Romantasy: el fenómeno épico y hot del mercado editorial
Dragones, mundos mágicos y romances “picantes” definen el fenómeno literario de la era TikTok. Denostado y masivo, puede entenderse también como un síntoma de época.
El romantasy -esa mezcla de romance y fantasía que hace apenas unos años parecía un invento improbable, un fusión deforme- se convirtió en uno de los motores del mercado editorial juvenil y adulto joven. Ya no se puede decir que sea un fenómeno aislado ni una moda pasajera: es la última mutación de una tradición larguísima de consumo popular, sostenida durante décadas por lectoras que buscaban historias intensas, mundos donde perderse y vínculos que se construyen a lo largo de cientos de páginas.
En Argentina, donde la lectura juvenil tiene un peso decisivo, el género ya ocupa mesas completas en librerías, circula en clubes de lectura, se discute en redes y genera una comunidad que lee, recomienda, teoriza y produce contenido propio.
Aunque la palabra romantasy circula desde hace más de una década, su explosión llegó con TikTok. BookTok y Bookstagram funcionan como un sistema de recomendación emocional: videos que muestran mujeres llorando por alguna escena, reacciones a capítulos “spicy” , fanarts, playlists, teorías, memes y ediciones generadas por IA con cuerpos alados, dragones y escenas de sexo que no aparecen en el cine comercial.
Conviene detenerse en eso del “spicy”. Lo picante (que eso quiere decir) de las escenas sexuales es uno de los puntos altos del romantasy. De hecho, los libros son puntuados, como los restaurantes o las películas, con unas estrellas que en este caso son ajies y que evalúan la intensidad “hot” del libro.
La saga “Una corte de rosas y espinas” (llamada ACOTAR entre sus fanáticas, por las siglas de su título en inglés A Court of Throns and Roses), de Sarah J. Maas, es el caso paradigmático. Sus millones de ejemplares vendidos y su presencia constante en redes la convirtieron en un punto de entrada al género. Las escenas sexuales -explícitas, largas, centrales en la trama- son parte del pacto con el lector, el corazón del género.

En Argentina, ACOTAR es un long-seller sostenido: las reimpresiones son constantes y las ediciones especiales se agotan en preventa. Los títulos que conforman esta saga son: “Una corte de rosas y espinas”, “Una corte de niebla y furia”, “Una corte de alas y ruina”, “Una corte de hielo y estrellas”, y “Una corte de llamas plateadas”.
El erotismo es una de las claves del fenómeno. Y ACOTAR llega al nivel máximo de la puntuación en su segundo volumen.
“De sangre y cenizas,” de Jennifer L. Armentrout, también. “Powerless”, de Lauren Roberts, es nivel uno. La escala es informal, pero organiza la conversación.
Hay algo muy interesante en el fenómeno. En estos libros, el erotismo es un motor narrativo, y aparece en un momento en que gran parte del público -mujeres jóvenes, lectoras digitales, muchas de ellas de la Generación Z- declara sentirse incómoda con el sexo en pantalla. El libro ofrece algo que la imagen no: control, intimidad, imaginación y un deseo que no expone cuerpos reales. El erotismo escrito es más inclusivo, más queer, más centrado en el placer femenino y en la construcción emocional.
Un poco de historia
El romantasy no surge en el vacío. Es la versión contemporánea de una genealogía que empieza mucho antes de TikTok. En el mundo hispano, ese territorio tuvo un nombre propio: Corín Tellado, la autora más leída en español después de Cervantes, con miles de novelas publicadas y un público mayoritariamente femenino que encontraba en esas historias un espacio de deseo, conflicto y resolución emocional.
Tellado trabajaba con parejas urbanas, malentendidos, tensiones familiares y finales felices. El romantasy hereda esa matriz, pero le sube el volumen y lo desplaza hacia otros mundos: reinos, academias militares, criaturas mágicas, guerras antiguas. Aquí hay dragones y criaturas fantásticas. Una especie de evolución romántica de Harry Potter.
En Argentina, esa tradición también pasa por las telenovelas, que durante décadas organizaron la educación sentimental de varias generaciones.
El esquema es así: protagonistas que se desean pero no pueden estar juntos, obstáculos externos, rivalidades, secretos, escenas de alto voltaje emocional y un público que comenta, discute y se apropia de la historia.
El romantasy retoma ese modelo, pero lo exagera y lo lleva a un decorado más propio de “El señor de los anillos” o, para usar una imagen más contemporánea, a un decorado gamer.
Allí donde la telenovela tenía límites de horario y censura, el libro permite escenas sexuales largas, explícitas y centrales en la trama. Donde la televisión dependía de la emisión lineal, el romantasy se sostiene en comunidades digitales que funcionan como clubes de lectura globales.
Efectivamente, la cultura gamer dejó su marca. Los mundos del romantasy -reinos, clanes, academias, criaturas míticas, jerarquías mágicas- no nacen solo de Tolkien o de la fantasía clásica. También vienen de juegos online, y universos expansivos que formaron a la misma generación que hoy sostiene el género.
Esta sigla extraña, MMORPG, que engloba los juegos de rol online donde miles de personas se unen a clanes, completa misiones y convive con otros jugadores reales, prepararon elsuelo fértil: enseñaron a habitar otros mundos, a manejar múltiples personajes y a entender sistemas de magia.
Esa lógica es idéntica a la de sagas como ACOTAR o Empíreo. La estética gamer -alas negras, tatuajes mágicos, armaduras, dragones, academias militares- se volvió un lenguaje común entre lectoras y autoras. Y los juegos que incorporaron sistemas de romance, como Dragon Age, Mass Effect o Baldur’s Gate 3, hicieron el resto. El romantasy toma esa energía y la convierte en libros.
Pero, antes de ser un fenómeno editorial, tuvo otro ingrediente: la cultura del fanfiction. AO3 (Archive of Our Own), una plataforma global de escritura creada por fans, y Wattpad, una red social donde millones de jóvenes publican historias, fueron para muchas autoras actuales lo que las revistas de kiosco fueron para Tellado: un espacio de entrenamiento, de prueba y error, de diálogo con lectoras reales.
Ahí, en esas plataformas, se escribieron durante años romances imposibles, erotismo queer, universos alternativos y escenas que el mercado tradicional no publicaba.
El salto al libro impreso fue la continuidad de una tradición popular que siempre se movió por fuera de la crítica literaria y por dentro de las comunidades lectoras.
En ese mundo, real y nada fantasioso, el fenómeno tiene nombres propios. Rebecca Yarros, autora de la saga “Empíreo”, es hoy la figura más visible. Por ejemplo su libro “Alas de ónix”, vendió 2.700.000 ejemplares en una semana en Estados Unidos, un récord para la ficción adulta en dos décadas. En total, la saga lleva más de 12 millones de ejemplares vendidos solo en Estados Unidos. ¿Qué cuenta?: la historia de Violet Sorrengail, obligada a ingresar en una academia militar para jinetes de dragones, combina entrenamiento físico extremo, política interna, criaturas míticas y un romance que avanza entre la desconfianza, la tensión y la atracción inevitable. Yarros escribe con un ritmo que, dicen sus fanáticas, sus millones de seguidoras, no da respiro: muertes inesperadas, giros políticos, revelaciones sobre el pasado de los personajes y un intrincado sistema de magia.
Sarah J. Maas, con ACOTAR y “Trono de cristal”, es la arquitecta del género. Jennifer L. Armentrout, con “De sangre y cenizas”, sostiene un público fiel que sigue cada entrega. Y en América Latina empiezan a aparecer autoras que dialogan con el género desde acá. En Argentina, Ann Rodd (nacida en 1991) y Flor Núñez Graiño construyen mundos propios, con romance central y un público que las sigue en redes y en presentaciones.
Para ponerlo en números: en 2025, el género impulsó ventas por $471 millones de dólares anuales, en los Estados Unidos, donde se vendieron 51 millones de unidades. Ya en 2024 había representado un aumento en las ventas del 50% con respecto a 2023, según datos recopilados por The New York Times.
¿Quién lee?
El público del romantasy es mayoritariamente femenino y joven, pero no exclusivamente. La franja más activa va de los 14 a los 30 años, con presencia fuerte de la Generación Z y de millennials tardías. Son lectoras digitales, acostumbradas a comunidades online, que combinan la lectura en papel con la conversación en redes. También hay un público queer que encuentra en el género relaciones más diversas, menos normativas y más centradas en el consentimiento.
En Argentina, el mercado editorial responde con ediciones especiales, preventas y lanzamientos que se agotan en horas. El romantasy ofrece algo que el streaming no puede: mundos largos, relaciones que se construyen en cientos de páginas, deseo sin censura, comunidades que acompañan y un espacio donde la imaginación vuelve a ser central.
En ese sentido, el romantasy funciona como una conversación colectiva -mayoritariamente femenina- sobre deseo, poder e identidad, pero también como un termómetro de época.
En un contexto marcado por la incertidumbre, la precariedad y la sensación de futuro suspendido, la proliferación de mundos fantásticos, sistemas de reglas claras y romances intensos no parece casual. En un campo literario que durante años desestimó estas lecturas por considerarlas menores o puramente comerciales, el fenómeno obliga a revisar no solo los textos, sino las prácticas lectoras que los sostienen y los imaginarios que activan.
La pregunta, entonces, queda abierta. ¿Importa qué se lee o importa que se lea? ¿Qué dice del presente que una generación señalada como no lectora encuentre en sagas extensas, universos complejos y romances prolongados una forma de vínculo con la literatura? Tal vez el auge del romantasy no hable de una evasión ingenua, sino de una necesidad concreta: la de habitar otros mundos para pensar en este, de ensayar deseos, identidades y futuros posibles cuando los reales parecen bloqueados (u oscuros). En cualquier caso, deja flotando una inquietud central: cómo, por qué y para qué se lee hoy.
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