Lúcida exploración del universo adolescente

Una mirada sin prejuicios y comprensiva de la antropóloga.

Redacción

Por Redacción

La antropóloga mexicana enriquece con su libro la mirada sobre la juventud.

Convoca a la reflexión intensa, profunda. Invita a desprenderse de prejuicios. A enriquecer la propia mirada desde la comprensión abierta, generosa, distante de miedos, de los problemas que sobrellevan millones de jóvenes latinoamericanos. Es muy singular el aporte que formula la antropóloga mexicana Rossana Reguillo con su libro “Culturas juveniles. Formas políticas del desencanto”, editado en Argentina por Siglo XXI.

Reguillo, titular de la Cátedra Unesco de Comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona, convoca desde las primeras páginas de su ensayo a instalar la reflexión sobre los jóvenes desde afuera del cerco que se instala sobre ellos a la hora de pensarlos. A no dejarse acorralar por las dos “grandes narrativas” que priman en la mirada que cosechan. Por un lado, la que los define en términos de “sujetos inadecuados”. De ahí en más, la satanización. Por el otro andarivel discurre la restante interpretación: los jóvenes como “reservas para un futuro glorioso”.

Por supuesto que ambas operaciones discursivas no son neutras. Se abonan –como lo señala Reguillo– desde proyecciones ideológicas y culturales concretas. Se forjan en el marco de las transformaciones que emanan del “tardocapitalismo, la globalización económica y la mundialización de la cultura, cuyas repercusiones locales o consecuencias aún no han sido suficientemente calibradas”.

A este basamento que alienta a tener en cuenta para reflexionar a los jóvenes, Reguillo suma una interpretación: “Las utopías revolucionarias de los años setenta, el enojo y la frustración de los ochenta, el hedonismo y la estridencia de los noventa han mutado, en la primera década del siglo XXI, hacia formas de presencia, coexistencia y manifestación que parecen fundamentarse en un principio ético-político generoso: el reconocimiento explícito de no ser portadores de ninguna verdad absoluta en nombre de la cual ejercer un poder excluyente”.

En su presentación del libro en Buenos Aires, Reguillo colocó una definición que en su libro sostiene con firmeza argumental: “Estamos frente a una generación que no está esperando que se le resuelvan las cosas desde arriba”.

Este no esperar es, de hecho, una postura política. Un asumir la política en el marco de desencanto con el dictado político tradicional. Ya como se ha desplegado desde lo institucional, ya como les ha llegado a los jóvenes desde la experiencia partidaria. Pero para Reguillo, desde sus perspectivas críticas sobre el presente y desde las inquietudes que les genera el futuro, los jóvenes están volviendo a la política vía la “conformación de colectivos” que los nuclean. “Regresan con fuerza al escenario político, aunque no en las formas tradicionales como los partidos sino planteando debates e involucrándose en distintas causas más que en organizaciones”.

Siguiendo este razonamiento, Reguillo sostiene que aun en marcos de desprotección y marginalidad en que se crían y viven millones de jóvenes en América Latina, lo cual implica exclusión en el manejo de la tecnología digital, desde lo puntual a lo general es una generación “que sabe utilizar” esas herramientas a su favor. Lo cual implica producir, crear arte o mantenerse en contacto con lo que está pasando en el mundo”.

“Los jóvenes son rápidos, entienden lo que les sucede”, señala Reguillo. Así, siguiendo esta valoración, advierte que no hay ausencia de ciudadanía entre los jóvenes. Sí ausencia de ciudadanía en su concepción clásica. ¿Qué entiende como tal? La constituida básicamente por tres dimensiones: “la civil, que garantiza los derechos civiles y las libertades personales para los miembros de un territorio delimitado; la política, que busca garantizar el derecho al sufragio y la participación, y la social, asociada al fortalecimiento del Estado benefactor, que vela por los derechos al bienestar, vinculados con la política social del Estado-nación”. Reguillo encuentra entonces que los movimientos sociales que van tomando forma bajo fogoneo de los jóvenes han puesto al descubierto una conceptualización “insuficiente y pasiva” de la ciudadanía “como resultado de una graciosa concesión de los poderes antes que –como de hecho lo viene demostrando– una mediación fundamental que sintetiza o integra las distintas identidades sociales que el individuo moderno puede actualizar (mujer, indígena, negro, profesional, consumidor, espectador, joven, público, homosexual, etcétera) para participar con derechos plenos en una sociedad”.

Y así, mediante una presentación sólidamente argumentada de las vivencias con que millones de jóvenes del continente asumen el mundo que les toca, el ensayo de Reguillo no aspira a cerrar debate sobre el tema. Pero opera como saludable provocador para desmenuzar una realidad que nos toca cotidianamente.

Carlos torrengo

carlostorrengo@hotmail.com


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