Los amigos de Maduro

Por Redacción

La desintegración ignominiosa de la Unión Soviética, la apuesta del régimen nominalmente comunista chino a una variante sui géneris del capitalismo liberal y, más aún, los problemas enfrentados por el Estado benefactor en Europa occidental motivaron tanto desconcierto en las filas de una izquierda ya dividida entre demócratas y totalitarios que todavía no se ha recuperado de la serie de reveses que sufrió en las décadas finales del siglo pasado. Mientras que los herederos de la izquierda democrática han optado por intentar convivir con la economía de mercado, concentrándose en tratar de atenuar el impacto social de los cambios incesantes que la caracterizan, los de mentalidad más combativa han preferido privilegiar “la lucha”, lo que en muchos casos los ha llevado a formar alianzas con islamistas ultrarreaccionarios y con dictaduras que, conforme a todas las pautas tradicionales, son de la derecha extrema. He aquí una razón, acaso la principal, por la que en América Latina gobernantes que se afirman progresistas, como los de la Argentina, Brasil y Uruguay, se han solidarizado automáticamente con el mandatario venezolano Nicolás Maduro. Atribuyen las protestas multitudinarias contra su gestión no a un colapso económico provocado por la ineptitud de los chavistas, la represión violenta que ya ha costado más de treinta vidas, la transformación de Venezuela en una zona liberada para delincuentes sanguinarios que han hecho de Caracas una ciudad más peligrosa que Bagdad o Kabul, la corrupción obscena y la militarización creciente, sino a una inverosímil conspiración supuestamente urdida por el gobierno de Estados Unidos. Para los presidentes Cristina Fernández de Kirchner, Dilma Rousseff y José Mujica, es más que suficiente que Maduro, como su antecesor, el extinto comandante Hugo Chávez, sea considerado un izquierdista; por lo tanto, lo toman por uno de los suyos y creen que es su deber ayudarlo pase lo que pasare. De haberlo ubicado en otro extremo del mapa ideológico, o sea en el lugar que en buena lógica le corresponde, los tres encabezarían una campaña en su contra por las violaciones repetidas de los derechos humanos, pero sucede que la imagen, por distorsionada que sea, les importa mucho más que la mera realidad. La voluntad de políticos que presuntamente quieren que sus propias sociedades sean más equitativas de apoyar a regímenes que –adrede o por estar más interesados en humillar a sus adversarios que en impulsar reformas auténticamente positivas– están haciendo lo posible por consolidar la miseria se debe a su resistencia a adaptarse a las circunstancias. Son reacios a emprender la tarea muy difícil de pensar en serio sobre cómo superar los problemas enfrentados por los países de la región en el mundo actual si sospechan que podrían verse constreñidos a modificar las opiniones que durante años han defendido. Asimismo, anteponen la lealtad a los que a su entender militan en los mismos movimientos a los ideales que siguen reivindicando, pasando por alto los abusos cometidos por quienes, como Maduro y sus adláteres, los han traicionado una y otra vez. Desde su punto de vista, todo depende de la presunta identidad ideológica de un represor que, suponen, es forzosamente vitalicia, de suerte que, si una vez un político fue calificado de izquierdista, lo será para siempre. Huelga decir que, si se trata de un derechista, habrá que castigarlo con la máxima severidad por los crímenes de lesa humanidad que ha cometido, pero de ser cuestión de un miembro permanente del club izquierdista, como Chávez, Maduro o los hermanos Castro, merecerán su pleno apoyo, ya que en última instancia los culpables de los crímenes perpetrados no habrán sido ellos sino sus víctimas. Así, pues, políticos que se llenan la boca hablando de su propio compromiso con los derechos humanos no vacilan en actuar como cómplices de asesinos, de tal modo contribuyendo a que haya más muertos en los enfrentamientos callejeros entre opositores y oficialistas, más presos políticos, más tortura y mucho menos libertad de expresión, como es el caso en Venezuela, ya que un régimen, incluso uno tan brutal como el de Maduro, que disfruta del apoyo incondicional y acrítico de países importantes de la región no podrá sino sentirse impune.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 26 de marzo de 2014


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