Manuel Ramón Chato Díaz, un educador nato






Su recuerdo permanece en el corazón de sus ex alumnos de la ex ENET N°1 de Neuquén.


Don Manuel Ramón Díaz, el Chato, fue un educador que, sin tener estudios docentes, formó desde la disciplina y el afecto. Para hablar de forma imparcial de un personaje como él deberíamos despojarnos de todos los sentimientos compartidos a lo largo de nuestra carrera docente, algo muy difícil porque están teñidos de ese afecto indestructible que dan los años vividos codo a codo.

Todo él era una constante paradoja entre su férrea disciplina y su enorme corazón, para con el alumnado y para con nosotros sus compañeros de trabajo.

Hasta en su nombre y origen podemos notar la contradicción: era hijo de don Mohamed Alé Jazen Diab, libanés, llegado a la Argentina en la primera década de 1900, pero la Oficina de Inmigración -nadie supo jamás por qué- lo asentó como Manuel José Díaz. Era musulmán y se convirtió al catolicismo para casarse con doña Zulema Máspero, correntina, hija de italianos. De esta unión nacieron 8 hijos argentinos.

La mayor nació en Corrientes y el resto en Choele Choel, adonde se habían trasladado don Mohamed -ahora llamado Manuel- y su familia, para seguir trabajando de mercachifle.

Manuel Ramón Díaz nació el 31 de agosto de 1930 en Choele Choel, donde cursó sus estudios primarios. A los 14 años entró a trabajar en el correo de su ciudad como telegrafista. En 1950 el correo lo trasladó a Cipolletti, y luego a Neuquén, donde conoció a quien sería su esposa, Lidia Atala, nacida en Lamarque, cuyo padre era también de origen libanés. Lidia se encontraba de visita en la casa de una hermana, casada con un empleado de correos, que vivía en Neuquén; ahí se conocieron con Manuel Ramón. Se casaron en 1958.

En 1959, cuando la escuela ENET Nº 1 en ese entonces estaba ubicada en la calle Láinez, el profesor Centeno lo llamó para reemplazar a un compañero y a partir de allí inició su carrera docente, con la que llegó a ser jefe de Preceptores. Su esposa recuerda: “Mi esposo se preocupaba mucho por sus alumnos pues, cuando se recibían de técnicos, les conseguía trabajo en las empresas”.

“Una vez, en la década del setenta, unos jóvenes sanjuaninos, Aubone, Viviani y Martinazzo, que trabajaban de preceptores en la escuela mientras cursaban la carrera de Ingeniería, fueron detenidos por personal policial. No recuerdo la causa de la detención, pero mi marido intercedió ante el entonces gobernador don Felipe Sapag y los soltaron”.

En el 2004 se rindió homenaje, en la escuela -en el nuevo edificio de Perticone y Avenida Olascoaga- al Chato, a don Raúl Cuello y a la señora Tato Ligaluppi, grandes compañeros, colocándoles su nombre a la Sala de Preceptores, iniciativa llevada a cabo por un grupo de profesores y exalumnos del establecimiento.

“La escuela era su pasión. Trabajó con directivos como el Sr. Eugenio Perticone, Juan Mantelli, Edi Fornasín, Juan Manuel Bonaiuto, Domingo Hernández, Irene Todero, entre otros”, recuerda Lidia.

Lidia y Manuel tuvieron dos hijas, Mónica y Zulema, que les dieron 5 hermosos nietos que el Chato no llegó a conocer. Luego de una penosa enfermedad, falleció el 4 de marzo de 1984.

La impronta del Chato Díaz quedó marcada a fuego en todos aquellos que compartieron algo de su vida en la escuela. Hoy le rindo este sencillo homenaje a aquel preceptor de la ex-ENET Nº 1 que nos guió a todas nosotras, profesoras recién recibidas en la universidad, en el desafiante camino de la enseñanza con la luz del conocimiento, la solidaridad, la disciplina y la generosidad.

Beatriz Carolina Chávez

Neuquén


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