Los burros de La Plata

Por James Neilson



Un día antes de la Primera Guerra Mundial, Sigmund Freud charlaba en un tren con un joven que se sentía tan resentido por las injusticias cometidas por el Imperio Austrohúngaro, que le habló de su sed de venganza y de la esperanza de que de sus huesos surgiera un vengador. Para expresar la ira que lo consumía, trató de citar a Virgilio, pero dijo "Exoriare ex nostris ossibus Ultor" en lugar de "Exoriare aliquis nostris ex ossibus Ultor", lo que, como todos sabemos, es la versión correcta. Tamaño lapso, en especial la omisión de la palabra "aliquis" (alguien), tal vez porque se parecía a "líquido", sorprendió tanto al artífice del psicoanálisis que en base a él construyó una tesis ambiciosa en torno de las patologías sexuales del joven, el significado de ciertos episodios de la vida de los santos y mucho, muchísimo más.

Pues bien: ¿qué diría Freud si, desde su nicho en el más allá, pudiera enterarse de los lapsos perpetrados por aquellos estudiantes de Derecho de la Universidad de La Plata que acaban de protagonizar el enésimo escándalo educativo del país? Fueron incomparablemente peores que el pronunciado por su compañero de viaje. Para desconcierto de su profesor, uno juró que "Auschwitz" fue el nombre de un biólogo prestigioso y otro que la Guerra Fría tuvo que ver con Hollywood. Sería de suponer que Freud los tomaría por lunáticos de proclividades sexuales con toda seguridad aberrantes y que opinaría que las élites intelectuales de un futuro presuntamente signado por la barbarie no sólo tendrían problemas graves con un texto de Virgilio sino que, además de no saber nada en torno de su obra, ni siquiera serían capaces de decirnos lo que es el latín.

Como suele suceder toda vez que se le ocurre a alguien difundir los resultados de una prueba universitaria, la evidencia de la ignorancia patente de los jóvenes platenses ha dado pie a un nuevo coro de lamentaciones amargas acerca del deterioro del sistema educativo y la decadencia de un país antes célebre por el nivel cultural de sus habitantes, calamidades que se atribuyen a los regímenes militares, a la televisión, al neoliberalismo, al menemismo y a la resistencia de muchos a esforzarse aunque sólo fuera un poco. No cabe duda de que tales factores han tenido efectos negativos, pero acaso sería un error exagerar las glorias culturales del pasado. Lo mismo que el Imperio Austrohúngaro de Freud, la Argentina siempre ha tenido una proporción significante de analfabetos y semianalfabetos, pero mientras que cien años atrás los optimistas imaginaban que andando el tiempo todos se convertirían en personas muy cultas que se solazarían leyendo a Virgilio o Sófocles, la experiencia posterior ha hecho sospechar que el resultado principal del igualitarismo pedagógico ha sido la democratización cambalachesca de las exigencias para que todos, tanto un burro como un gran profesor en ciernes, puedan conseguir el mismo diploma.

Huelga decir que pocos quieren resignarse a esta realidad. Si un muchacho no sabe nada de Auschwitz y la Guerra Fría -o si un adulto cree que hay una sola manera de transliterar el nombre de un árabe como Saddam Hussein, de suerte que quienes optan por la variante Husain serán forzosamente idiotas- es porque aquí la educación es un desastre o porque padres siguen suponiendo que es mejor un par de alpargatas que un buen libro. Se sienten constreñidos a pensar así porque de lo contrario serían culpables del pecado de "elitismo", pero ello no obstante la reacción entre indignada y burlona de casi todos los medios gráficos ante las noticias procedentes de La Plata mostraron que en verdad son tan elitistas como eran sus tatarabuelos. También es legítimo señalar que si muchos dan por descontado que no ser dueño de un buen bagaje cultural es terrible, el estado del país no puede considerarse irremediable.

Aunque tienen razón los que critican el facilismo educativo -además del valor intrínseco de la cultura, una sociedad conformada por ignorantes no tendrá más alternativa que la de resignarse a una posición decididamente humilde en la jerarquía internacional- se equivocarán si suponen que en el resto del mundo la situación es radicalmente mejor. Para horror de las minorías ilustradas locales, no sólo en Estados Unidos y Europa sino también en China y el Japón abundan los jóvenes que, enfrentados por el cuestionario que fue puesto ante los ojos azorados de los estudiantes platenses, responderían con disparates comparables.

En Francia y Alemania, sistemas educativos antes renombrados por su severidad han compartido el destino del argentino, debido al accionar de los convencidos de que siempre es necesario subordinar la calidad a la cantidad. Combatir esta tendencia no es fácil en absoluto en una sociedad democrática en la que, como corresponde, la mayoría llevará la voz cantante. Felizmente para ellos, en algunos países hasta los más obtusos entienden que es de su propio interés favorecer a los excepcionalmente dotados, pero aun así, a las autoridades educativas de instituciones de élite como Harvard y Oxford les cuesta defenderse contra las embestidas incesantes de niveladores decididos a eliminar todo indicio de privilegio.

Por razones que podrían calificarse de matemáticas, en todas partes los relativamente ignorantes y, si bien es prohibido mencionarlo, poco inteligentes, constituyen una mayoría. Es lógico, pues, que ellos o sus presuntos amigos procuren imponer sus preferencias, gustos y valores. No se trata meramente de ideólogos progresistas que sueñan con sociedades sin diferencias sociales o económicas, sino también de las grandes empresas, sobre todo las que se especializan en la venta de productos culturales que a fin de mejorar la imagen de una canción o película tratarán de persuadir al público consumidor de que realmente es tan buena, cuando no es mejor, que cualquier bodrio de Beethoven o Cervantes. Asimismo, los hay -uno es el secretario de Cultura del gobierno nacional, Torcuato di Tella- que prefieren dar a la palabra "cultura" su sentido antropológico para insistir en que debería abarcar a virtualmente todas las actividades humanas, sin discriminar entre una diversión familiar y la creación de una obra que duraría siglos.

También contribuye a desprestigiar la idea de que es lícito creer en la posibilidad de que realmente importen los valores culturales imperantes en una sociedad determinada la manía ya universal de las encuestas de opinión. Gracias a la Internet, cualquiera, incluyendo al admirador del gran biólogo Auschwitz y el impresionado por ciertos filósofos traviesos franceses que cree que la Guerra Fría fue un invento hollywoodense, puede votar en favor o en contra de cualquier cosa, aunque se trate de la hipotética solución para un problema sumamente complicado que muy pocos estén en condiciones de entender. Tales juegos serían inocuos si nadie tomara los resultados en serio, pero parecería que muchos gobiernos se guían conforme a dichas encuestas, tratando los puntos de vista de quienes no saben absolutamente nada sobre un asunto con el mismo respeto que los juicios de personas óptimamente preparadas que han invertido décadas en estudiarlos.

Los autores de la Constitución nacional comprendían muy bien lo peligroso que sería que el pueblo gobernara o deliberara sin dejar tales tareas en manos de los representantes y autoridades debidamente elegidos, pero en estos tiempos confusos en los que los problemas son a menudo aún más intrincados que antes, el principio así supuesto propende a desvirtuarse. Es otro síntoma del mismo fenómeno, el desmoronamiento de la autoridad de los que han hecho un esfuerzo genuino por dominar una materia o un oficio, que está socavando la educación en casi todo el mundo democrático y que, como algunos advirtieron con alarma, hace factible que un buen día la mayoría de los jueces, producto de facultades equiparables a la de La Plata, no sepan más que cualquier vecino de barrio pero que, como él, se crean con pleno derecho a decidir sobre el destino de las personas y, si tienen tiempo de sobra, el de las instituciones básicas del país también.


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