Luces y sombras
De acuerdo común, en la final del Mundial de Fútbol la selección nacional jugó muy bien, con un poco de suerte pudo haber derrotado a la de Alemania, frente a la cual perdió por una diferencia mínima en el alargue, y por lo tanto mereció plenamente el homenaje que le brindaron, luego de la derrota, las muchedumbres que se habían concentrado en distintos puntos del país. Lo que nadie mereció, en cambio, fue el estallido de vandalismo que hizo de zonas de la Capital Federal, Córdoba y La Plata campos de batalla al dedicarse bandas nutridas de encapuchados a saquear comercios, destruyendo algunos, robar a quienes se encontraban en su camino y atacar a aquellos policías que se animaban a intervenir en un esfuerzo vano por restaurar un simulacro de orden. Así, pues, mientras decenas de miles de personas festejaban las proezas de los deportistas que, al fin y al cabo, habían conquistado el subcampeonato mundial, lo que no es poca cosa, otras que, según se informa, en muchos casos pertenecen a las notorias barrabravas que pululan en las grandes ciudades, aprovecharon la ocasión para provocar desmanes violentos. ¿Hubieran actuado de otro modo de haber triunfado la selección nacional? Por desgracia, no hay demasiados motivos para creerlo. A esta altura, no sería realista atribuir la conducta de los vándalos a nada más que al rencor ocasionado por un revés deportivo. Desde hace muchos años la ciudadanía convive con el temor a que en cualquier momento podrían producirse estallidos sociales. En diciembre pasado, una serie de motines policiales se vio acompañada por una ola alarmante de saqueos en la que participaron bandas organizadas de sujetos que no eran “excluidos” que reclamaban comida sino delincuentes comunes resueltos a apoderarse de televisores y otros bienes comercializables. Como acaba de recordarnos lo que ocurrió la noche del domingo, la violencia colectiva podría irrumpir nuevamente sin que haya razones evidentes. Mal que nos pese, en el país abundan los inadaptados que se sienten con derecho a ensañarse con los demás, protagonizando disturbios brutales como aquellos con los que reaccionaron frente a lo que, para la mayoría, fue una oportunidad para hacer gala de su dignidad. Que éste sea el caso es en cierto modo comprensible en una sociedad en la que se ha hecho habitual culpar, desde el poder, a la mayoría por la marginación de quienes dependen de subsidios repartidos según criterios clientelistas, insinuando que los “excluidos” son forzosamente víctimas de los prejuicios ajenos. La idea de que en el fondo el delito es consecuencia de la falta de justicia social ha calado muy hondo, sobre todo entre quienes insisten, paradójicamente, en que nunca se debería “criminalizar la pobreza”. Huelga decir que tal actitud no contribuye a atenuar el problema planteado por la presencia de millones de personas que sobreviven como pueden sin participar de la economía formal. Antes bien, lo agrava, ya que una eventual solución, por parcial que fuera, dependería en buena medida de los esfuerzos de los rezagados mismos que no necesitan la solidaridad de políticos o activistas deseosos de aprovechar las lacras sociales existentes sino más oportunidades para abrirse camino. Es difícil ser optimista. Todo hace prever que la situación económica continuará deteriorándose, que los ingresos de la mayoría se reducirán en los meses próximos a causa de la inflación, que aumentará el desempleo y que se multiplicarán los conflictos sociales, lo que de por sí creará un clima de intranquilidad propicio para sujetos como aquellos que hicieron de lo que de otro modo hubiera sido una celebración popular un episodio sumamente preocupante. Parecería que no era cuestión de un brote de violencia espontáneo sino de ataques que fueron organizados por individuos resueltos a encontrar pretextos para castigar a aquellos sectores sociales que no comparten sus valores primitivos. De ser así, se trataba de un incidente sintomático que se verá seguido por otros parecidos, ya que una combinación de retórica política venenosa con una crisis económica desconcertante que para algunos, tal vez muchos, significará la depauperación y la sensación difundida de que, una vez más, el país está a la deriva, hace temer que nos aguarda una etapa muy agitada.