Lo de siempre
Todos los planteos de los dirigentes populistas y eclesiásticos se basan en que la Argentina es mucho más rica de lo que dicen los números.
Como era de prever, el nuevo ministro de Economía, Ricardo López Murphy, no ha tardado en verse convertido en blanco de los dardos envenenados de una amplia gama de políticos y sindicalistas, entre ellos Raúl Alfonsín, Carlos Ruckauf, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y, huelga decirlo, muchos frepasistas que, a juzgar por las encuestas de opinión, sumados representan una mayoría abrumadora de la población del país. Según todos estos personajes, López Murphy es un «neoliberal», acaso un «fundamentalista del mercado», que cegado por una teoría económica perversa, se dedicará a congraciarse con los banqueros extranjeros a costillas de «la gente». ¿Es lo que realmente creen? Puede que algunos políticos estén sinceramente convencidos de que el país se vería beneficiado si contara con un ministro de Economía que no prestara demasiada atención a los mercados, nunca pensara en ajustar y tratara mal a los acreedores – emulando así al primer ministro de Economía de Alfonsín, Bernardo Grinspun-, pero es de suponer que la mayoría entiende muy bien que dadas las circunstancias López Murphy tendrá que respetar las reglas de juego. Después de todo, si José Luis Machinea tuvo que irse porque a juicio de virtualmente todos era demasiado débil, es lógico que su sucesor haya sido alguien considerado un tanto más duro.
Con la excepción de Carlos Menem, los jefes de la oposición, categoría que incluye al líder radical Alfonsín, se ensañan con el «neoliberalismo», pero cuando hablan es evidente que lo que la mayoría tiene en mente no es una corriente de pensamiento determinada, sino los límites fijados por las dimensiones concretas de la economía nacional, ya que escasean las instituciones extranjeras que estén dispuestas a arriesgarse prestándole más dinero, ensanchando de esta manera el espacio de maniobra del ministro correspondiente. En efecto, virtualmente todos los planteos de los dirigentes populistas y también de los eclesiásticos se basan en la teoría de que la Argentina es de hecho mucho más rica de lo que dicen los «números» y que por lo tanto el ministro de Economía podría darse más lujos si no fuera por su apego incomprensible a la «ortodoxia» fondomonetarista. Se trata de una tesis atractiva -¿qué duda cabe?-, pero desafortunadamente no guarda relación alguna con cualquier verdad conocida. Mal que nos pese, si bien es probable que el producto bruto nacional sea un poco mayor que el registrado debido a la presencia de una economía negra muy grande, no existe razón alguna para creer que genere lo suficiente como para satisfacer a los muchos políticos que quisieran gastar miles de millones de dólares más.
De todos modos, a esta altura es dolorosamente evidente que el «debate» económico que tanto incide en el estado de ánimo de la población tiene muy poco que ver con la realidad del país porque, los genuinamente leales al gobierno de turno aparte, lo que desean los participantes es aprovechar las dificultades en beneficio propio, contrastando el esplendor de su visión particular con la estrechez triste del panorama visto desde las ventanas de la Casa Rosada. Mientras que el ministro de Economía y sus aliados se ven constreñidos a defender su forma de manejar la módica economía efectivamente existente -si él también se pusiera a delirar, hablando de salidas milagrosas, los «mercados» se asustarían-, los demás pueden comparar sus esfuerzos patéticos con lo que ellos mismos harían si les tocara administrar la economía decididamente más generosa y flexible de su imaginación. Por supuesto, los ganadores de esta competencia absurda suelen ser los privilegiados a vivir en la Argentina ficticia en que nunca sea necesario ajustar. Por tratarse de los políticos más eminentes del país, la ciudadanía supone que son personas serias que no exagerarían. Además, por motivos publicitarios, los medios de comunicación suelen preferir las denuncias ruidosas a las explicaciones «técnicas» aburridas, motivo por el cual nada les encanta más que una buena diatriba episcopal. Así, pues, es frecuente que, andando el tiempo, el grueso de la ciudadanía se convenza de que el gobierno es el único responsable de la situación vigente que, debido a lo pequeña que es la economía real, parece grotescamente inferior a la planteada por los contrarios a la gestión oficial.