Los torturadores han ganado en Venezuela





Francisco Toro *


Desde su brutalidad desenfrenada, el régimen ha logrado su objetivo: ha roto la voluntad de los venezolanos y su capacidad para defenderse.


Alguien en el poder sospecha de ti. Por ende, un día, te recogen en la calle. Sería errado decir que fuiste “arrestado”, ya que un arresto es un proceso legal. Eso no fue lo que te sucedió. A ti simplemente te agarraron unos hombres armados y te arrastraron a una casa en las afueras de tu ciudad. No es en realidad una cárcel o algún edificio público conocido. Es solo un viejo almacén, lo suficientemente remoto como para que nadie te escuche gritar.

Comienza el interrogatorio. Te golpean salvajemente, con un bate de béisbol o con objetos afilados. Quizás tienes algunos huesos rotos, quizás haya daño a un órgano interno. Las esposas que tienes están tan ajustadas que te cortan las muñecas. Quizás te intentan ahogar con agua y una toalla (tortura del “submarino”) o asfixiar con alguna sustancia tóxica. O te ponen en una posición dolorosa, o te someten a una fuerte iluminación constante, o a un aislamiento en una habitación oscura por días, sin acceso a un baño. Quizás te obligan a permanecer desnudo, o te amenazan con violarte, o quizás incluso te violan. Te amenazan con asesinarte o asesinar a miembros de tu familia.

Nadie sabe dónde estás mientras esto pasa, y el interrogatorio no se detiene.

Estos son algunos de los descubrimientos de los principales investigadores de derechos humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), quienes analizaron lo que ha sucedido en Venezuela desde 2014. Los testimonios detallados de torturas en centros de detención clandestinos parecen informes extraídos de los días más oscuros de las dictaduras militares de derecha en América del Sur en los 70.

Sus víctimas son los enemigos, reales o imaginarios, del régimen de extrema izquierda de Nicolás Maduro.

El informe de 411 páginas de la misión independiente de investigación del Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre la República Bolivariana de Venezuela alterna entre lo laboriosamente burocrático y lo desgarrador. Escrito con el tono mesurado y cuidadoso de investigadores internacionales de derechos humanos, tiene un lenguaje legal y escrupuloso al informar solo lo que puede demostrarse. Sus conclusiones son devastadoras: el presidente venezolano y su círculo interno dieron órdenes y aportaron recursos para detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones y ejecuciones extrajudiciales. Estos actos constituyen “crímenes de lesa humanidad”.

Las denuncias de tortura son perturbadoras. A los investigadores de la ONU les cuesta creer que las principales autoridades hayan ignorado lo sucedido. “Estas acciones se realizaron en docenas de destacamentos militares y policiales”, dice el reporte. “Se repitieron durante años, en especial en 2014 y 2017. No fueron incidentes aislados, ejecutados por individuos que actuaban solos y sin órdenes. Fueron de carácter continuo e implicaron la cooperación, por acción u omisión, de muchos agentes del Estado en diferentes niveles”.

Por años, me preocupó que la democracia estuviera muriendo lentamente en el país en el que nací y crecí. Pero lo que Venezuela está viendo en la actualidad es algo mucho más oscuro: no es solo la “desconsolidación democrática”, sino la consolidación de un Estado policial. Durante dos décadas, los activistas venezolanos han trabajado duro para evitar la consolidación de este, el peor escenario posible.

Hemos protestado, caceroleado, marchado, firmado peticiones, votado en elecciones, boicoteado elecciones, escrito columnas, enfrentado gases lacrimógenos. Hemos tomado riesgos. Algunos han terminado encarcelados, exiliados, torturados, o peor. Hemos luchado como locos para evitar que pase lo que ha pasado.

No fue suficiente.

A través de su brutalidad desenfrenada, el régimen logró su objetivo: ha roto la voluntad de los venezolanos y su capacidad para defenderse. La oposición política está dividida, marginada e impotente. Los jóvenes que deberían estar en el centro de cualquier manifestación contra el régimen han huido en su mayoría, o han sido sometidos a golpes.

Comprenderlo es horrendo, pero los hechos hablan por sí solos. En Venezuela, ganaron los maleantes. El régimen está consolidado. Que eso nos repugne no lo hará menos cierto. Las implicaciones de esta sombría constatación son insoportables, pero ya no tiene ningún sentido resistirse a ellas. La política de sanciones de Estados Unidos, construida bajo la teoría de que incrementarle la presión económica al régimen provocaría su caída, ha sido desvirtuada por los hechos. Las sanciones de Estados Unidos no hacen otra cosa que profundizar la miseria de un pueblo que ya de por sí está bastante brutalizado por su propio gobierno. Las sanciones deben ser levantadas, no porque eso acelerará la caída del régimen −es probable que en este punto nada logre hacerlo−, sino porque no sirven para nada y lastiman a las personas que buscan defender.

En un mundo justo, los torturadores y asesinos que destruyeron Venezuela serían enjuiciados y sentenciados. Pero ese no es el mundo en el que vivimos. En este mundo, ganaron los maleantes.

* Periodista venezolano y cientista político. Servicio The Washington Post


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