Libia es petróleo, Libia es China



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DARÍO TROPEANO (*)

De ninguna manera vamos a ir a Libia de vacaciones!”: tal el emplazamiento de mi mujer cuando a finales del año anterior comencé a dibujar el lugar donde me parecía que podía encontrar una cultura todavía poco alterada. Libia debe analizarse desde un enfoque política y culturalmente absolutamente diverso del occidental. Su presidente destronó a una monarquía que trasladaba cerca del 90% de las riquezas petroleras a las empresas extractoras y que ha tenido sinuosos movimientos de alineación política con el mundo durante casi 40 años. No pienso demonizarlo porque el planteo de buenos y malos a estas alturas ya resulta infantil y propio de la televisión. No veo, además, fotografías ni videos que muestren la violencia masiva contra la población civil ni un sistema de crímenes de lesa humanidad instaurado por el gobierno de turno. Lo cierto es que bajo un esquema de alta corrupción política, con un presidente entronizado en el poder que se bautiza como líder supremo, Libia evidencia niveles de desarrollo social de los más altos de los países del norte de África. Igualdad de derechos entre hombres y mujeres, crecimiento continuado en los sistemas de infraestructura pública, alto porcentaje de la población alfabetizado y con título universitario, un sistema de construcción de viviendas totalmente subsidiado por el Estado, importante sistema de salud pública gratuita, etcétera. El esquema de gobierno tiene raíz tribal representada en el gobierno central a través de comités populares y en estas horas se desarrolla una reunión conjunta para intentar superar diferencias entre algunas de ellas y el gobierno a fin de evitar toda injerencia extranjera en el país. ¿Cuáles son los intereses políticos, económicos y geoestratégicos que se juegan en la nueva andanada de esta cruzada internacional que parece abrir teatros de guerra simultáneos en los países árabes? Pues el petróleo y el gas, sin duda, lo cual a estas alturas no parece sorprender a muchos. Libia detenta aproximadamente el 3,6% de las reservas petroleras mundiales, las mayores del continente africano. La empresa nacional (LNO) ocupa el puesto número 25 entre las 100 primeras del mundo. Las empresas extranjeras que operan en Libia son europeas, principalmente, y de Estados Unidos, pero esta ecuación se ha ido reduciendo al no renovar concesiones (por ejemplo a la estadounidense Chevron y OXY) y modificando la ecuación del negocio. Libia viene aumentando su participación comercial con China, que recibe el 12% del crudo que se exporta y avanza en acuerdos de concesión de importantes áreas fuera de explotación y otras obras de infraestructura. China domina una parte sustancial de los yacimientos de Chad y Sudán, países vecinos a Libia, y Estados Unidos e Inglaterra observan al continente negro como la inmediata fuente de recursos naturales, con proyección al sur a los países petrolíferos del sur de Asia. Por si fuera poco, en enero del 2009 el presidente anunció que planeaba nacionalizar el petróleo para controlar mejor los precios mediante el aumento o disminución de la producción. Simultáneamente propuso una modificación del esquema de la burocracia estatal, medidas éstas que provocaron profundas divisiones en el gobierno. Tanto es así que los comités populares que representan a las ciudades votaron en mayoría absoluta por retrasar los planes de Gaddafi. Esta situación creó profundas divisiones en el seno del gobierno –incluso el primer ministro y el encargado del Banco Central se opusieron enfáticamente– pero Libia está sentada en 160.000 millones de dólares de reservas por la exportación de petróleo. Parte de esos fondos se deposita en Europa e incluso dispone de un fondo de inversión soberano que invierte en empresas europeas estrechamente vinculado con Italia. Francia, por otro lado, ha exportando ingente material bélico a Libia y recibido con honores a su presidente hace un par de años, hasta que Gaddafi decidió adquirir armamento ruso. El propio Estados Unidos, a través de la CIA, ha brindado hasta hace algunos meses entrenamiento e información conjunta a Libia respecto de las operaciones desarrolladas por terroristas islámicos, en un juego de acomodamiento permanente que evidencia Gaddafi con la comunidad internacional. Desde la zona costera de Bengasi, y a través de tribus opositoras del Este, se ha organizado la resistencia al presidente desde hace varios meses mediante la introducción de instructores europeos y de Estados Unidos que preparan a mercenarios y pobladores para la guerra. Gaddafi también recluta extranjeros ya que dispone de ingentes recursos económicos para soportar el enfrentamiento armado. La idea pergeñada es dividir el país como se ha hecho en Sudán, Yugoslavia e Irak, dado que se prevé un largo enfrentamiento. Los medios globales no han prestado atención a Arabia Saudita, una dinastía absolutamente represiva y corrupta que ha enviado tropas a Yemen y Bahrein para sofocar las revueltas populares masivas que han ocasionado centenas de muertos comprobados. Arabia Saudita es el principal proveedor de petróleo de Estados Unidos y sus empresas tienen participación relevante en el negocio. No es posible seguir convalidando este tipo de situaciones. El dinero como objetivo más allá de la muerte, el desprecio a las normas que deben regir a la comunidad internacional organizada, la intervención en los procesos políticos de los países y la destrucción de ellos no pueden constituir la moral de Occidente. Hay que advertir esto porque, como venimos afirmando desde estas páginas, grandes nubarrones azotan nuestra civilización y como argentinos debemos conducir a nuestro país por otro camino. (*) Abogado y docente UNC


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