Máquinas más inteligentes; humanos más toscos





Mirando al sur

Esta semana la Inteligencia Artificial (IA) alcanzó una nueva cima: el programa AlphaGo (desarrollado por la división DeepMind de Google), que el año pasado había logrado ganarle al mejor jugador humano de Go (ese juego oriental que es mucho más complejo e “intelectual” que el ajedrez), ahora se superó a sí mismo. Y mucho. Porque ahora el programa no fue entrenado por humanos: aprendió todo por sí mismo.

Mientras el AlphaGo de 2015 se entrenaba basándose en miles de juegos profesionales y amateurs, la versión 2017 aprende empezando por movimientos al azar y jugando contra sí misma. Así, en apenas tres días superó el nivel que había alcanzado su predecesora (que le había ganado al campeón mundial Lee Sedol cuatro de cinco partidos); luego de 21 días derrotó a 60 profesionales que la enfrentaron online y al campeón mundial de este año, Ke Jie. A los 40 días se transformó en el mejor jugador de la historia, alcanzando un nivel de análisis del juego que no puede ser igualado por la mente humana. Todo lo logró sin que ninguna persona le enseñara nada: sólo se le proveyeron las reglas del juego.

Lo extraordinario es que la máquina fue descubriendo en pocos días tácticas, posiciones y movimientos que el talento humano había ido perfeccionando durante miles de años de experiencia, y lo hizo de manera intuitiva (según cuentan los investigadores de Google en el paper que publicaron en la revista científica “Nature”).

Pero eso no es todo: AlphaGo 2017 descubrió por sí misma estrategias innovadoras desconocidas, que a la máquina le resultaban más eficientes que las jugadas humanas con las que se enfrentó; por eso optó por abandonar los movimientos clásicos humanos para ser, así, más eficiente, hasta llegar hoy a ser invencible.

¿La máquina ya es (o está cerca) de ser tan inteligente (o más) que un humano? Hasta ahora el principal problema para evaluar la inteligencia (sea artificial o humana) es que no tenemos un modelo unificado. Eso sucede porque las inteligencias son múltiples y complejas. Somos buenos en algunas cosas y en otras no. AlphaGo es imbatible en el Go pero no sabe hacer casi nada más. Es posible que dentro de poco haya inteligencias artificiales más listas que AlphaGo en muchos más campos y aun así será difícil describir un modelo unificado de la inteligencia que nos permita comparar la artificial con la humana.

Esta misma semana, Mike Monteiro (un prestigioso diseñador de software con base en San Francisco, EE. UU.) publicó en su cuenta de Medium un extenso artículo en inglés en el que argumenta por qué cree que Twitter está muerto (aquí se lo puede leer: https://medium.com/@monteiro/one-persons-history-of-twitter-from-beginning-to-end-5b41abed6c20).

Según Monteiro, Twitter llegó a su fin porque permitió que el odio pueda expresarse sin censura de ningún tipo, violando incluso las propias normas de servicio que cada tuitero debe aceptar al abrir una cuenta.

Y la expresión más acabada de ese odio no censurado es la cuenta del presidente Donald Trump, amenazando con la guerra atómica desde la red social del pajarito azul.

Monteiro elogia a Twitter por haber abierto las puertas a que la humanidad por primera vez pudiera estar en diálogo permanente, pero dice que no supo frenar el monstruo que anidaba en esa posibilidad: que los malos lo usaran para hacer daño (desde el bullying personal y las amenazas a personalidades hasta la “locura” de Trump amenazando volar el planeta vía online).

Hace varios años que vengo diciendo que Twitter es el cerebro colectivo de nuestra época. Y lo sigo sosteniendo, a pesar de los buenos argumentos de Monteiro. Creo que el diseñador norteamericano (tan espantado como yo –y como toda persona digna– por el odio que circula en la red) ve que se ha llegado demasiado lejos con la “libertad de expresión” y cree que es necesario dejar de lado los prejuicios y censurar “a los malos”.

Ahí es donde no coincidimos. ¿Cómo saber quiénes son los malos? Y, todavía más importante, ¿por qué esos “malos” tienen tanta audiencia? ¿Habría que censurar a los que leen y aplauden a los malos? ¿Dónde paramos de censurar?

Twitter es la más maravillosa herramienta hasta hoy desarrollada para comunicarnos, para hacernos pensar en conjunto, para encontrar ideas y creatividad. Es cierto que millones lo usan para hacer daño. Pero es la responsabilidad de cada uno de nosotros (aplaudiendo a los odiadores o, por el contrario, no dándoles difusión) la que permite (o no permite) que el odio circule.

Si seguimos creyendo que es mejor prohibir que responsabilizarse por la difusión del odio, la inteligencia artificial (aunque no sepamos medirlo) estará mucho más cerca de superarnos en todo.

Twitter es una gran herramienta para comunicarnos. Si creemos que es mejor prohibir que hacerse responsable por la difusión del odio, la inteligencia artificial estará muy cerca de superarnos en todo.

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Twitter es una gran herramienta para comunicarnos. Si creemos que es mejor prohibir que hacerse responsable por la difusión del odio, la inteligencia artificial estará muy cerca de superarnos en todo.

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