamos anestesiados ante las cifras millonarias que se gastan en armas. ¿Por qué cuesta tanto aceptar que escribir libros es, además de una vocación, un trabajo que merece estabilidad? ¿que el prestigio no paga las cuentas ni mantiene una casa? ¿Y por qué, si lo recibe un escritor, el dinero parece obsceno y sucio?
La creación del Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, dotado con un millón de euros, y entregado el miércoles 8 de abril, en Barcelona, irrumpió en el panorama literario en español con una potencia tan inmediata como estridente. Que su primera edición haya distinguido a la argentina Samanta Schweblin por “El buen mal”, un libro de cuentos, profundizó el impacto: no solo por el monto inédito, comparable al del Premio Planeta, sino porque la elección desplazó el foco habitual de las grandes premiaciones, tradicionalmente centradas en la novela. Pero, desde el anuncio del fallo, la conversación pública se movió menos alrededor del valor literario de la obra -algo que nadie discute- que en torno al sentido cultural y político de un galardón de estas dimensiones.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios