Los límites de la solidaridad

Redacción

Por Redacción

Como todos los demás gobiernos del mundo, el encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está a favor de la regulación severa en ciertos ámbitos económicos y en contra de cualquier intento de intervenir en el mercado en otros en los que el país cuenta con ventajas. Así, pues, en la reunión de ministros de Finanzas y directores de bancos centrales que se celebró en París, nuestros representantes se opusieron con firmeza al control de los precios de los commodities, en especial los agropecuarios, que están impulsando el presidente francés Nicolas Sarkozy y el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, quienes se sienten alarmados por el impacto del alza vertiginosa que ha experimentado el costo de nutrirse adecuadamente. Si bien no es demasiado progresista querer que los precios de los alimentos sigan subiendo, con el resultado de que decenas de millones de pobres pasen hambre, escasean los gobiernos que estarían dispuestos a anteponer sus eventuales sentimientos solidarios a sus propios intereses concretos, de suerte que fue de prever que el ministro de Economía, Amado Boudou, reaccionara con indignación frente al planteo del mandatario galo. Según Sarkozy, las revueltas que están convulsionando a buena parte del mundo árabe se deben no sólo al deseo de contar con más libertad sino también al aumento rápido del costo de vida en los países afectados. Aunque cuando de los problemas del mercado internacional de commodities se trata, Francia dista de ser inocente, ya que desde hace décadas defiende con tenacidad la política agrícola común europea que, además de suponer subsidios gigantescos para los agricultores galos, ha ocasionado graves perjuicios a sus equivalentes del resto del mundo, incluyendo, desde luego, a los de la Argentina, puede entenderse la preocupación que siente Sarkozy. No es nada fácil estimar la incidencia del aumento del precio del trigo y otros commodities en el drama árabe, pero con toda seguridad ha contribuido mucho al malestar. Asimismo, existe el peligro de que la incapacidad de los futuros regímenes –militares o, de resultar tener razón los optimistas, democráticos– de países como Egipto, para mejorar la realidad económica sirva para brindar oportunidades a movimientos sectarios que no tienen ningún interés en ver que se consolidan los esquemas pluralistas que están reclamando los jóvenes que creen estar hablando en nombre de quienes se han rebelado contra las dictaduras de la región. Los esfuerzos de los gobiernos del G20, una organización a la que pertenece la Argentina que se improvisó en medio de la crisis financiera de la segunda mitad del 2008, por reformar la arquitectura económica mundial, ya se han visto frustrados por las divisiones. Lo que convendría a algunos países sería costoso para otros. Por lo tanto, es lógico que China haya repudiado la idea de hacer algo a fin de reducir los desequilibrios financieros, puesto que ha logrado acumular un superávit comercial enorme sobre la base de una moneda subvaluada. También lo es que la Argentina y Brasil sean partidarios de un mercado libre para los commodities, aunque es de suponer que, en el caso no muy probable de que los precios cayeran abruptamente, sus voceros modificarían su opinión para apoyar medidas destinadas a mantenerlos elevados. Podría argüirse que a la larga no sería de nuestro interés que el malestar que se ha difundido por todos los países de África del Norte y el Oriente Medio, sobre todo los no petroleros como Túnez y Egipto, diera pie a un período prolongado de inestabilidad, lo que plantearía el riesgo de guerras en gran escala que tendrían un impacto muy fuerte en el resto del mundo, pero en vista de que es imposible prever el curso futuro de la crisis que está en marcha, todos los gobiernos seguirán privilegiando el corto plazo. Por fortuna, merced a la gestión de Carlos Menem, la presidenta Cristina aún cuenta con un foro clave, el del G20, en el que puede defender los intereses nacionales, aunque corre el riesgo de que los demás integrantes, entre ellos Estados Unidos, lleguen a la conclusión de que convendría reemplazarlo por una agrupación que reflejara mejor la realidad económica y política del mundo actual, no la de cuando la Argentina era considerada un “país emergente” tan promisorio como Brasil.


Como todos los demás gobiernos del mundo, el encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está a favor de la regulación severa en ciertos ámbitos económicos y en contra de cualquier intento de intervenir en el mercado en otros en los que el país cuenta con ventajas. Así, pues, en la reunión de ministros de Finanzas y directores de bancos centrales que se celebró en París, nuestros representantes se opusieron con firmeza al control de los precios de los commodities, en especial los agropecuarios, que están impulsando el presidente francés Nicolas Sarkozy y el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, quienes se sienten alarmados por el impacto del alza vertiginosa que ha experimentado el costo de nutrirse adecuadamente. Si bien no es demasiado progresista querer que los precios de los alimentos sigan subiendo, con el resultado de que decenas de millones de pobres pasen hambre, escasean los gobiernos que estarían dispuestos a anteponer sus eventuales sentimientos solidarios a sus propios intereses concretos, de suerte que fue de prever que el ministro de Economía, Amado Boudou, reaccionara con indignación frente al planteo del mandatario galo. Según Sarkozy, las revueltas que están convulsionando a buena parte del mundo árabe se deben no sólo al deseo de contar con más libertad sino también al aumento rápido del costo de vida en los países afectados. Aunque cuando de los problemas del mercado internacional de commodities se trata, Francia dista de ser inocente, ya que desde hace décadas defiende con tenacidad la política agrícola común europea que, además de suponer subsidios gigantescos para los agricultores galos, ha ocasionado graves perjuicios a sus equivalentes del resto del mundo, incluyendo, desde luego, a los de la Argentina, puede entenderse la preocupación que siente Sarkozy. No es nada fácil estimar la incidencia del aumento del precio del trigo y otros commodities en el drama árabe, pero con toda seguridad ha contribuido mucho al malestar. Asimismo, existe el peligro de que la incapacidad de los futuros regímenes –militares o, de resultar tener razón los optimistas, democráticos– de países como Egipto, para mejorar la realidad económica sirva para brindar oportunidades a movimientos sectarios que no tienen ningún interés en ver que se consolidan los esquemas pluralistas que están reclamando los jóvenes que creen estar hablando en nombre de quienes se han rebelado contra las dictaduras de la región. Los esfuerzos de los gobiernos del G20, una organización a la que pertenece la Argentina que se improvisó en medio de la crisis financiera de la segunda mitad del 2008, por reformar la arquitectura económica mundial, ya se han visto frustrados por las divisiones. Lo que convendría a algunos países sería costoso para otros. Por lo tanto, es lógico que China haya repudiado la idea de hacer algo a fin de reducir los desequilibrios financieros, puesto que ha logrado acumular un superávit comercial enorme sobre la base de una moneda subvaluada. También lo es que la Argentina y Brasil sean partidarios de un mercado libre para los commodities, aunque es de suponer que, en el caso no muy probable de que los precios cayeran abruptamente, sus voceros modificarían su opinión para apoyar medidas destinadas a mantenerlos elevados. Podría argüirse que a la larga no sería de nuestro interés que el malestar que se ha difundido por todos los países de África del Norte y el Oriente Medio, sobre todo los no petroleros como Túnez y Egipto, diera pie a un período prolongado de inestabilidad, lo que plantearía el riesgo de guerras en gran escala que tendrían un impacto muy fuerte en el resto del mundo, pero en vista de que es imposible prever el curso futuro de la crisis que está en marcha, todos los gobiernos seguirán privilegiando el corto plazo. Por fortuna, merced a la gestión de Carlos Menem, la presidenta Cristina aún cuenta con un foro clave, el del G20, en el que puede defender los intereses nacionales, aunque corre el riesgo de que los demás integrantes, entre ellos Estados Unidos, lleguen a la conclusión de que convendría reemplazarlo por una agrupación que reflejara mejor la realidad económica y política del mundo actual, no la de cuando la Argentina era considerada un “país emergente” tan promisorio como Brasil.

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