Los que sobran
SEGÚN LO VEO
Habrá acertado el norteamericano Francis Fukuyama -el de “El fin de la historia”- cuando, para indignación de quienes lloraban sobre el cadáver del comunismo soviético recién fallecido, dio a entender que era inconcebible un orden político superior al ofrecido por la democracia liberal. Así y todo, reconoció que los méritos principales del esquema así supuesto le juegan en contra. A la larga, la libertad plantea desafíos que pocos están en condiciones de superar, pero el sistema que rige en el mundo desarrollado se basa en la convicción de que todos serán capaces de hacerlo.
En sociedades comprometidas con la tolerancia mutua y el pluralismo, a cada individuo le corresponde crear su propio proyecto de vida sin que nadie tenga derecho a obligarlo a modificar su conducta o creencias a menos que violen las reglas necesarias para la convivencia pacífica. Se trataría del triunfo definitivo de aquellos pensadores que, desde hace más de dos milenios, luchaban por la libertad intelectual y que, póstumamente, encontraron su lugar en el panteón occidental, hombres como Sócrates, Voltaire y otros pocos que, en su momento, se habían rebelado contra el abrumador consenso oscurantista.
Hasta hace apenas medio siglo tales rebeldes conformaban una minoría reducida, pero entonces comenzaban a soplar vientos libertarios que pronto adquirirían la fuerza suficiente como para derribar casi todas las barreras tradicionales. El resultado ha sido paradójico. En la actualidad, parecería que hay más rebeldes, jóvenes y no tan jóvenes que se enorgullecen de su propio coraje y se consideran herederos de los héroes de un pasado autoritario cuando disentir sí era peligroso, que defensores de lo que en tiempos idos se suponía eran los pilares de una sociedad sana. Lejos de correr el riesgo de terminar en la hoguera o un campo de concentración por despreciar los símbolos de credos antes hegemónicos, en el Occidente por lo menos los autoproclamados contestatarios más furibundos se ven festejados por los guardianes del orden establecido que rinden homenaje a su valentía como si los tomaran por mártires milagrosamente resucitados.
¿Podrá mantenerse indefinidamente un orden social en que se exalta el disenso? Hay motivos para dudarlo. Es probable que estemos en vísperas de una reacción contra la libertad que, a menudo, viene acompañada por la indiferencia y por el relativismo. En muchos países, acaso en todos, la frustración de quienes se sienten abandonados a su suerte está alimentando distintas formas de colectivismo, de la “política de la identidad”, algunas de características izquierdistas, otras, entre ellas la islamista, afines a la derecha extrema, aunque tales diferencias importan menos que lo que tienen en común. Si bien algunos movimientos incipientes se aferran, verbalmente por lo menos, al pacifismo combativo, los líderes de otros fantasean con una guerra apocalíptica contra el resto del mundo. De éstos, el más notorio es el Estado Islámico, un ejército cosmopolita improvisado cuya brutalidad sin límites ha seducido a miles de voluntarios procedentes no sólo de los países musulmanes sino también de Europa, América del Norte e incluso China, pero no sorprendería que pronto surgieran otros de signo muy diferente.
La evolución de la economía, tanto en los países avanzados como en los demás, no ayuda. Ya es demasiado exitosa; puede producir más y más prescindiendo de los servicios de una proporción cada vez mayor de obreros, oficinistas y ejecutivos que, hasta hace poco, cumplían funciones esenciales y por lo tanto bien remuneradas. De seguir progresando la tecnología industrial a la velocidad frenética prevista, la proliferación de impresoras 3D y otros artefactos robóticos que dependen de la informática asestará otro golpe mortífero al empleo masivo. En países como Estados Unidos, el Reino Unido y Alemania, donde la tasa de desocupación es baja, los empleos nuevos suelen ser menos exigentes y peor pagados que los que reemplazan. Como consecuencia, están ampliándose las brechas que se dan entre distintos segmentos de la clase media, lo que, huelga decirlo, motiva el rencor de quienes se dan cuenta de que no les será dado alcanzar sus objetivos personales, por modestos que sean. Sienten que la sociedad no los necesita, que sobran, y a menudo quieren desquitarse.
Tampoco ayuda la evolución de la cultura que, en todas partes, se ha hecho más populista y más comercial. La convivencia, para no decir colaboración, de la izquierda contestataria, enemiga declarada del “elitismo” de generaciones anteriores, con empresarios interesados en promocionar mediocridades que, por un rato muy breve, pueden satisfacer las exigencias del mercado es una de las muchas paradojas del mundo actual. La demolición de las viejas jerarquías culturales en nombre del igualitarismo -el de cambalache, se entiende- ha perjudicado a todos, sin excluir a quienes conforman la izquierda pensante. Como señaló hace un par de días el novelista español Arturo Pérez Reverte: “Cuando no tienes mecanismos culturales de defensa estás desnudo; llega el demagogo de turno -no pongas nombres, quien sea- y te lleva al huerto. Al demagogo no le interesa educar. A los analfabetos, cuanto más fútbol televisado les des, más atrapados los vas a tener. La cultura es el único antídoto contra la barbarie”.
Desarmadas culturalmente y sin “salida laboral” digna a la vista, decenas de millones de personas inteligentes se encuentran en una especie de limbo. Rebelarse les parece inútil, ya que los políticos más poderosos, como aquellos ministros de Economía que nunca llevan corbata, y los magnates más ricos del planeta que se visten como estudiantes también se creen rebeldes contra el orden que regentean. Todos se imaginan protagonistas de una lucha por algo que ya fue. Son como generales jubilados que, acariciando sus recuerdos, repiten una y otra vez las batallas de antaño sin querer saber nada de lo que ha sucedido a partir de entonces o sentir mucho interés por lo que podría suceder en el futuro.
Es por lo tanto comprensible que el malestar se haya apoderado no sólo de los muchos griegos, italianos y españoles que están dispuestos a votar a favor de virtualmente cualquier alternativa, por extravagante que fuere, al statu quo, sino también, aunque son reacios a confesarlo, de los políticos que, con escasas excepciones, se preocupan más por sus propias perspectivas electorales que por el destino de las sociedades que se proponen liderar. Como el que más, quieren encontrar una alternativa que sea a un tiempo distinta de la democracia liberal y compatible con ella, pero, a juzgar por lo que dicen, ninguno tiene la menor idea de lo que podría ser.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON
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