El tsundoku o el placer de comprar libros que tal vez nunca leeremos

Taiki Raito Pym, un colectivo de lectores, explora el hábito de acumular libros como forma de deseo, en un ensayo breve que acaba de editar Godot y que invita a repensar la experiencia lectora contemporánea.

Suele ocurrir. Ocurre con más frecuencia de lo que deseamos: por exceso de entusiasmo, por manía, por antojo.
“Hay libros que compramos con la seguridad de que no los leeremos enseguida, o que quizá no los leeremos nunca”. Esa frase -más una vez obvia- abre “Tsundoku. El arte japonés de acumular libros”, de Taiki Raito Pym, editado en la Argentina por Godot. El libro parte de una escena repetida -las pilas de libros pendientes- para transformarse en una defensa del tsundoku, el término japonés que nombra la práctica de acumular libros no leídos. Lo hace con una intención que enseguida queda clara: que no haya culpa.


Aunque parece una costumbre medianamente nueva, la palabra tsundoku apareció impresa por primera vez en 1879, en una referencia satírica y despectiva a un profesor que no leía los muchos libros que tenía. Desde entonces a hoy, la práctica se ha extendido, aunque seguramente mucho menos de lo que desean las editoriales (basta ver cómo las ventas de libros decrece en el país).


“Tsundoku” se anota en una categoría reciente de libros que piensan la lectura desde la experiencia del lector. Pero, a diferencia de otros títulos que problematizan esa relación, el libro de Raito Pym elige un camino conciliador. “Más que una manía, tsundoku es una forma de vida”, dice.


En “Cómo hablar de los libros que no se han leído”, Pierre Bayard habla del asunto. Plantea que no leer puede ser una forma legítima de relación con la cultura, y que todo lector habla siempre desde una biblioteca incompleta, lo cual es sumamente cierto, siempre. En Tsundoku, en cambio, las pilas de libros “son presencias silenciosas que acompañan, sin pedir nada a cambio”. Parece una imagen encantadora, pero para cualquier lector, no suelen ser presencias silenciosas sino todo lo contrario: el recordatorio, mortificante la mayor parte del tiempo, de lo que queda por leer.


Algo similar ocurre si se lo lee junto a “Una historia de la lectura”, de Alberto Manguel. Manguel piensa la lectura como práctica histórica, social, corporal. Los libros no leídos también aparecen, pero para abrir una grieta molesta en el tiempo, la memoria, la pérdida. En Tsundoku, en cambio, el tiempo queda suspendido: “Una biblioteca desbordada puede ser un refugio, un mapa, un consuelo. Y cada tomo, incluso cerrado, una promesa”. La metáfora evita el costado más áspero de la experiencia lectora contemporánea: la falta de tiempo, la fragmentación, la sobreoferta.


También puede pensarse el libro en contraste con “La marca del editor”, de Roberto Calasso, donde la acumulación de libros está atravesada por una idea de exigencia, de riesgo, incluso de exceso peligroso. En Calasso, la biblioteca es un organismo vivo que abruma. En Tsundoku, la biblioteca nunca inquieta. Está ahí, saturada, pero reconfortante.


El propio libro se define con claridad: “Este libro -que habla de libros, sí, pero también de deseo, memoria, identidad y tiempo- propone una mirada sobre el acto de acumular lecturas”. Taiki Raito Pym -que en realidad es un seudónimo de un colectivo de lectores- construye una voz para calmar la conciencia. No es un objetivo menor. Pero no se pregunta por las condiciones materiales del acto de acumular libros, ni por la lógica del mercado editorial, ni por la transformación del lector en un consumidor permanente. Tampoco discute jerarquías ni legitimidades. Se queda en la escena doméstica, aplaudiendo el exceso, por puro exceso.


Y desde ese lugar, que puede resultar placentero, no llega a cuestionarse ¿qué hacemos con todo lo que no leemos?, ¿en qué momento y por qué el deseo se vuelve consumo? y sobre todo, y quizás lo más perturbador: si esa pila enclenque de libros que aguarda paciente no nos pide que la leamos, ¿para qué está?


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