Los tiempos se aceleran

Por Redacción

Los sistemas presidencialistas funcionarían mejor si los ciclos políticos se adecuaran al calendario electoral, pero tanto en nuestro país como en Estados Unidos, Francia y otros no suelen hacerlo, de ahí la aparición frecuente de “patos rengos” en el escenario internacional. Si bien aún queda un año y medio para la próxima elección presidencial prevista por la Constitución, los aspirantes a suceder a Cristina Fernández de Kirchner en la Casa Rosada ya están en campaña. Para algunos integrantes del gobierno nacional, el que la carrera haya comenzado tan prematuramente sin la participación de un delfín oficialista podría ser motivo de alivio, porque no tienen que preocuparse por el eventual impacto electoral de las medidas que se vean obligados a tomar, pero también socava la autoridad de la presidenta, lo que en una sociedad que se ha acostumbrado a dejar todo en su manos podría resultar peligroso. De difundirse la sensación de que el país está virtualmente acéfalo, propenderán a multiplicarse las divisiones entre los diversos sectores, como en efecto ya está ocurriendo. Las diferencias territoriales están haciéndose sentir cada vez más; Cristina y miembros de su círculo áulico se han habituado a tratar a la provincia de Santa Fe como si fuera un país extranjero gobernado por socialistas “de derecha”, San Luis y la capital federal se independizaron hace tiempo y parecería que la provincia de Buenos Aires está por hacerlo al declarar el gobernador el estado de emergencia por la seguridad sin el aval de los kirchneristas. Asimismo, el grueso del peronismo está alejándose de Cristina por entender los compañeros que no les convendría compartir con los kirchneristas los costos políticos de una gestión fracasada. Ningún país, ni siquiera uno considerado fenomenalmente estable, puede darse el lujo de prescindir de un gobierno central auténtico sin correr riesgos muy graves. Por ser la Argentina uno que desde hace muchas décadas oscila entre el autoritarismo excesivo y un grado de laxitud suicida, la erosión rápida de la autoridad del Poder Ejecutivo nacional es motivo de preocupación. La voluntad de buena parte del electorado y de la clase política de permitirle a Cristina actuar como una monarca se debió precisamente a la convicción de que lo que el país necesitaba era un gobierno “fuerte”, algo que a juicio de muchos equivale a uno unipersonal, pero sucede que en el mundo moderno la fortaleza relativa de los gobiernos depende de la de las instituciones. Así las cosas, fue de prever que, andando el tiempo, el esquema de democracia simplificada instalado por los kirchneristas con la aprobación mayoritaria resultaría ser precario. A partir de la derrota sufrida por el oficialismo en las elecciones legislativas del año pasado, se ha modificado tanto el panorama político que al gobierno y a los partidos opositores principales les cuesta adaptarse mentalmente al cambio que ya está en marcha y que tenderá a acelerarse en los meses venideros. Como siempre sucede cuando un orden determinado está desmoronándose antes de que el siguiente haya podido consolidarse, está ampliándose la brecha que separa a la clase política del resto de la ciudadanía. Con la posible excepción de Mauricio Macri, los dirigentes opositores que nunca han comulgado con el kirchnerismo no han logrado merecer la confianza de más de una minoría. Por lo tanto, los precandidatos más promisorios son el exjefe de Gabinete de Cristina, Sergio Massa, y el exvicepresidente y actual gobernador Scioli que, a diferencia de su rival, se resiste a romper abiertamente con el gobierno pero que claramente tiene ideas políticas muy diferentes de las reivindicadas por los voceros del oficialismo. A su modo, ambos bonaerenses ofrecen cierto continuismo, pero de agravarse los muchos problemas enfrentados por el país, les sería forzoso reclamar cambios más radicales que los insinuados hasta ahora. Sea como fuere, sorprendería mucho que la fase final de la gestión de Cristina resultara ser tan tranquila como todos los opositores dicen querer. Para gobernar de forma aceptable, la presidenta tendría que contar con autoridad moral, pero en el transcurso de sus casi siete años en la Casa Rosada ha cometido tantos errores que ya es demasiado tarde como para recuperarla procurando hacer buena letra.

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