Los que volvieron,
los que se quedaron…
En la década de los 80, cuando era un joven y cada mañana salía de casa para ir al colegio donde estudiaba, allá en Chile, me detenía un segundo para contemplar esa enorme muralla blanca llamada cordillera de los Andes, que cortaba mi horizonte y que, a la vez, despertaba mi curiosidad e imaginación. De saber, de percibir, y quería estar del otro lado. Solo tenía un vago conocimiento de aquellos lugares que, a través de los tangos que escuchaba mi viejo en sus momentos de ocio, me describían de alguna manera un país distinto a través de las canciones de un tal Gardel, un “Polaco”, un “Maestro” de apellido Pugliese.
Hasta que el día menos pensado, de la noche a la mañana, me vi obligado a viajar a la Argentina, como tantos otros compatriotas, cada uno cargando su mochila a cuestas llena de historias, recuerdos, sueños, de esperanza, rotos abruptamente por una dictadura que gobernaba nuestro país, Chile.
Este viaje me trajo hasta la ciudad de General Roca, lugar que no conocía, con apenas unos datos: una dirección, un nombre por quien preguntar al llegar, un tal Jorge.
De a poco, junto a un grupo de compatriotas con inquietudes parecidas, nos comenzamos a reunir todos los sábados en las aulas de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad del Comahue, en el Comité Chile Democrático. Lugar desde donde se reclamaban y denunciaban los actos de barbarie que sufría Chile bajo la dictadura de Augusto Pinochet.
Allí convergían diferentes ideologías políticas y movimientos sociales de Chile. Íbamos todos detrás de un objetivo claro, preciso, una sola bandera: que se fuera el dictador Augusto Pinochet. La consigna, democracia ahora.
Solidaridad realizada de diferentes maneras, a través de la cultura, la música el arte, los foros políticos, las movilizaciones hacia el consulado de Neuquén. Siempre acompañados en cada jornada por varios partidos políticos argentinos y movimientos sociales de la ciudad. Todas las actividades que se realizaban en el comité Chile Democrático se difundían a través de un folleto que realizábamos un grupo especial que se llamaba El Copihue, donde se daban a conocer los horrores que pasaban en Chile y las actividades que íbamos a realizar en la ciudad. Caminábamos los barrios donde vivían los compatriotas y pedíamos alguna colaboración para seguir con el folleto. Peñas solidarias acompañados por los músicos de la ciudad. Realizamos viajes a Neuquén para ver los recitales de Quilapayún, Silvio Rodríguez, Serrat, artistas que solidarizaban con nuestro país y que, a la vez, estaban prohibidos por la dictadura de Pinochet.
Un trabajo solidario que hasta el día de hoy marcó un antes y un después en muchos compatriotas que participaron. Muchos de ellos, al retornar la democracia en Chile, decidieron volver. Otros dejaron sus restos y recuerdos y se quedaron acá.
De mejor manera lo describe el grupo Illapu con su tema “Vuelvo”. Añoranza, deseos de miles que partieron obligados de nuestro país de volver alguna vez a reencontrarse con sus sueños. Sus amigos, con todo lo que quedó atrás por años de exilio.
De aquella partida van varias décadas y acá me encuentro, acá estoy y acá nos quedaremos, como muchos extranjeros arraigados en esta extensa Patagonia que nos ha recibido, donde hemos sido parte de la construcción de su historia, de sus costumbres que se nos fueron impregnando. Como el mate, que ya conocía pero aquí aprendí que se tomaba en ronda, como una manera de compartir la amistad, los asados, el amor, la familia, los hijos.
(*) Vicepresidente del Centro de Residentes Chilenos Violeta Parra en Roca. Participó de la iniciativa Chile Democrático
Recuerdos de Chile Democrático en Roca
Germán Gutiérrez
germangutierrez_65@hotmail.com
En la década de los 80, cuando era un joven y cada mañana salía de casa para ir al colegio donde estudiaba, allá en Chile, me detenía un segundo para contemplar esa enorme muralla blanca llamada cordillera de los Andes, que cortaba mi horizonte y que, a la vez, despertaba mi curiosidad e imaginación. De saber, de percibir, y quería estar del otro lado. Solo tenía un vago conocimiento de aquellos lugares que, a través de los tangos que escuchaba mi viejo en sus momentos de ocio, me describían de alguna manera un país distinto a través de las canciones de un tal Gardel, un “Polaco”, un “Maestro” de apellido Pugliese.
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