Marx y la esclavitud americana

Por Redacción

HÉCTOR LANDOLFI (*)

La esclavitud en América no comienza con el sometimiento de los indígenas a las crueles condiciones de trabajo impuestas por los españoles en las minas de plata y oro. Ni tampoco con la introducción de los africanos secuestrados en sus aduares y traídos a nuestro continente en barcos negreros. La América precolombina aportó lo suyo: una esclavitud “originaria”. Las extraordinarias construcciones realizadas en las ciudades incaicas de Cuzco y Machu Picchu se efectuaron con piedras de gran peso extraídas en lugares alejados de donde fueron empleadas; su transporte obligó, incluso, a cambiar el curso de algunos ríos. Fácil es deducir que esto pudo hacerse sólo con mano de obra esclava. Cuando los emperadores del Cuzco expandieron el imperio incaico, su primera conquista fue la altiplanicie andina, a la que llamaron Collasuyo, o provincia de los coyas (aymaras) en castellano. En el altiplano los incas también se encontraron con los urus, pueblo lacustre del lago Titicaca que los aymaras habían esclavizado en las duras tareas agrícolas de la alta montaña. Bajo el mando incaico la esclavitud de los urus continuó, pero en otras funciones. Los atun apu (generales) del ejército del Cuzco los transformaron en soldados esclavos. Se los proveía de escaso armamento y casi sin instrucción militar se los mandaba al frente cuando el ejército incaico avanzaba. Los cronistas de Indias señalaban que los urus “morían como moscas” en esas circunstancias. La reciente proyección de la película “Lincoln”, de Steven Spielberg, reavivó el tema de la esclavitud afroamericana y reflotó la controversial posición que Carlos Marx observara ante el fenómeno. El creador del materialismo dialéctico vivió en Londres y pudo analizar al capitalismo de la Revolución Industrial y generar su ineluctable trinidad, cuya primera persona era el feudalismo, sucedida por el capitalismo, cuyo ineludible desembocadero sería el comunismo. El siglo XX demostró el error de esta visión histórica, pues el comunismo se impuso mediante la violencia en países feudales. Incluso en Cuba, el comunismo se instaló en una sociedad que, no obstante tener una interesante clase media, sus estructuras eran feudales. Para Marx y su axiología la esclavitud fue un coágulo que nunca terminó de digerir completamente. Los esclavos no eran un pueblo, porque en ese caso los hubiera considerado ahistóricos, es decir pasibles de ser sometidos por la violencia para que entren en la historia. Con este criterio el creador del socialismo científico justificó los crímenes del Imperio inglés en la India: …la miseria ocasionada en el Indostán por la dominación británica ha sido de naturaleza muy distinta e infinitamente más intensa que todas las calamidades experimentadas hasta entonces por el país (…) pero a pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución. (“La dominación británica en la India”, publicado en el “New York Daily Tribune”, el 10 de junio de 1853) Tampoco los esclavos eran obreros, porque en ese caso el coautor del “Manifiesto Comunista” los hubiera valorado como componentes esenciales del sistema capitalista. Lo preciso y comprobado es que Marx tenía serias preocupaciones con respecto a la esclavitud afroamericana. Esta actitud no era producto de su sensibilidad social sino consecuencia de creer que la finitud de la esclavitud norteamericana iba a terminar con la capacidad industrial de Estados Unidos. Esta preocupación surge con claridad en una carta dirigida a Pável Annenkov, el 28 de diciembre de 1846. La misiva es en realidad una extensa diatriba contra Proudhon y su libro “La filosofía de la miseria” (el título en castellano es: “Sistema de las contradicciones económicas o filosofía de la miseria”), donde Marx cuestiona la relación dialéctica que el filósofo francés hace entre la libertad y la esclavitud. Al respecto dice: Lo único que debe ser explicado es el lado bueno de la esclavitud. (…) Sin la esclavitud no habría algodón y sin algodón no habría industria moderna. (…) La esclavitud es, por tanto, una categoría económica de la más alta importancia (…) Sin la esclavitud, Norteamérica, el país más desarrollado, se transformaría en país patriarcal. Si se borra a Norteamérica del mapa del mundo, tendremos la anarquía, la decadencia absoluta del comercio y de la civilización modernas. (…) Pero hacer desaparecer la esclavitud equivaldría a borrar a Norteamérica del mapa”. Las inquietudes de Marx con respecto a la esclavitud americana eran compartidas por Friedrich Engels, su amigo, correligionario y benefactor. Engels era un rico empresario con fábrica textil en Manchester cuyos proveedores de algodón era los esclavistas del sur norteamericano. Si bien Marx y Engels acordaban ideológicamente sobre este tema, Engels tenía una preocupación complementaria: temía quedarse sin algodón para su fábrica. Engels, por razones obvias, seguía muy de cerca la política de Estados Unidos y, cuando el ejército norteamericano usurpó a México la mitad de su territorio, declaró: En América hemos presenciado la conquista de México, la que nos ha complacido. (…) Constituye un progreso (…) que un país semejante sea lanzado por la violencia al movimiento histórico. (…) Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos. Es en interés del desarrollo de toda América que los Estados Unidos, mediante la ocupación de California, obtienen el predominio sobre el océano Pacífico”. (“Deutsche Brüsseler Zeitung” del 23 de enero de 1848) Engels, al igual que Marx, observaba distancia moral absoluta en sus análisis políticos. En otro artículo publicado en el “Neue Rheinische Zeitung” del 15 de febrero de 1849, el exitoso industrial de Manchester decía con respecto al zarpazo del imperialismo norteamericano en México: (…) que la “justicia” (las comillas son de Engels) y otros principios morales quizá sean vulnerados aquí y allá, ¿pero que importa esto frente a tales hechos históricos universales? La posición inicial de Marx con respecto a la esclavitud es evidente en su carta al escritor ruso citada más arriba. Esta misiva es de 1848, pero en 1864 redactó otra carta a instancias de la Asociación Internacional de Trabajadores de Londres. Esta carta-mensaje, de extraña cortedad y tono épico, características ausentes en la abultada correspondencia marxista, es una felicitación a Lincoln por su reelección y expresa el decidido apoyo de Marx a la lucha antiesclavista. Pero ¿qué es lo que ocurrió en los catorce años transcurridos entre una y otra carta? Posiblemente la presión de los intelectuales socialistas y sindicalistas cercanos al pensador alemán influyó en la opinión final asumida por Marx. Pero hay una frase en esa carta-mensaje a Lincoln que nos da una pista más precisa sobre el cambio operado en el autor de “El capital”. Escribió Marx: La guerra americana contra el esclavismo inaugurará la era de la dominación de la clase obrera. Marx cometió un nuevo error en sus predicciones históricas al creer que la lucha de la Unión contra la Confederación sudista conducirá al poder obrero. El triunfo del Norte industrialista sobre el Sur esclavista no produjo “la era de la dominación de la clase obrera”, sino transformó a Estados Unidos en la mayor potencia capitalista de la historia. Pero no fue éste el único yerro del creador del materialismo dialéctico; hay dos más. El primero es de índole moral: defendió la ignominiosa esclavitud. El segundo fue producto de su visión eurocéntrica –británica–, al creer que la falta de algodón iba a afectar la industria norteamericana. Cuando Lincoln ordenó el bloqueo de los puertos de la Confederación, para impedir la exportación de algodón, no perjudicó a la industria norteamericana. El perjuicio fue ocasionado a la industria inglesa y europea, que dependía del algodón producido por los estados esclavistas. La industria norteamericana usó metales –acero y hierro– como materias primas esenciales para su desarrollo. Marx y Engels justificaron la esclavitud, veían bien la usurpación territorial imperialista y hasta toleraron el crimen ejercido desde el poder si todas estas ignominias eran conducentes a la obtención de sus designios ideológicos. Posición diferente fue la detentada por Albert Camus. Cuando el escritor francés redactaba sus artículos en la clandestina soledad de su Francia ocupada, ponía siempre énfasis en vincular la moral con la política. Y la moral con el poder, pues señalaba que cuando la moral se separa del poder éste termina en el crimen. (*) Exejecutivo de la industria editorial argentina