Lindo día

Columna semanal

Por Redacción

El disparador

Andrés me avisa que no sabe si va a llegar a jugar al fútbol a la noche porque ya está en la oficina y se olvidó la ropa. Está esperando que le confirmen si tiene una reunión por la tarde, así que no sabe si hace a tiempo de ir a su casa a buscar los cortos y los botines.

“Para colmo, no me sale una hoy”, dice y me cuenta que casi no pudo dormir anoche. Su hija de un año estaba con dolor de panza y lloró a cada rato. Cuando la niña ya estaba mejor, a eso de las cinco de la mañana, él se tuvo que salir a buscar a su suegro y llevarlo a Ezeiza. Luego, desde el aeropuerto fue directo a la oficina. “¿Podés creer que estaba en un semáforo y un Falcon 1991 me chocó de atrás? Chau paragolpe”, me dice.

El día no había mejorado para Andrés. “Pisé mierda, que la lleve por toda la alfombra en la oficina, se me hirvió la leche y se volcó en el microondas, cuando fui a almorzar se llevaron el último pedazo de carne… Vengo con fortuna, como verás, y recién son las tres de la tarde. Ah, el que me chocó tiene un seguro que nunca escuché ni nombrar”, me detalla en un mensaje.

La secuencia me dejó poco margen para acotar, así que solo intenté darle algo de ánimo. “Dicen que pisar caca da buena suerte”, comenté, y a él le pareció absurdo. “¿A quién se le habrá ocurrido semejante superchería?”, retrucó.

Casi a medianoche, después del fútbol, le escribí para ver cómo había seguido el día. “¡Pidiendo que se termine! La reunión de la tarde se demoró, una vez en casa recordé que mi viejo tenía control médico, me puse a hablar con mi vieja, descuidé a mi hija que se comió un pedazo de revista, corté, me peleé con mi mujer, me fui a pasear al perro ¿y qué pasó? Volví a pisar caca”, se descargó. Después se alegró porque habíamos ganado aunque él no había ido a jugar.

-¿Y ahora qué? -le pregunté.

-Una ducha y al sobre.

-¿Un whisky?

-No, estoy tratando de solo tomar los findes.

-¿Un esfuerzo?

-Sí, hasta que te acostumbrás.

Al mediodía siguiente le pregunté cómo iba todo. Me dijo que había acompañado a su papá a un nuevo control médico. En la antesala del consultorio, hojeando una revista, se había encontrado con una historia que me compartió.

Era sobre un carpintero al que se le habían roto un par de herramientas de trabajo -entre ellas, la camioneta- y había perdido un cliente. Entonces, un amigo lo llevó a su casa y fueron en silencio durante el camino. Al llegar, el carpintero invitó al amigo a conocer a su familia.

Unos pasos antes de entrar a la casa, el carpintero se detuvo un instante ante un arbusto y con sus manos tocó dos ramas; luego abrió la puerta y se encontró con sus dos hijas y su mujer. Los abrazó y sonrió. Ya no parecía el mismo.

Al rato, su amigo le preguntó por qué se había detenido frente al arbusto.

“Es mi árbol de los problemas -dijo el carpintero-. Los dejo ahí cada noche antes de entrar a casa y, curiosamente, a la mañana siguiente cuando paso a recogerlos ya no hay ni por asomo tantos problemas como creía haber dejado la noche anterior”.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


Exit mobile version