Los trabajadores de la montaña que hacen que la nieve sea un placer

Un patrullero, una instructora, un reparador de esquíes y un sillero cuentan cómo es el detrás de escena del cerro que convoca a miles de turistas. Desde hoy, Bariloche lo celebra con la 49ª Fiesta Nacional con shows, música y una pista de patinaje gratuita en plena ciudad.





Mario recorre las pistas y socorre a quienes lo necesitan. Es el último en irse del catedral. Foto: Alfredo Leiva

Mario recorre las pistas y socorre a quienes lo necesitan. Es el último en irse del catedral. Foto: Alfredo Leiva

La nieve atrapa, ilusiona, enamora. Es parte de la vida de muchos barilochenses nacidos y criados o venidos y quedados. Por eso, desde hace casi medio siglo, Bariloche encontró en la nieve un buen motivo para festejar y cada invierno, la Fiesta Nacional de la Nieve es un atractivo.

Hoy contamos cuatro historias de oficios y profesiones de la nieve que hacen posible su disfrute.

Mario, el guardián de la montaña

Mario Ruiz nunca pensó llegar a amar la nieve. Nacido en el corazón de Bariloche, en la zona de Brown y Beschtedt, donde hace décadas terminaba el pueblo, veía lejano el cerro Catedral. Pero a los 18, sin saber esquiar, comenzó a trabajar en la montaña. Llegó a detestar sus tareas iniciales de limpieza y mantenimiento: “tenía que palear todos los días una plataforma”, recordó. El sol llegó cuando ingresó a la patrulla, el equipo encargado de la seguridad en la nieve, los llamados “guardianes” de la montaña.

Con la radio siempre pegada al oído, para estar atento a las emergencias, recorre la montaña todo el día. Aprendió a esquiar al ingresar a la patrulla, a los 20 años y desde entonces no se bajó más de las tablas, mientras dura la nieve.

Mario comanda la patrulla que en invierno tiene 35 personas. “Nunca pensé en mi vida trabajar en Catedral y ahora, 30 años después, es lo mejor que me pasó”, dijo.

La nieve es parte de mi vida, no me veo en otro lugar ni haciendo otra cosa; y el día que ya no trabaje, creo que me voy de Bariloche

Mario Ruiz, patrullero desde hace 30 años.

“El día comienza siempre igual pero no sabés cómo va a terminar”, contó. Los patrulleros suben temprano, cuando aún no amanece, recorren todas las pistas, miden las condiciones de la nieve, los riesgos de avalancha y dan el OK para que comience el día de esquí. Mientras los turistas disfrutan, ellos asisten a los esquiadores ante cualquier emergencia, y los evacúan si es necesario. Y cuando termina la jornada “bajamos barriendo toda la montaña por si quedó alguno perdido en alguna pista”.

Este hombre de 49 años se emociona cuando recuerda entre sus peores días, aquel del año 2000 cuando una avalancha en la zona de Punta Princesa provocó la muerte dos amigos suyos, que eran maquinistas del cerro. ¿Qué significa la nieve? “es parte de mi vida, no me veo en otro lugar ni haciendo otra cosa y el día que ya no trabaje acá va a ser muy duro, creo que me voy de Bariloche”, afirmó.

Dolores, la mujer que durante años vivió solo en invierno

Su papá aprendió a esquiar con Otto Meiling, un legendario de la montaña en Bariloche, y con este antecedente Dolores Poodts no pudo escapar al destino de convertirse en esquiadora a los 6 años. Una niña precoz en las tablas en tiempos donde no era común.

“A mi papá le gustaba esquiar, somos de Buenos Aires y veníamos a Bariloche todos los inviernos. Creo que él nos enganchó a todos en la familia”, recordó Dolores que hoy viste la indumentaria de la escuela Fire on Ice donde enseña los secretos y las técnicas del esquí. Dolores tiene la sonrisa marcada en el rostro de forma permanente. Su trabajo le genera satisfacción y eso que ahora lo hace solo en la temporada invernal de Bariloche. El resto del año cambia de rubro para dedicarse a la cuestión inmobiliaria.

Dolores estudió en Boston Ciencias Políticas, pero prefirió el esquí. Foto: Alfredo Leiva

Durante décadas vivió en invierno, con dobles temporadas como instructora y entrenadora, en Catedral y también en Andorra y en Estados Unidos. “No pensaba ser instructora. Durante muchos años competí, integré el equipo de facultad en Boston donde estudié Ciencias Políticas. Cuando terminé la facultad vine en mis ‘últimas vacaciones’ antes de ponerme a trabajar y unos amigos estaban haciendo el curso de instructor, y empecé yo también”, rememoró.

La nieve me relaja, si salgo a esquiar [por fuera del trabajo] tiene que ser un día lindo, con sol y con amigos. Así lo disfruto

Dolores Poodts, instructora de esquí desde hace 27 años en el catedral.

Dolores nunca ejerció su carrera de politóloga pero sí se profesionalizó en el esquí. Compitió, participó de mundiales y representó a la Argentina.

En su función de docente del esquí, tarea que realiza desde hace 27 años, transmite que “lo más importante es la seguridad pero también disfrutar y aprender a esquiar sin cansarse. La idea es que puedan esquiar en distintas condiciones de nieve y el que aprende en Catedral después puede esquiar en cualquier lado porque esta montaña es muy exigente”.

La nieve es parte de su vida y Dolores no piensa alejarse de ella. “La nieve me enamora y me sigue impactando como la primera vez”.

Omar, las manos que dejan a punto los esquíes

“Soy nacido y criado en la nieve. Se disfruta y jode también, como a todos los barilochenses en el pueblo, pero en el cerro es trabajo”, resumió Omar Vera del otro lado de la máquina alemana que desde mayo está prácticamente encendida todo el día para dejar a punto miles de esquíes que pasan por sus manos.

El oficio del reparador de esquíes se aprende con la práctica pero tiene también sus mañas y secretos. Omar sabe de eso porque desde hace 24 años ejerce esta tarea en Travesía, un tradicional rental de la base del cerro, frente a la plaza Catalina Reynal.

De chico, Omar veía el perfil del Catedral desde lejos. Hoy es un experto reparador de tablas. Foto: Alfredo Leiva

Además de la reparación, tenés mucho contacto con la gente, conocés cosas que traen de otros lados, se genera un vínculo

Omar Vera, reparador de tablas de esquí desde hace 24 años.

Como muchos trabajadores de la nieve, Omar miraba de lejos la silueta del Catedral desde el barrio Alborada y no sabía esquiar cuando llegó al cerro a trabajar. Ahora su vínculo con los esquíes es tan estrecho que cada tanto, cuando el tiempo lo permite, esquía.

Alrededor de Omar hay decenas de tablas que esperan su turno para ser reparadas o enceradas. La cera es una de las tareas habituales porque es necesaria para el buen deslizamiento en la nieve y se coloca con una especie de plancha caliente. Después de grandes nevadas se exige mucha cera, por eso con el temporal de hace algunos días el trabajo creció.

“Lo más común es que dejen los esquíes una tarde cuando bajan y se los tenemos listos para el día siguiente. Se acondicionan los cantos, la base que queda afectada por el cambio de pista, las rayas”, relató.

En un día con mucho trabajo repara 30 pares de esquíes. Los clientes se repiten y hay algunos que regresan cada temporada. Cada tanto alguno sorprende con esquíes antiguos, las tablas rectas y largas, que fueron un clásico de otra época y que ahora quieren reparar y probar. Son nuevos desafíos para Omar.

Darío, el responsable de que miles suban a la montaña

Cuando Darío Tarragona vio por televisión aquel programa de “La aventura y el hombre” que emitía un paisaje de ensueño con el río Limay y la balsa Maroma de protagonistas, quiso mudarse desde Temperley y traer a su familia a vivir a la región.

Llegó a Bariloche en 1998. “Veía el cerro de lejos, lo conocía como turista hasta que un día a través del padrino de mi hijo empecé a vincularme con la montaña”, relató.

En 2006 Darío comenzó a trabajar en el cerro. Empezó como ayudante en la base y de inmediato se produjo una vacante en las sillas: “Me dijeron: ‘tenemos un lindo desafío para vos’, y acá estoy”, dijo el hombre de 46 años que es jefe de sector de Plaza, encargado del mantenimiento de sillas.

Los silleros comienzan la jornada cuando aún está oscuro. Foto: Alfredo Leiva

A Darío le “gustan los fierros”, es técnico electromecánico y el desafío que le propusieron con poco más de 30 años para trabajar con medios de elevación, fue grande, pero lo asumió con interés y ganas de aprender. Los “silleros” como se los conoce en la jerga del cerro, comienzan su jornada cuando todavía está oscuro y al cerrar, son los últimos en bajar, luego de que los patrulleros avanzan cerrando las pistas.

Estábamos arriba con otro compañero el día que estalló el volcán y dijimos mirá qué tormenta rara. Después empezaron a caer piedras

Darío Tarragona, jefe de sector de Plaza, encargado del mantenimiento de sillas.

El 4 de junio de 2011 quedó marcado en su memoria. “Estábamos arriba con otro compañero el día que estalló el volcán y dijimos mirá qué tormenta rara. Después empezaron a caer piedras así que esperamos que baje la última persona del público y cerramos la silla. Al día siguiente no trabajamos, fue un domingo, y el lunes ya estábamos otra vez en la montaña, limpiando los cables porque nadie sabía qué consecuencias traían las cenizas”, contó.

Para él, estar en el cerro es como estar en casa y los compañeros de silla son parte de sus amistades. “Con la nieve no tenía vínculo, aprendí a esquiar en la montaña como el 90% de los que trabajamos acá. Fue divertido y doloroso también”, señaló en alusión a los primeros golpes.

Hoy cree que la nieve lo terminó “atrapando” y piensa para el día de su retiro cumplir un sueño: esquiar a primera hora, con las pistas impecables, recién pisadas, sin ninguna huella.


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