Matías Medús, de la Patagonia a Islandia a través de la música

La historia de un artista neuquino que vive en Roca y lleva su filosofía de vida en distintos proyectos. Recorrió Sudamérica y Europa para componer la música que hoy comparte en Spotify.

Hace dos décadas, Matías Medús inició un camino en la música que lo representa como ser humano. Su forma de vida en conjunto se expresa a través del arte. Ya sea como músico, productor o cualquier manifestación cultural de la que participe, este juninense de 30 años que vive en Roca se ha transformado en uno de los referentes de su generación en la región.

‘’La apuesta colectiva está en lo cotidiano. Sobre todo en estos tiempos donde cuesta tanto cualquier cosa. Todo es más poderoso de manera colectiva. Incluso me pasa que a veces lo más difícil es laburar para uno mismo’’, dice Matías a Río Negro.

Viajar con la música
La pandemia lo agarró en medio de un viaje que tenía un componente cultural fuerte y formó parte de sus elecciones de vida.

En el 2018, Matías se fue de viaje por Latinoamérica. ‘‘Fue la última vez que me fui con pasaje de vuelta. Después de eso ahorré durante un tiempo y armé un concepto de ‘música nómada’, que es el nombre artístico de mi proyecto solista. Consiste en la aventura de andar desde el intercambio’’, cuenta.

En 2020, cuando aún no se hablaba del Coronavirus, comenzó el recorrido por Europa. Pasó por Islandia, Inglaterra (el sur y Londres), Gales, e Irlanda (Dublín). Cuando se ablandaron las restricciones estuvo en el norte de Irlanda hasta que se le venció la Visa y, con casi todas las fronteras del mundo cerradas, regresó al país.

La aparición de la pandemia no le permitió cumplir lo que tenía pensado, pero se las rebuscó para experimentar meses inolvidables que hoy tienen su consecuencia artística. ‘‘Salí con un proyecto de registro audiovisual que no pudo ser por la cuarentena. Me nutrí de la escuela Playing for Change (música de todos lados), quienes apoyaron mi proyecto desde su web, para salir a hacer estos registros. Resultó por un mes y monedas.”

Se fue a principios de febrero. Había viajado a Dublin para tocar en el festival de San Patricio y un día antes se decretó el ‘’lockdown’’ (cuarentena total).
Mientras Mati describe lo que vivió en el Viejo Continente, es inevitable imaginar las secuencias. Hostels, bares, casas de música y mucho de espontáneo, eso que el covid obligó a cambiar como comportamiento social.
‘’Estar allá en cuarentena fue muy extraño. Europa se prendía fuego. Teníamos la muerte respirando en la nuca, por lo impactante de las noticias y por el desconocimiento de ese entonces. Tuve que alquilar una habitación en Dublín y viví con un egipcio, una argentina y una italiana. Esa convivencia fue fantástica, fui un afortunado. En esa casa monté mi propio estudio. Tenía un espacio donde puse la compu, micrófono, grabé y subí videos. Fue un parate creativo donde empecé a componer el material que saqué en noviembre’’, explica.

Islandia es uno de los países que genera curiosidad por tratarse de un lugar que no tenemos tan presente como otros. ‘’El ‘choque’ cultural y geográfico fue en Islandia. Me metí en piletones de agua termal, entre glaciares, con 15 grados bajo cero. Ellos tienen un sistema de energía geotérmica, el agua caliente es natural y además se usa para calefaccionar. El agua viene por abajo y es de los volcanes’’, describe.

La música es una excelente forma de conocer realidades distintas, sobre todo cuando son tan lejanas, tanto desde lo geográfico como desde lo cultural. “Cada lugar tiene su propia historia. La música islandesa tiene mucho de nostalgia, de las historias de vikingos en terrenos y climas hostiles. En las cadencias armónicas y rítmicas está presente eso’’.

Ronroco en Irlanda
Dublin, la capital de Irlanda, una noche cualquiera. Un patagónico camina por la calle hasta que encuentra el bar más tradicional de la ciudad. ‘’Se llama The Cobblestone, justo había salido con el ronroco. Cuando entré al bar me vieron con el estuche y me invitaron (obligaron, ja) a sumarme al grupo de música en vivo, y a tomar una pinta de Guines (cerveza negra irlandesa). Además de mis canciones y el repertorio latinoamericano, toqué la música de ellos pero con mi instrumento. En Islandia e Inglaterra pasó lo mismo. Tuve la posibilidad de acompañar melodías de ellos con el ronroco’’.

El ronroco es el ‘’hermano mayor’’ del charango. ‘‘Es mi instrumento favorito’’, confiesa Medús y agrega ‘‘sabía que allá iba a llamar la atención’’.

La experiencia de vida de ese viaje tiene un valor incalculable y desde lo cultural se plasmó en una obra que se puede escuchar en Spotify y Youtube. ‘’Toda esa ensalada que fui armando está en ‘Música Nómada Vol. II’, mi segundo EP, que es la materialización musical del viaje. Pude presenciar en primera fila las ‘guitarreadas’ islandesas e irlandesas. Su música tradicional es alucinante, tan rica como la nuestra pero propia de aquellos lados. Fusioné lo que yo traía y lo que aprendí con ellos’’, admite.

El objetivo de Medús con la música como motor es tan simple como concreto. ‘’Los paisajes y las historias condicionan y tiñen las melodías, eso fui a buscar. Cómo las historias personales y los procesos culturales van marcando la música’’, añade.

Antes del viaje había grabado su primer EP (Música Nómada Vol. 1), que era música de ‘‘este lado’’ del mundo. Allí hay cumbia, vals y vidala. ‘’La idea era que los EP se diferenciaran según el lugar en el que estuve. Por eso en el volumen 2 hay fusiones. Hay elementos de nuestra música, melodías (y hasta idiomas) del norte de Europa, ya que estando allá conocí músicos y uno de ellos que canta en su lengua (islandesa) uno de los temas’’.

Matías comenta que, para grabar su segundo EP, el objetivo era convocar gente vinculada con el concepto del viaje ‘’pero en lo filosófico, no necesariamente en trasladarse. Aprendí que viajar es movimiento pero no siempre geográfico; es la búsqueda del crecimiento, transitar procesos’’. En ese sentido, en su último EP Intervienen ocho artistas, tres músicos de Buenos Aires, uno de Plottier y tres de Roca.

Ir al encuentro con el otro es una característica que Matías tiene desde que a los 10 años comenzó a hacer música con el maestro Juan Carlos Irahola en Junín de los Andes, quien según él es ‘‘un revolucionario de la música”. Así fue recorriendo estos años, donde también formó parte de SongoLongo desde 2010, una de las bandas que en el último tiempo recorrió escenarios de la región y el país con una marca registrada que trascendió lo musical y generó mucha empatía con su público y los colegas del ambiente.

En 2015 empezó a incursionar en otra faceta de la música: la producción. Desde entonces se metió de lleno en el mundo de la grabación y producción artística, propia y de otros proyectos musicales. Todos sus materiales son grabados, mezclados y producidos por él mismo.

‘’Hacer mi camino solista fue descansar un poco del ‘kilombo hermoso’ que implica tener una banda numerosa, pero igual se extraña. El viaje como concepto fundacional del nuevo proyecto era necesariamente individual, pero después abarca lo colectivo desde otro lugar. Lo colectivo lo tengo impregnado. Siempre voy a la búsqueda de construir con el otro o con la otra’’.


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